Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El sol de invierno apenas podía con la niebla mugrienta que nos cubría de forma permanente.

Aquella poca claridad me hizo abrir los ojos.

La cabeza me latía con un ritmo sordo, mezcla de resaca y desvelo.

Me quedé unos minutos tumbado, intentando encajar los fragmentos dispersos de la noche anterior: el local, la presencia en la niebla y la advertencia.

No sabía si había sido real o solo un mal sueño, pero esa sombra me perseguía.

Me duché rápido, tomé un café solo y amargo, y salí a la calle.

Aquella mañana, el trayecto hasta la comisaría por la Avenida de la Constitución me pareció más largo de lo habitual.

La resaca del brandi me martilleaba las sienes, pero lo que de verdad me pesaba era la sensación de que algo había cambiado en la ciudad.

Sentía ojos en cada esquina, en cada sombra de la niebla.

Nada más llegar, el ambiente era distinto. Las miradas se apartaban, los saludos eran más fríos, el ruido se difuminaba. Antes de que llegara a mi oficina, un agente me informó de que el coronel quería verme. Miré el reloj: eran las ocho. Ya me puse tenso; esperaba un rapapolvo.

Subí las escaleras con el estómago encogido.

Llevaba en la libreta el dibujo del panel y la inscripción del acumulador, pero aún no tenía nada que señalara a sus responsables.

La copia del registro de pruebas tampoco explicaba quién se había llevado las tarjetas.

Para mis jefes, aquello podía seguir siendo falta de avances.

El coronel me esperaba de pie junto a la entrada. Me invitó a pasar con un gesto seco y cerró tras de mí confirmando que el depredador ya tenía a su presa.

—Sargento Vega, a partir de este momento queda apartado de la investigación —dijo, sin rodeos, sin mirarme a los ojos—. El caso pasa a otras manos. Puede tomarse unos días, o dedicarse a hurtos menores en el sótano. No hace falta que le explique los motivos. Está fuera.

—Todavía no ha vencido el plazo que me dio, mi coronel.

—No le he pedido que me recuerde la hora, Vega. Le he comunicado una decisión.

En su gesto no había un ápice de humanidad.

No había espacio para preguntas y nuevamente me encontraba decepcionado con mi Cuerpo.

Salí del despacho resignado, con la rabia desbocada.

En el pasillo, Pelayo esperaba su turno para pasar.

Me esquivó la mirada. Cuando le pregunté si sabía algo, apenas balbuceó una excusa:

—Solo sé que quieren que yo siga en el caso, sargento. No sé más, lo juro.

No le creí. O quizá sí, pero eso no cambiaba nada. Ahora no podía confiar en nadie, ni siquiera en quien había sido mi compañero. Y yo, fuera del caso, era poco más que un espectador.

Me senté en mi mesa, fingiendo revisar papeles, mientras la ciudad, poco a poco, empezaba a coger su ritmo matinal. Por momentos me planteaba abandonar, pero sabía que no podía dejarlo estar; yo no soy así. No sabía cómo, pero seguiría investigando. Aunque fuera solo, lucharía hasta el final.

Entre papeles inútiles y el alboroto inútil de la oficina, repasé la desaparición de las pruebas, las sombras que me seguían y la rapidez con la que el coronel me había apartado del caso. Pelayo, con su acceso privilegiado y su apellido ilustre, había estado presente desde el principio.

¿Había sido Pelayo quien filtró información? La sospecha empezó a ganar enteros en mis teorías. Si quería respuestas, tendría que buscarme la vida, algo rutinario para mí. Por lo que decidí seguir caminando.

Vi cómo Pelayo salía de comisaría, y decidí seguirlo a cierta distancia, cruzando el centro histórico entre el andar de los comerciantes y el ir y venir de residentes.

Caminaba con paso rápido, sin mirar atrás, pero con una rigidez propia de quien algo esconde.

Al llegar a la plaza del Cabildo, se detuvo ante la puerta de un café discreto, uno de los pocos con vida en la zona.

Entró y eligió una mesa en el interior, de espaldas a la pared y de cara a la puerta.

Un gesto instintivo, aprendido en el mundillo policial y en el de los que tienen algo que temer.

La plaza semicircular era un oasis escondido a un paso de la Catedral, un respiro entre el ajetreo de la Avenida de la Constitución y la estrechez de las callejas del centro.

No dudé. Crucé la plaza y me deslicé en una de las tiendas de antigüedades que se abrían bajo la galería porticada.

El aire dentro olía a polvo y antigüedad.

Vidas olvidadas. Fingí interés por una brújula marina oxidada mientras buscaba un buen punto de observación.

Por suerte, la tienda tenía una pequeña planta superior, una especie de altillo abarrotado de objetos, con una ventana que daba directamente a la plaza.

Desde allí, también se veía el interior del café.

Subí las escaleras de madera, que crujían bajo mis zapatos y daban la sensación de que en cualquier momento se vendrían abajo.

Sorteando pilas de libros y trastos antiguos conseguí llegar a la ventana.

Desde allí arriba, oculto entre estanterías y cachivaches, tenía una vista perfecta.

Pelayo estaba sentado, inmóvil, con la mirada fija en la puerta.

Para mi sorpresa, minutos después vi llegar al coronel. El hombre entró sin mirar a los lados, saludó brevemente al camarero y se sentó frente a su sobrino. No hubo abrazos ni sonrisas, solo un intercambio de palabras cortas y miradas tensas.

Apenas tuve tiempo de procesar la escena cuando, poco después, el general Santiago Carrera, alto mando de la Guardia de la República, cruzó la plaza y entró también en el local. El ambiente se tensó aún más. Pelayo, su tío y el general, juntos en el mismo café, en pleno centro de Sevilla.

Desde mi puesto observé la coreografía. El general se sentó en la mesa contigua, de forma que parecía casual, pero lo bastante cerca como para escuchar.

Pidió algo al camarero mientras permanecía atento a la conversación entre Pelayo y su tío.

No alcanzaba a oír, pero los gestos hablaban solos: el coronel gesticulaba como quien da órdenes; Pelayo asentía con la cabeza baja; y el general, impasible, los escrutaba a ambos.

Un mal presentimiento me arrolló. Aquello no era una simple reunión familiar. Los tres se habían encontrado fuera de comisaría, justo después de apartarme. No podía oírlos, pero tampoco podía dejar de mirar.

Desde la penumbra del altillo afiné la vista.

Vi cómo Pelayo sacó un sobre del interior de su chaqueta y se lo entregó a su tío.

El coronel lo abrió y extendió unas fotografías sobre la mesa.

No alcanzaba a distinguir las imágenes. Pensé que podía ser yo el fotografiado y lamenté no haber andado con más ojo desde el principio.

Si Pelayo había estado informando sobre mis movimientos, ¿qué más habría contado?

Todas las piezas sueltas que tenía empezaban a encajar: la filtración de información, la desaparición de pruebas, mi propio apartamiento del caso.

Tan absorto estaba en los gestos de Pelayo, en las órdenes que parecía dar su tío y en la vigilancia del general, que no reaccioné al crujido de la escalera a mi espalda.

De pronto, un brazo me inmovilizó y mi espalda quedó pegada al pecho de un hombre.

Antes de que pudiera girarme, una mano me cubrió la boca con un pañuelo de olor acre y dulzón.

Forcejeé, buscando apoyo entre los muebles; una estantería crujió y algo cayó al suelo.

La presión no cedía. No sé cuánto duró. El ruido de la plaza se fue alejando y la vista se me nubló.

Lo último que recuerdo es la rabia de haber bajado la guardia como un novato.

El mundo se desvaneció sin que consiguiera librarme.