CAPÍTULO 10
El entumecimiento de las manos no remitía; las bridas parecían morderme la carne y la sangre me golpeaba con fuerza en las muñecas, reclamando paso.
Durante unos segundos no pude moverme ni pensar.
El disparo aún resonaba en mis oídos, mezclado con las últimas palabras de Pelayo y la imagen de su rostro deshecho por el miedo y la culpa.
El silencio del sótano era acongojante. Seguía atado, con la espalda apoyada contra la pared húmeda. Frente a mí, el cuerpo de Pelayo yacía inmóvil, rodeado por un charco de sangre que se extendía lentamente sobre el suelo de cemento.
No era la primera vez que veía morir a alguien, pero nunca así: nunca con aquella desesperación en los ojos de quien tenía enfrente.
Me obligué a poner orden en mi mente. No podía quedarme mirando el cuerpo.
Las pruebas desaparecidas. La orden del coronel. Pelayo, colocado a mi lado para vigilarme.
Sentí una mezcla extraña de sentimientos que, al mismo tiempo que me impulsaban, me anulaban. Pero, sobre todo, ganas de venganza. Y para ello, primero tenía que salir de allí.
Miré a mi alrededor, valorando mis opciones. Afuera me esperaban dos profesionales.
El olor a sangre y pólvora era repulsivo.
Me giré con cuidado y tanteé el suelo a mi espalda hasta encontrar la navaja abierta que Pelayo había dejado junto a mí.
Maniobrar con las manos entumecidas fue un suplicio.
Cuando cedieron las bridas, tenía sangre en la muñeca y apenas sentía los dedos. Cerré la navaja y me la guardé.
El alivio recorrió mis manos, un placer extraño, fresco… agradable. Recogí la pistola de Pelayo, manchada de sangre. Era el arma que acababa de usar; todavía podía servirme.
Me quedé unos segundos respirando hondo, viendo el cuerpo de Pelayo, y, más por respeto que porque esperara que pudiera oírme, le dije, mirándolo a los ojos:
—Vamos a darles caña, Pelayo.
Antes de moverme hacia la puerta, me arrodillé junto al cuerpo de Pelayo.
Las manos me temblaban, pero la necesidad de respuestas era más fuerte que el asco o la pena.
Lo registré con rapidez. Encontré mi pistola, mi placa y el reloj-comunicador en los bolsillos de su abrigo.
Guardé mis pertenencias y seguí buscando.
Para salir de allí utilizaría el arma de Pelayo.
En el interior de la chaqueta, junto a la placa de Pelayo, encontré un sobre de papel encerado, manchado de sangre. Lo abrí con cuidado: dentro había una llave oxidada y un papel doblado varias veces.
Desplegué la nota. Reconocí la caligrafía de Pelayo:
«Si llegas a leer esto, es que he tomado la decisión de ayudarte. La llave es del almacén 17, dársena de la Cartuja. Allí guardan lo que buscas. No confíes en nadie. Perdóname».
Apreté la llave en el puño, imaginando la presión a la que tuvo que estar sometido ese chaval para preparar aquella ayuda antes de entrar en el sótano.
La dársena de la Cartuja. Décadas atrás, había sido el símbolo del progreso tecnológico y la modernidad de Sevilla.
Ahora, tras el apagón, era pura periferia: una acumulación de abandono, esqueletos de acero oxidado y calles extintas, engullidas por la maleza y el fango.
Era un laberinto al margen de la ley, el lugar perfecto para ocultar cualquier cosa de miradas indiscretas, porque nadie en su sano juicio se atrevía a patrullar por allí de noche.
Guardé la llave y la nota y me levanté.
Del caso no me iba a apartar nadie. Ahora estaba dispuesto a enfrentarme a cualquiera, sin importar el rango que tuviera en la GR.
Me acerqué a la puerta del sótano con la pistola de Pelayo firme en la mano. Pegué el oído contra el metal: al otro lado se oían voces bajas, el roce de una silla, el sonido inconfundible de hombres impacientándose. Tendría que ser impecable mi actuación.
Giré el picaporte con suavidad y empujé la puerta con el hombro, encañonando el pasillo. Los dos hombres estaban a pocos metros.
—¡Quietos!
El primero echó mano al arma. Disparé. El segundo se volvió hacia mí con la pistola levantada y, sin dudar, apreté de nuevo el disparador. Los estampidos sonaron secos en el pasillo. Ambos cayeron; una silla volcó contra la pared.
Me quedé quieto un instante, la pistola aún en la mano. No sentí alivio ni culpa, solo un cansancio antiguo; cada cuerpo sin vida añadía un lastre más a mi espalda. El silencio tras los disparos era inquietante y, por fin, aquel sótano parecía estar de mi parte.
Avancé despacio, asegurándome de que no quedaba nadie más.
El corazón desbocado intentaba imponerme el miedo, pero la mente estaba fría, enfocada.
Sabía que, si Pelayo hubiera cumplido las órdenes, esos hombres se habrían encargado de hacer desaparecer mi cuerpo sin dejar rastro.
Ahora, con la salida despejada, tenía una oportunidad.
Sin mirar atrás, subí las escaleras y emergí cuando la noche sevillana empezaba a clarear.
El aire frío de la calle me recordó que aún estaba vivo, en aquel lugar inhóspito, aunque no sabía por cuánto tiempo.
A mi espalda quedaba el sótano, en silencio, a la espera de que alguien hallara los cuerpos y los convirtiera en anónimos, sin que nadie llegase a saber lo que allí ocurrió.
Tres cuerpos que, sin importar lo que hubieran hecho en vida, pronto nadie recordaría.