CAPÍTULO 6
La noche anterior, mientras cabalgaba hacia el centro, decidí que no entraría a ciegas en el Alcázar. Aún me quedaba algo más de un día del plazo del coronel. Necesitaba descansar y ordenar lo poco que sabía. A la mañana siguiente, fui a ver a Lola.
El ambiente parecía más frío de lo habitual; muchas veces no sabía si era el tiempo el que se endurecía o era mi pesimismo con este mundo.
Caminaba sin prisa hacia la consulta de Lola, dejando que la ciudad y sus amenazas quedaran atrás, aunque fuera por un rato.
Al entrar en la consulta, me recibieron el olor a leña quemada, el café recién hecho, la luz cálida y el silencio amable.
Todo invitaba a relajarse… a respirar, que no es poco.
Me recibió con una sonrisa amable, acogedora, aunque me es imposible diferenciar las sonrisas verdaderas de las de compromiso.
Llevaba el pelo recogido y un jersey azul que le daba un porte hogareño.
Era un mirlo blanco en medio de este mundo ruinoso.
Me invitó a sentarme y, olvidé el peso de la investigación, al general, el plazo del coronel… incluso para qué había ido.
—¿Café? —preguntó, y solo con eso era capaz de hacerme sentir parte de aquello.
Asentí, y mientras lo preparaba, la observé en silencio. Me encantaba la forma en que se movía, cómo se apartaba un mechón de la cara y el brillo de sus ojos al hablar. Había un todo en ella que me resultaba hipnótico.
Me di cuenta de que, allí, con ella, el tiempo no importaba. No había prisa, no había miedo. Solo ella y yo, y la certeza de que, si el mundo se me apagaba, en ese rincón podría sobrevivir.
Lola se acercó y colocó un vaso sobre la mesa, frente a mí; sabía que me gustaba el vidrio.
Ella, en cambio, se aferraba a su taza. Me invitó a encender una vela pequeña junto a la ventana.
Cogí una cerilla de la cajita que guardaba encima de la estantería de libros y acerqué la llama a la mecha, sintiendo su mirada atenta sobre mí.
La vela empezó a prender, proyectando sombras suaves en las paredes.
Ambos contemplábamos con envidia el baile del que parecían disfrutar.
Era un gesto sencillo, casi sin importancia, pero en este mundo de apagones y penumbra, prender una vela tiene algo de milagroso.
—¿Qué te trae hoy por aquí, Ángel? —preguntó, sentándose frente a mí, con las manos alrededor de su taza.
—Necesitaba… —Dudé un segundo, buscando la palabra—. Necesitaba recordar que aún hay lugares donde uno puede respirar. Me gusta buscar esa tabla en medio del mar.
Ella sonrió. Me contó su discusión con el hombre que le llevaba la leña, convencido de que los troncos mojados pesaban más porque eran mejores, y me sorprendí riendo.
No le hablé del caso, ni de la bobina, ni del general.
Hablamos del tiempo, de la calidad del café y de cómo la ciudad era capaz de resistir.
El silencio se instaló, cómodo, y me sorprendí confesando más de lo que pensaba.
—A veces siento que la ciudad se me mete dentro —dije, bajando la voz—. Que todo lo que veo ahí fuera… acaba por ensuciarlo todo aquí dentro.
Lola no respondió enseguida. Se limitó a mirarme, buscando bajo mi armadura la herida exacta que debía sanar.
—No eres la ciudad, Ángel. Ni sus ruinas, ni sus sombras. La ciudad te ha sometido, como a todo el mundo. Sería extraño que no lo hubiera hecho. Pero no tienes que cargar con ello tú solo.
Me quedé callado, asimilando sus palabras. Y allí sentado, dejé de verla solo como a la mujer que siempre sabía qué decirme. Lola jugaba con la cucharilla, la mirada perdida en la llama de la vela.
—¿Sabes? —dijo, casi en un susurro—. Yo también tengo días en los que todo esto me pesa demasiado.
A veces me dan ganas de abandonar, igual que tantos; o empezar de cero en otro sitio.
Pero siempre acabo quedándome. Supongo que, en el fondo, me aferro a la idea de que ayudando a alguien podemos cambiar la dinámica.
Aunque sea a uno solo. Todos los que podamos debemos volver a poner la rueda en marcha.
La miré, sorprendido. Era de las pocas veces que se había abierto así conmigo. Su vulnerabilidad me desarmó. Y agradecí de verdad su sinceridad. Puede que fuese porque lo tenía que decir, pero ese pequeño acto de confianza fue ese brazo que te agarra en mitad del caos.
—Tú aportas, Lola, y mucho. Aunque aún no lo veas.
Ella sonrió, y con ese café, fuimos dos cómplices frente a un mundo hostil. Compartimos los últimos sorbos, la luz temblorosa de la vela y la calidez de un pequeño rincón en aquel mundo, vulnerable, pero nuestro.
Miró el reloj y dijo:
—Dentro de un rato tengo que salir. Hay un hombre que lleva dos citas sin venir. Vive solo; voy a acercarme a su casa.
Lo dijo mientras reunía unos papeles en una carpeta. Me habría gustado mantenerla conmigo un rato más… o todo. Pero aquella decisión también formaba parte de la mujer que tenía delante.
Cuando me despedí, Lola me acompañó hasta la puerta. Sus dedos rozaron los míos al darle el vaso vacío, y ese gesto, tan simple, me hizo palpitar. Salí a la calle renovado, con la vista clara y la mente despejada.
La ciudad me recibió, con su abrazo helado y la luz gris de la mañana. Apreté la mano en el bolsillo, donde había guardado la cerilla usada como recuerdo de ese baile que pudo ser nuestro. Un tesoro, frágil, pero suficiente para recordar que todavía quedaba algo por lo que luchar.
Con ella, la vida se detenía. Y yo quería saborear esos instantes que me permitían escapar de esas sombras que me acechaban.