CAPÍTULO 9
El despertar fue doloroso. Una inspiración profunda que se clavó en mis pulmones. Las sienes y las cuencas de los ojos me latían con fuerza; un sabor a metal me devolvía a la realidad. Tardé unos segundos en recordar qué me había pasado. No sabía cuánto llevaba allí.
Abrí los ojos con esfuerzo. Por una pequeña ventana junto al techo se filtraba una claridad sucia. No sabía si procedía de algún farol de la calle o si estaba amaneciendo. Intenté reconocer algo al otro lado, pero desde el suelo no podía ver más que el cristal.
Estaba tumbado en el suelo frío, las manos atadas a la espalda con bridas de plástico tan apretadas que me cortaban la piel.
El lugar era una especie de sótano, con paredes de ladrillo visto y tuberías que rezumaban agua.
No había más ventanas que la superior y tan solo una puerta metálica cerrada.
Una bombilla colgada del techo alumbraba débilmente la sala.
Me habían quitado el arma, la placa y el reloj-comunicador de servicio.
Había una presencia frente a mí. Pude sentirla antes de verla.
Dos figuras, apenas siluetas recortadas contra la luz, me observaban en silencio desde el fondo de la sala.
No llevaban uniforme, pero sus posturas y la forma en que se mantenían en la penumbra delataban experiencia.
Uno de ellos se acercó, se agachó a mi lado, el rostro oculto bajo una gorra y una bufanda.
—Bienvenido de nuevo, sargento —susurró la voz, áspera y sin rastro de compasión—. Esta vez, no le susurraré al oído. Desaprovechó sus oportunidades.
Tragué saliva con mucho esfuerzo; la garganta estaba completamente seca. Y lamenté que fuese a acabar de una forma tan miserable. No quería morir ese día, al menos no de ese modo.
Me obligué a respirar despacio, a no dejarme arrastrar por el miedo.
Mantenía la mirada fija en la penumbra, tratando de despertar mis sentidos y encontrar algún detalle, algún resquicio en mis captores.
No se lo pondría fácil. No me rendiría, y menos después de haber llegado tan lejos, de haber rozado la verdad.
Aún me quedaba la dignidad de no acabar así, atado y tirado como un perro. Con la rabia de la traición que me animaba a reaccionar, a buscar la manera de salir de allí.
Los dos hombres intercambiaron una mirada rápida y me arrastraron hacia una pared de ladrillo visto, sobre la que me recostaron, dejándome semisentado.
Uno de ellos sacó un comunicador y murmuró algo apenas audible.
Al instante, la puerta metálica se abrió y una figura familiar cruzó el umbral: Pelayo.
Sentí una mezcla de rabia y decepción, pero también de alivio. Al menos, una cara conocida. Pelayo se acercó despacio, con el rostro tenso y los ojos bajos. Hizo un gesto a los otros dos.
—Dejadnos solos —ordenó, con una seguridad que nunca le había visto—. Yo os aviso cuando haya terminado.
Los hombres obedecieron sin una palabra, cerrando la puerta tras de sí. El zumbido de la bombilla volvió. Se agachó junto a mí, la rodilla a la altura de mi cabeza, rehuyendo mi mirada. Un culpable avergonzado.
—Tenías razón, sargento —susurró, indeciso, temiendo delatarse—.
Desde el primer momento he estado metido en esto.
No fue decisión mía. Me colocaron en el caso en cuanto apareció el cadáver en la plaza.
Mi tío… —Hizo una pausa, tragando saliva —.
Mi tío es quien me da las instrucciones.
No me lo tengas en cuenta. No es nada personal.
Por primera vez vi en Pelayo no solo al joven agente, sino a alguien atrapado por las órdenes de su tío. La traición dolía. Su confesión confirmaba que había estado informando sobre mí, pero no explicaba hasta dónde llegaba su participación.
Pelayo levantó la vista, y en sus ojos había miedo, pero también una búsqueda de comprensión o, más bien, una absolución por adelantado.
—Lo siento. Ya no hay vuelta atrás. No queríamos que acabaras como los otros.
Respiró hondo, sentía que cada palabra fuera una puñalada más contra mí.
—Has llegado demasiado lejos, Ángel —susurró, sacando del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña pistola—. Las órdenes son claras: aquí, quien se sale del tiesto va al hoyo. Los héroes en las películas. El informe dirá que te resististe a un asalto callejero.
Noté cómo de pronto me faltaba el aire. Mantuve la voz firme, aunque la garganta se me cerraba.
—No tienes por qué hacerlo. Aún puedes parar esto.
Intenté hacerle dudar. Era la única salida que veía.
—No —negó Pelayo, y sus ojos se empañaron—. Ya está todo decidido. Si sales vivo, nos matan a los dos… y a cualquiera que haya intentado ayudarnos.
Se arrodilló frente a mí, la pistola apoyada en la rodilla. Sus manos temblaban.
—Deberías haber hecho caso a las advertencias que te enviaron y haberte apartado del caso. Eres mejor de lo que nunca podré ser. Pero, si algo nos ha enseñado este mundo, es que aquí sobrevive quien puede, no quien quiere.
Sostuve su mirada. No podía luchar físicamente; solo me quedaba comerle la moral.
—¿Y qué pasa con tu conciencia, Pelayo? —murmuré—. Cuando aprietes el gatillo, ¿qué será de ti?
Pelayo apretó los labios. El silencio se hizo duro: solo el zumbido de la bombilla y el eco lejano del goteo de las tuberías.
Se incorporó lentamente sin dejar de mirarme y dio unos pasos hacia atrás. Me apuntó con la pistola. Su dedo índice empezó a tensarse sobre el disparador.
Los segundos se hicieron horas. El mundo terminó de apagarse. Cerré los ojos y bajé la cabeza. Estaba claro: este era mi final.
Entonces, el miedo dio paso a un extraño bienestar.
La mente me llevó directamente a la consulta de Lola.
La vi sentada frente a mí, con la luz cálida de aquella vela perfilando su rostro y su sonrisa tranquila que parecía detener el tiempo.
Recordé el aroma a leña y café, el timbre sereno de su voz, la forma en que sus dedos rozaron los míos al recoger aquel vaso de cristal.
Un arrepentimiento desgarrador se me clavó en el pecho, más agudo que el dolor de las bridas cortándome las muñecas.
Iba a morir sin haberle dicho la verdad.
Sin haberle confesado que, definitivamente, ella era mi tabla, quien me mantenía cuerdo en una ciudad desahuciada.
Me había pasado la vida escondido detrás de una placa que ya no significaba nada, escudándome en una fachada de cartón, siempre esperando ese momento mejor que ya nunca llegaría.
Esa imagen de un Ángel pusilánime frente a ella me devolvió de golpe al suelo helado de aquel sótano. Ni siquiera había sido capaz de decirle lo que sentía cuando me miró en silencio, esperando algo más que un simple «gracias».
«Ojalá tuviera otra oportunidad —pensé, casi rezando—. No volvería a callarme. No volvería a escudarme en un uniforme que me da tanta vergüenza ajena».
Abrí los ojos. Pelayo seguía allí, pero ya no era el muchacho decidido que había entrado en aquella sala: la mirada baja, las lágrimas cayéndole por las mejillas y el arma temblándole en las manos.
—Perdóname, Ángel —murmuró con la voz rota—. No puedo hacerlo. Tú… tú eres la única persona íntegra que conozco, quizás tú puedas llegar al final de todo esto. Destapa a toda esta gente. Que todo el mundo sepa hasta dónde llega todo esto.
Bajó el arma despacio, abandonado, y deslizó una navaja abierta por el suelo hasta dejarla junto a mi costado. En ese momento creí que la pesadilla terminaba, que me dejaría salir de allí.
Pero Pelayo dio un paso atrás, llevó el cañón a su sien y susurró:
—Hazlo por los dos.
El sonido del disparo llenó el sótano. Su cuerpo cayó a plomo y la pistola resbaló hasta quedar a un palmo de mis zapatos. Me quedé esperando que la puerta se abriera. Nadie entró. Solo volvió el goteo de las tuberías.
La cabeza me seguía martilleando, cada latido un bombeo doloroso en las sienes y, aun así, el corazón seguía trabajando con todas sus fuerzas.
No estaba muerto. Parecía que no iba a terminar mis días en aquella sala.
Y ahora tenía más motivos para seguir.