Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Cuando necesito desplazarme sin sentirme observado, siempre elijo el caballo. Puedo cambiar de calle sin esperar una parada, detenerme o regresar sobre mis pasos. En estos tiempos, un jinete solitario no llama demasiado la atención.

Salí de la comisaría y me dirigí a la antigua Fábrica de Tabacos, que antaño fue sede de la Universidad de Sevilla y después, en este mundo descompuesto, servía de establo para los pocos caballos que quedaban en servicio.

El edificio, con sus muros de piedra ennegrecidos y sus altos ventanales cegados por tablones, olía a estiércol, a animal y a madera vieja.

Las columnas toscas y los patios interiores, antaño llenos de jóvenes estudiantes, ahora estaban ocupados por monturas, sacos de pienso y herramientas oxidadas.

Los exteriores se usaban como picaderos; allí, los hombres daban rienda a sus caballos. El eco de los cascos sobre el suelo de piedra resonaba bajo las bóvedas, mezclándose con los relinchos de algunos animales y las voces humanas.

Me acerqué a mi yegua, de pelaje palomino dorado.

Le acaricié la frente, le aparté el flequillo y la saludé en voz baja antes de ensillar.

Allí, entre animales, me sentía a salvo, invisible, fuera del alcance de miradas indiscretas.

Siempre he pensado que quien dotó de significado a las palabras «humano» y «animal» confundió los términos.

Comprobé que la bobina seguía en el bolsillo interior de la chaqueta y la aseguré. Para descifrarla necesitaba a Curro el Wifi.

Nos conocimos años atrás, en una operación que terminó con el Wifi engrilletado y una sonrisa irónica en los labios.

Sus hackeos nunca iban contra los débiles; apuntaban a quienes tenían algo que ocultar.

Durante el interrogatorio, descubrí que, en el fondo, solo buscaba equilibrar la balanza.

Era de los que intentan joder a los de arriba, aunque eso le costara caro.

Desde entonces, cada vez que una investigación se adentraba en el terreno digital, sabía a quién llamar.

Crucé media ciudad a caballo. Cambié de recorrido un par de veces y me detuve ante un comercio cerrado para mirar atrás. Nadie parecía haber repetido mis desvíos. Aflojé las riendas. Montar me hace sentir libre; me da paz y una felicidad que ya es difícil encontrar entre las personas.

A medida que dejaba atrás el centro histórico, la ruina real que nos había tocado sufrir se mostraba en toda su crudeza.

Los barrios residenciales, que en mi juventud bullían de tráfico y vida, eran ahora cementerios de asfalto.

Los semáforos, oxidados e inútiles, se alzaban en los cruces como monumentos a la estupidez humana.

Pasé junto a hileras de coches abandonados desde el Gran Apagón, vehículos que sus dueños dejaron tirados cuando el petróleo dejó de llegar; ahora sus esqueletos metálicos, despojados de ruedas, asientos y cristales, servían de refugio improvisado para los vagabundos o de maceteros grotescos donde la maleza se abría paso.

El contraste era desolador: las grandes avenidas de varios carriles, diseñadas para la velocidad y las bravuconadas del progreso, eran recorridas ahora por la fauna salvaje urbana y carros tirados por mulas.

El silencio de la periferia era distinto al del centro; no era un silencio histórico y solemne, sino ese vacío pesado propio del instinto de supervivencia, en el que hablar de más puede costarte la vida.

El Wifi malvivía en una vivienda discreta, encajada entre algunos bloques bajos y grises en el barrio de Su Eminencia.

Llamé a la puerta de forma que supiera que era yo: dos golpes, pausa, uno más.

Tardó en abrir. Cuando lo hizo, Curro apareció envuelto en una bata vieja, el pelo alborotado y las ojeras profundas, pero con la misma jovialidad de siempre.

—Vaya sorpresa, mi amigo Ángel. —Sonrió, mostrando unos dientes nada cuidados—. Pensé que te habrías olvidado de los viejos amigos.

Le devolví la sonrisa. Hacía tiempo que no usaba una de verdad. La mayoría de las veces, la sonrisa es forzada, como la de casi todo el mundo, supongo.

—No me olvido de los que valen la pena, Curro. Aunque te escondas mejor que una rata.

El Wifi me hizo un gesto con la mano, invitándome a pasar.

El interior olía a polvo acumulado y a cables quemados.

Su casa era el museo de un mundo muerto, un desorden propio de los genios obsesivos.

Una estufa de leña en la esquina apenas lograba templar el aire.

Sobre una gran mesa descansaban un par de pantallas viejas y un amasijo de componentes electrónicos que daban forma a un servidor casero construido con material reciclado y oxidado.

Había baterías de coche acumuladas en las esquinas, unidas por cables cuyos empalmes estaban cubiertos de cinta aislante.

Curro señaló un pequeño contador junto a la mesa: hasta aquel taller clandestino tenía que administrar cada minuto de corriente.

A los teclados remendados les faltaban teclas. Era el taller de un genio sin premios.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el Wifi, sentándose con esfuerzo en una silla que ya había dado lo mejor de sí—. No será solo por tus ganas de verme.

De nuevo me sacó una sonrisa.

—Me conoces mejor de lo que creía.

Saqué la bobina y la dejé sobre la mesa.

—Necesito que le eches un vistazo. No tengo ni idea de lo que puede haber dentro, pero alguien mató por esto.

Curro la tomó con cuidado, girándola entre los dedos.

—Hace tiempo que no me traes juguetes nuevos. ¿Te acuerdas de la última vez? —dijo, con una sonrisa nostálgica—. Aquella redada en Triana… Si no llegas a cubrirme, no lo cuento.

—No puedo hacer menos por ti. Lo bueno que te pase, te lo mereces —respondí, y por unos instantes, ambos disfrutamos un silencio cómodo, de los que se comparten con gusto entre amigos de verdad.

—Supongo que te sigues dedicando a lo mismo. ¿Sigues filtrando información en los barrios? —pregunté, bajando la voz.

El Wifi asintió, con una mueca de orgullo.

—Alguien tiene que hacerlo. Si no, solo les llega la versión oficial, y ya sabes lo que vale eso.

Cortes, redadas, cambios en las cuotas de energía…

La gente tiene derecho a saber lo que se le viene encima.

La electricidad no ha desaparecido, Ángel.

El Gobierno decide quién puede usarla y quién se queda a oscuras.

—Te estás jugando el cuello, Curro. Ya sabes que lo que haces no le gusta nada a los poderosos.

—Tú también, cada vez que vienes a verme —respondió el hacker , y ambos reímos brevemente, disfrutando de ese peligro que nos mantiene vivos. Nuestra forma de vida.

El Wifi apartó unas cajas y sacó un viejo lector de cinta de carrete. Encajó la bobina y la hizo avanzar con cuidado hasta el cabezal. Después conectó el lector al terminal mediante una caja de conexiones remendada.

—Esto va a llevar tiempo. Primero hay que sacar lo que hay aquí dentro. Luego veremos si podemos entenderlo. Como fuerce la cinta y se rompa, nos quedamos sin nada.

Pasaron horas entre comandos en una pantalla negra y maldiciones.

Curro detenía el lector cada vez que la cinta se atascaba en aquel cacharro.

Corregía la tensión y volvía a empezar. Yo, mientras tanto, alimentaba la estufa.

Me acercaba para intentar entender lo que hacía y ver si podía ayudar, pero me sentía inútil, más un estorbo que una ayuda, y volvía a sentarme.

Cuando ya oscurecía, dejó de maldecir, se le iluminó la cara y, sonriendo, me hizo una seña.

—He recuperado parte del índice. El nodo catorce corresponde al Alcázar.

Aquí menciona los Baños de María de Padilla; después faltan líneas.

Esto todavía no me dice quién lo usa ni qué pasa por allí.

El resto está cifrado, y además hay tramos que apenas se leen.

Necesitaré un par de días, si la cinta aguanta.

Copié lo que teníamos en mi libreta y asentí, agradecido.

—Ten cuidado con esto que tenemos, amigo. Sé discreto. Creo que lo que averigüemos no les sentará bien a algunos caciques.

—Esto me encanta, amigo, desmontar chiringuitos —dijo el Wifi, guiñándome un ojo—. Tranquilo, sé cuidarme.

Dejé la bobina con él. La guardó en su caja antes de acompañarme a la puerta. Nos despedimos con un abrazo sincero, de los que se echan de menos cuando de verdad hacen falta.

Al salir de la vivienda del Wifi, el viento helado me devolvió a la realidad, siendo la ciudad congelada la encargada de recordarme que esa calidez y comodidad son fugaces. Que cuando uno las encuentra, no las debe dejar escapar.

Cerré la puerta tras de mí y me detuve unos segundos en el umbral. Era un frío que dolía, que se metía en los huesos y no te soltaba. Esa sensación que te hacía dudar si seguías vivo o si no eras más que un espectro en la niebla.

Mientras caminaba hacia Marisma, repetí para mí la referencia que llevaba anotada: Nodo-Aljibe 14. Baños de María de Padilla. Por fin tenía un lugar que comprobar. Lo que ocultara seguía siendo otra cosa.

Me subí a mi montura y, una vez acomodado, eché vaho sobre mis manos para devolverles algo de vida.

Miré hacia la ventana de Curro, donde una luz temblorosa seguía encendida, y pensé en la soledad de los que vivíamos al margen, en la lealtad silenciosa que a veces es lo único que nos queda.

Lamenté esa condena humana; que la fuerza de unos pocos siempre tuviera que mantener viva la esperanza de muchos. Y yo… debía seguir.

Montado en mi yegua, dejándome llevar por la fuerza y la nobleza que solo estos animales pueden poseer, la espoleé:

—¡Vamos, Marisma!

Y me perdí en la niebla, con ánimo de enfrentarme tanto a aquella fría noche como a todo lo que me quedaba por descubrir.