CAPÍTULO 7
La noche en Sevilla es distinta cuando caminas solo.
El eco de tus pasos devueltos por sus muros centenarios se encarga de recordarte nuestra escasa valía frente al vasto tiempo.
Salí de mi casa y anduve por la Avenida de la Constitución, dejando atrás el bullicio apagado de la plaza Nueva.
Mientras andaba, el tranvía, lento y jadeante, me acompañó hasta el Archivo de Indias; sus faros despejaban la niebla lo suficiente para orientarme entre los adoquines.
Giré hacia la Calle Fray Ceferino González, bordeando la Catedral, y el perfil de las torres góticas se recortaba sobre el rosetón de la Puerta del Príncipe, como un gran ojo que vigilaba mis pasos.
La fachada sur, iluminada por el fuego, me marcaba el camino entre tanta piedra.
A la derecha, la Puerta del León se alzaba como una boca oscura, flanqueada por dos antorchas y el escudo real, deslucido por la lluvia y el abandono.
No vi guardias junto a la cadena que cerraba la entrada.
El cartel descolorido bastaba para apartar a los curiosos: «Acceso restringido.
Guardia de la República». Esperé al otro lado de la plaza.
Una luz se movió detrás de una ventana y, poco después, un hombre salió a comprobar el cierre.
Me alejé antes de que pudiera fijarse en mí.
Rodeé el recinto por el Patio de Banderas y me adentré en el Callejón del Agua, ese pasadizo estrecho que serpentea junto al muro del monumento.
El musgo trepaba por las piedras; el olor a historia se mezclaba con la humedad.
En ese lugar, la ciudad parecía latente.
El silencio era tan imponente que hasta el sonido de mi respiración se sentía como una ofensa.
Me detuve un momento. Allí, la belleza permanecía.
Y pensé que nosotros, en cambio, no somos más que pasajeros: seres temporales e insignificantes.
Recordaba un antiguo acceso de servicio desde los jardines. De niño había intentado colarme por allí más de una vez, antes de que el Alcázar se convirtiera en Palacio de República. El recuerdo me orientaba, pero no sabía qué quedaría de aquel paso después de tantos años.
Seguí la muralla hasta una zona invadida por la maleza.
El paso que recordaba estaba tapiado, pero junto a él habían abierto una entrada para el mantenimiento.
Me oculté al oír voces. Dos hombres salieron empujando un carro de herramientas; uno de ellos cerró la puerta sin comprobar que el pestillo hubiera encajado.
Esperé a que se alejaran y probé. La puerta se movió apenas un dedo.
Tuve que trabajarla con la navaja, conteniendo cada chirrido, hasta conseguir que cediera.
Crucé un patio de servicio y alcancé la escalera que descendía hacia los Baños.
A mis espaldas, las voces aún llegaban desde los jardines.
El aire dentro era asfixiante por la humedad, cargado de ese olor característico a piedra antigua mojada y a agua estancada, un olor que solo se encuentra bajo tierra.
Descendí por la escalera de ladrillo, asegurando cada paso sobre los peldaños resbaladizos por la humedad del lugar.
En un descansillo encontré un farol de gas que alguien había dejado encendido.
Lo descolgué y reduje la llama hasta que apenas alumbró mis manos.
Su luz anaranjada proyectó sombras temblorosas y alargadas contra las bóvedas góticas.
Al llegar al nivel inferior, me detuve, sobrecogido por la quietud del lugar.
Ante mí se extendía un estanque larguísimo, lleno de agua oscura y perfectamente quieta, que reflejaba el techo abovedado como un espejo de obsidiana.
Eran los antiguos Baños de María de Padilla.
Allí abajo, sepultados bajo metros de piedra y silencio, quién sabe cuántos secretos habían determinado la historia de Sevilla.
Allí abajo el frío carecía de la mordida del viento.
Era un frío estancado, milenario, que se te colaba en los pulmones con un persistente sabor a esquirla de roca.
Levanté el farol de gas por encima de mi cabeza, intentando abrir la oscuridad.
Las bóvedas de crucería, perfectas y simétricas, se sucedían en una fuga infinita que mareaba la vista.
El ladrillo ocre, castigado por el tiempo, había adquirido tonos verdosos y negruzcos.
Pensé en los reyes y las cortesanas que habían caminado por esos mismos pasillos para huir de los calores estivales del pasado, ajenos a que, tanto tiempo después, su refugio de recreo se convertiría en una estancia profanada.
El estanque, con el agua inmóvil como una losa de mármol negro, parecía un pozo de profundidad abismal, dispuesto a tragarse cualquier cosa que cayera en él.
La galería parecía, a simple vista, inofensiva.
Solo el eco acompasado de las gotas que caían del techo rompía el silencio sepulcral, fundiéndose con el crujido de mis zapatos.
Caminé despacio, flanqueando el estanque.
Escudriñé cada rincón: las paredes cubiertas de musgo, la base de las robustas columnas de ladrillo, el fondo opaco del agua.
Recordé lo que extrajo Curro: nodo catorce.
La belleza del lugar no iba a servirme de prueba.
Me detuve junto a la tercera columna. Repasé con la luz del farol cada grieta, cada cicatriz en la piedra centenaria. Y entonces lo vi.
En la base, casi devorada por una costra de humedad y verdina, había una muesca geométrica.
Rasqué la superficie con el pulgar para limpiarla.
El pulso se me aceleró. Era el mismo grabado que aparecía en las tarjetas del muerto y de la taquilla: un hexágono atravesado por una línea gruesa.
Me puse en cuclillas para palpar el relieve.
No era un capricho arquitectónico ni un acto de vandalismo.
Era una baliza. Una señal diseñada para pasar desapercibida ante los curiosos.
Pensé en la bobina que había dejado con Curro, en las cifras de flujo eléctrico del cuaderno. El símbolo unía aquel lugar con las tarjetas. Me acerqué a la columna: en la junta inferior, bajo la verdina, había marcas recientes de metal.
Seguí la línea del hexágono hasta la junta de dos ladrillos. Allí descubrí una pequeña placa, pintada para confundirse con la base. El cierre tenía una ranura ancha y gastada.
Saqué del bolsillo la vieja moneda que había recuperado del depósito. La sujeté con los dedos y pasé el canto por la ranura. Entró justo. Hice fuerza hasta vencer la resistencia y giré el cierre un cuarto de vuelta.
Un clic sordo, seco y metálico resonó en las entrañas de la columna.
La placa se separó de la columna. Detrás había cables y un indicador tenuemente iluminado.
Sobre el metal aún se leía «ACUMULADOR 14».
La escala señalaba el nivel de carga. Me incliné para observarla y percibí un zumbido de baja frecuencia.
Apoyé los dedos en el borde del hueco: una vibración leve recorría el metal.
Me quedé inmóvil, escuchando si alguien se acercaba al otro lado de los muros.
El aljibe no era solo una reliquia turística.
Era un acumulador de energía, y estaba en funcionamiento.
No sabía cómo aprovechaban aquella estructura ni adónde enviaban lo que almacenaba.
Pero el nodo del que hablaba la cinta estaba allí.
El cierre se abría con una moneda corriente; la protección de verdad eran los muros del Alcázar, la Guardia y quienes trabajaban al otro lado.
Saqué la libreta y dibujé el panel, el símbolo y su posición junto a la tercera columna.
Anoté la inscripción y el nivel que marcaba el indicador.
Aquello respaldaba la referencia de Curro, pero no decía quién había instalado la maquinaria ni quién daba las órdenes.
Necesitaba más. En este país ya no se hace caso a lo que uno ve; la sociedad desmoralizada solo atiende al discurso de los gobernantes.
Cerré la placa y guardé la moneda. El zumbido seguía allí, amortiguado por el ladrillo.
Entonces oí pasos sobre mi cabeza. Apagué el farol y esperé, pegado a la columna, hasta que se alejaron.
Volví por la escalera, tanteando la pared, y dejé la lámpara en el descansillo.
Esta vez conocía el camino. Al cruzar el patio, las voces regresaron; alcancé la puerta antes de distinguir las palabras.
Salí del aljibe con la cabeza embotada y la garganta seca. No suelo beber, pero esa noche necesitaba una copa.
Quedaban pocos locales que sirvieran algo más fuerte que café o vino peleón. La mayoría habían cerrado o se habían reconvertido en comedores de subsistencia. El alcohol, como el calor, era un lujo para nostálgicos.
Caminaba sin rumbo fijo, cruzando la plaza de la Alfalfa y adentrándome en la Calle Boteros.
Allí, entre fachadas desconchadas y faroles apagados, sobrevivía una de las últimas trincheras de la vieja ciudad: el antiguo Garlochí.
Tras el apagón y los años de penuria, el local había cambiado de nombre, pero no de alma.
Lo llamaban El Corazón de la Madrugá. El nombre era un guiño a la antigua Semana Santa y a la palabra «garlochí», que en caló significa precisamente «corazón».
Allí, entre terciopelos rojos, bustos de vírgenes y santos, claveles marchitos y el aroma persistente de incienso, uno parecía pertenecer a un tiempo sagrado.
El altar barroco seguía presidiendo la entrada, y las paredes, cubiertas de cuadros y reliquias, contaban historias de una Sevilla que ya no existía.
El local era pequeño, casi claustrofóbico, pero acogedor.
La luz de las velas teñía de oro los mantones y las cenefas bordadas.
Detrás de la barra, el dueño —un hombre de mirada cansada y aspecto de monaguillo jubilado— me reconoció y asintió en silencio.
Allí no hacía falta hablar mucho. Allí, cada cliente era un superviviente.
Me acomodé en el rincón más tranquilo, la esquina más oscura, donde me solía sentar bajo la mirada severa de una Inmaculada y el retrato desvaído de una duquesa antigua.
Pedí un brandi. El dueño sacó una botella empolvada del mejor que tenía, aunque seguía siendo peleón.
Me lo sirvió en una copa coñacera con su particular forma de globo y la dejó sobre la mesa con un gesto casi litúrgico.
El primer sorbo me quemó la garganta, arrancándome las preocupaciones. Afuera, la ciudad seguía consumiéndose. Dentro, entre santos y pecadores, resistíamos.
El licor me calentaba el pecho y, contra mi costumbre, pedí una segunda copa.
El silencio del local, la penumbra, la luz de las velas y el perfume intenso del incienso me envolvían, apartándome de la realidad.
Me sentía como ese nazareno que, tras su túnica, se diluye durante la estación de penitencia.
Cuando salí, la noche acechante me saltó al cuello. Caminaba despacio, con el abrigo mal abrochado y la cabeza algo nublada. No estaba acostumbrado a beber así, y me notaba igual de turbio que la ciudad.
Doblé por la plaza de la Alfalfa y me adentré en un laberinto de callejuelas estrechas, donde la niebla se arremolinaba entre los balcones y los pasos resonaban en una ciudad muerta.
Sentí pasos a mi espalda. Al detenerme, cesaron. Reanudé la marcha más deprisa y alguien se acercó hasta rozarme el hombro.
—Deje el caso, sargento —murmuró una voz ronca, casi pegada a mi oído—. No hay nada aquí para usted. No busque más, si aprecia su vida.
Me giré, con el vello de todo el cuerpo erizado. Una figura dobló la esquina antes de que pudiera verle la cara. Di un paso para seguirla y tuve que apoyarme en la pared. La voz aún me sonaba junto al oído. ¿Había dicho aquello? ¿O estaba mezclando el miedo con el brandi?
Llegué a casa, cerré la puerta con las dos vueltas de llave que me daban seguridad y me dejé caer en la cama sin siquiera quitarme el abrigo. La habitación daba vueltas. La voz del desconocido resonaba en mi cabeza, y el sueño me venció antes de poder ordenar mis pensamientos.