Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Mientras me alejaba del sótano lo más rápido que podía, los primeros rayos de un amanecer apagado apenas conseguían despertar a una ciudad triste.

Puede que fuese una mañana más, pero en ese momento la percibía como un espectro: calles vacías, edificios difuminados y sombras débiles proyectadas en las aceras.

O era la impresión de lo vivido, o realmente esa noche todo cambió, pero al salir no tuve la mínima duda de que no había esperanza para esa ciudad.

Debía alejarme antes de que la rutina regresara a ocupar las calles.

Mi atuendo me delataba. El traje de chaqueta, el abrigo largo y los zapatos formaban una silueta demasiado reconocible, aunque ahora desaliñada por la noche que había pasado y sin el sombrero, perdido en la refriega.

Todo ello encajaba con la descripción que, sin duda, habrían de dar de mí a quienes vinieran a buscarme.

No tardarían en aparecer en cuanto descubrieran los cadáveres del sótano.

No podía correr ese riesgo, así que decidí no volver a mi casa y refugiarme en una pensión de mala muerte, discreta, en las calles traseras de la Alameda. Era una zona alejada de la ley, donde el trueque era la única moneda aceptada y el anonimato, la norma. Nadie conocía a nadie.

Allí dejé pasar el día para moverme con más libertad durante la noche, aprovechando para descansar.

Limpié las heridas de las muñecas como pude, me quité la ropa y me tumbé en el catre, ignorando el colchón mugriento sobre el que caí.

No me importaba: en ese momento solo quería cerrar los ojos y rendirme a la oscuridad.

Cuando desperté, vi cómo la claridad comenzaba a apagarse; serían sobre las cinco de la tarde, pensé.

Era un buen momento para prepararme y salir en busca de las respuestas que me esperaban en la Cartuja.

Me acerqué a una tienda cercana donde compraban y vendían ropa y objetos usados.

Cambié mi reloj de bolsillo por una vestimenta con la que pudiera pasar desapercibido y un pequeño revólver.

Prendas comunes entre los jinetes urbanos: vaqueros gruesos, camisa de franela a cuadros, un abrigo de ante forrado de borrego, unas botas de montar polvorientas y un sombrero de ala ancha. Todo usado y bastante deteriorado.

El revólver venía con un solo cartucho. Lo guardé bajo la caña de la bota. Esperaba no tener que usarlo nunca; prefería arrepentirme de haber entregado mi reloj a cambio de tan poca cosa.

Me miré en el espejo manchado de la trastienda para comprobar el resultado.

A mis treinta y ocho años, la dureza del oficio se me había quedado grabada en la tensión constante de la mandíbula y en la rigidez de mi postura.

Mi complexión firme quedaba ahora perfectamente disimulada bajo el volumen de la ropa.

Todo ello y mi estatura media me ayudarían a pasar desapercibido.

Empujé hacia atrás el mechón de pelo castaño que siempre se me rebelaba sobre la frente y lo sepulté bajo el sombrero de ala ancha.

Pero lo más difícil de esconder era la mirada.

Tenía los ojos de un azul claro casi transparente; esa clase de mirada imponente que intimidaba a los críos y que los delincuentes odiaban, porque sentían que los estaba interrogando en silencio.

Bajé el ala del sombrero hasta dejarlos sumidos en una sombra total.

Ahora sí. Al mirarme al espejo ya no estaba el sargento Vega; solo veía a un jinete más, uno de tantos desgraciados que cruzaban la ciudad en busca de trabajo, leña o noticias.

Sabía que el tranvía era más rápido, pero también más peligroso: demasiados ojos, demasiadas posibilidades de ser reconocido.

En cambio, el caballo había vuelto a convertirse en un medio de transporte primordial en la Sevilla de la escasez.

Los establos improvisados se multiplicaban en los márgenes de la ciudad; el caballo era de nuevo parte del mobiliario urbano, y el eco de los cascos sobre el adoquinado había regresado como sonido cotidiano.

Decidí ir a por Marisma. Me acerqué a los establos por la entrada de servicio y esperé a que el mozo se alejara con un carro de paja.

Con el sombrero bajo, llegué hasta ella sin detenerme a hablar con nadie.

No sabía cuánto tardarían en echarla de menos.

Me gusta montar a caballo y sentir el viento frío en la cara.

Monté sin mirar atrás, y agradecí esa pizca de libertad, aunque sabía que era un paréntesis en medio de mi condena.

Mientras avanzaba al trote por las callejuelas, con el sombrero calado y el abrigo bien cerrado, me permití una sonrisa amarga. En otra época habría resultado llamativo, casi ridículo, ver a alguien vestido así en Sevilla. Ahora era lo rutinario.

Antes de dirigirme a la Cartuja, desvié a mi yegua por una calle secundaria, guiado por algo que no pude contener.

El frío de la noche haría claudicar a cualquiera, pero el recuerdo de Lola me impulsaba a seguir.

El arrepentimiento por no haberle confesado nunca lo que sentía me acompañaba desde que salí del sótano.

Sabía que tenía gente tras mis pasos y que mi muerte estaba casi asegurada, por lo que no pensaba volver a dejar escapar una oportunidad.

Me detuve bajo la ventana de su oficina, en una plaza tranquila del centro, donde el silencio solo lo rompían el relincho lejano de un animal y el latido apagado de la ciudad.

Alcé la vista hacia los cristales empañados, buscando su silueta familiar.

Me imaginé subiendo, llamando a la puerta, confesando al fin todo lo que nunca había dicho.

Pero la realidad me devolvió a mi montura. Si alguien me seguía, si la Guardia de la República había rastreado mis pasos, acercarme a Lola sería una irresponsabilidad. No podía arrastrarla a mis infiernos, no podía ponerla en peligro solo por aliviar mi propia soledad.

Apreté los puños sobre las riendas y bajé la cabeza, asimilando la renuncia que debía hacer.

—No ahora —murmuré, casi en un suspiro—. No puedo arriesgarte.

Espoleé suavemente al animal y me alejé de la ventana, con la promesa aún intacta, pero postergada. El deber, maldito deber, me guiaba por el camino.

Marisma avanzaba lentamente sobre los adoquines del puente de Triana, y aproveché el ritmo pausado para dejarme arrastrar por mis pensamientos. El aire frío me cristalizaba la piel, pero el recuerdo de esa mujer encendía una llama interior que me sostenía y me calentaba por dentro.

Me detuve un instante en mitad del puente, dejando que el equino resoplara.

Desde allí, la vista del Guadalquivir era distinta a la de otros tiempos.

El agua, antes bulliciosa de barcazas y reflejos dorados, ahora corría oscura y lenta, salpicada de restos de madera y basura.

Las orillas, antaño llenas de vida, estaban desiertas, con los muelles oxidados y las barandillas cubiertas de carteles descoloridos que advertían de la insalubridad de la zona.

Al otro lado, Triana, como todo, era una sombra de lo que fue.

Las fachadas encaladas seguían en pie, pero muchas ventanas estaban tapiadas y los azulejos de colores, agrietados por el abandono.

Las callejuelas, que en otro tiempo rebosaban de alegría, guitarras y olor a fritura, ahora eran territorio en extinción; la degradación se observaba en los pocos vecinos que quedaban.

Se veían algunas mujeres con cántaros acompañadas por niños y algunos hombres a caballo o en carros improvisados.

El mercado, que aún resistía, abría solo unas horas al día, y la plaza del Altozano era un cruce de caminos para jornaleros y buscavidas.

Miré hacia la calle Betis, donde las terrazas vacías y los faroles apagados recordaban noches de tiempos mejores, con esa alegría de vivir, que ya sin duda no volverían.

Solo el toque lejano de una guitarra desafinada y algunos rebuznos de fondo rompían el silencio.

Curioso cómo los animales, ajenos a todo, consiguen adaptarse a la decadencia humana.

Las calles de Triana eran un mosaico de barro, paja y excrementos de caballo.

El aire olía a candela y a vida dura. A esa hora aún quedaban algunos niños en la calle: descalzos, con las mejillas sucias, saltaban a la comba o jugaban a la rayuela trazada con carbón en la acera.

Otros se escondían tras los carros de mulas, riendo a carcajadas, mientras una madre los llamaba desde un balcón, con la voz ronca de tanto gritar, advirtiéndoles que ya era demasiado tarde para estar fuera.

Un burro rebuscaba entre los restos de basura, mientras un grupo de hombres jugaba a las cartas sobre una caja de fruta, bebiendo de una bota de vino que se pasaban de mano en mano.

Las mujeres, sentadas en sillas de enea junto a las puertas, cosían ropa remendada y charlaban en voz baja, atentas al ir y venir de los pequeños.

Triana, pensé. Un barrio que siempre había vivido en la calle y que, pese a la dureza que nos envuelve, sigue aferrándose a sus costumbres.

En una esquina, un altar improvisado con una vela encendida y una estampa de la Virgen recordaba que, pese a todo, la fe seguía viva. El pregón de un vendedor de leña se mezclaba con el murmullo de los últimos compradores, devolviendo a Triana un eco de vida antigua y difícil.

Me apeé junto a una bañera vieja y oxidada que servía de abrevadero.

Dejé que Marisma descansara y bebiera mientras yo observaba la vida que bullía en las calles del barrio.

La imagen de los niños jugando me arrancó una sonrisa involuntaria.

En aquel momento, el frío y la tensión se desvanecieron, y solo quedó la estampa de una felicidad antigua.