Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La noche cayó justo cuando abandonaba el café.

La niebla se había espesado hasta borrar los contornos de las farolas apagadas.

Nos habíamos acostumbrado a aquella llovizna, un goteo a medio camino entre agua y copo, sin que terminara de cuajar en el suelo.

Caminaba despacio, con el cuello del abrigo subido y la mano en el bolsillo, aferrando la bobina como si fuera un talismán… o mi condena.

No tardé en notar la presencia. Confirmé que no era solo paranoia: a unos metros detrás de mí, unos pasos se detenían cuando yo me detenía y reanudaban el ritmo cuando volvía a andar. No me giré. En este oficio, delatar mis pensamientos puede ser un error fatal.

Doblé una esquina y me planté ante un escaparate vacío, fingiendo interés por los restos de un maniquí sin cabeza.

Con el rabillo del ojo distinguí una silueta borrosa que asomó y giró la cabeza al cruzar la esquina, bajo la luz sucia de la niebla.

No le vi el rostro, pero supe que yo era su objetivo.

Llené de aire mis pulmones y, relajando el cuerpo, aceleré el paso. La tranquilidad de las calles desiertas solo era rota por el trote cansino e inconsciente de un caballo. Pensé en Losada, en Lola y en los nombres del cuaderno. Pensé en la red y en cuántos podrían ir detrás de mí.

Al llegar a mi portal, me detuve un instante y miré de reojo. Parecía que ya nadie me seguía, pero la sensación de peligro seguía conmigo: era parte de mí como la bruma mental. Subí las escaleras a oscuras, con el oído atento a cualquier ruido fuera de lugar.

Me prometí que no dormiría hasta averiguar quién me seguía. En el bolsillo guardaba un secreto que podía hacer tambalear muchos cimientos.

Entré en casa y aseguré la puerta con dos vueltas del cerrojo. El salón era pequeño y estaba poco amueblado; apenas una mesa, una estantería con libros viejos y la mecedora de madera junto a la estufa de leña. Era justo lo que necesitaba, no más.

Cargué con leña la estufa y la encendí. Era un ritual que me maravillaba. Me quedé embelesado con las llamas, mientras lanzaban destellos naranjas sobre las paredes desconchadas. El calor era denso, casi irreal después del frío de la calle.

Me dejé caer en la mecedora, con la bobina y el cuaderno sobre la mesa. Tras la ventana, la niebla devoraba los restos de las calles. De vez en cuando, una silueta cruzaba la acera, rápida y encogida, temiendo enfrentarse a aquella fuerza opaca.

Sentía la muerte respirar junto a mi puerta, exhalando su aliento helado hacia mí, sin darme paz ni en mi propio hogar.

Intenté reconstruir los pasos del desconocido desde el café.

¿Había sido siempre el mismo? ¿Para quién trabajaba?

¿Cuántos me seguían? El crujido de la leña me hacía volverme hacia el descansillo con una alerta paranoica.

Pero el calor de la estufa y el vaivén lento de la mecedora acabaron por vencerme. Los párpados pesaban, la cabeza se me inclinó hacia el pecho. Me dormí pendiente de la puerta, mientras la ciudad, tras el cristal, seguía respirando bajo el eco de su latido moribundo.

Me desperté de golpe, el corazón desbocado y la boca seca. Tardé un segundo en ubicarme: la mecedora, la estufa apagada, la luz gris filtrándose por la persiana. Maldije en voz baja. Me había quedado dormido. El reloj de pared marcaba las ocho y media. Llegaba tarde.

Me aseé a toda prisa, salpicando agua fría sobre la cara y vistiéndome con movimientos torpes. El abrigo aún olía a humo y humedad. Recogí el cuaderno y la bobina antes de salir. Me fui sin mi necesario café, con la cabeza embotada y el remordimiento por haber bajado la guardia.

En la calle, el frío me golpeó con fuerza, pero no frené el paso hasta llegar a la comisaría.

El edificio bullía de actividad. El murmullo de voces, el golpeteo de pasos, el olor inconfundible a suciedad.

Caminé directo a la oficina de homicidios.

Losada me esperaba de pie, nervioso, con papeles doblados en las manos y la mirada inquieta.

—Sargento, tenemos un problema —dijo en cuanto me vio.

—¿Qué pasa ahora, Losada? —respondí, sin detenerme.

Él me seguía, casi tropezando con sus propios pies.

—Las tarjetas… las dos tarjetas que encontramos —dijo Pelayo con la voz temblorosa—. La del muerto y la de la taquilla. Las dejé en sus bolsas, lo juro. Pero al llegar esta mañana, habían desaparecido.

Me detuve en seco y lo miré a los ojos.

—¿Estás seguro de que quedaron guardadas?

—Sí, sargento. Ayer llevé al depósito la bolsa de la taquilla y la del sobre con el recibo. Firmé el registro, y el encargado lo guardó todo en la caja fuerte. Lo comprobé antes de irme.

Bajamos juntos al almacén de pruebas a toda prisa.

El encargado, un tipo flaco y ojeroso, revisó el libro de registro con desgana.

La entrada de Pelayo estaba fechada y firmada la tarde anterior.

La de los objetos del cadáver, desde la noche del crimen.

Ninguna salida. En la caja fuerte faltaban las dos tarjetas y el sobre que habíamos abierto, con el recibo de Carrera dentro.

Me froté la cara. Se habían llevado las tarjetas y la firma que vinculaba a Carrera con lo encontrado en la taquilla. El cuaderno seguía conmigo, pero el nombre de un contacto seguro no demostraba traición. Alguien había elegido bien qué hacer desaparecer.

De las pertenencias del muerto quedaban allí la moneda antigua y los papeles. Pedí que registraran su salida a mi nombre y me las llevé. Ya había dejado demasiadas cosas al cuidado de aquella caja fuerte.

—¿Quién ha podido acceder durante este tiempo a la caja de pruebas? —pregunté, mirando al encargado.

El tipo se encogió de hombros.

—La llave la tenemos yo y el encargado de noche. Los jefes de turno autorizan los movimientos. Si viene un superior y da una orden, se le suele atender.

Miré a Losada. Su nerviosismo parecía real, casi infantil. Quise creerlo. Pero alguien había estado allí, alguien que sabía moverse entre las sombras y los papeles.

Repasé mentalmente los nombres. Carrera podía conseguir que le abrieran sin dejar rastro; también el coronel Losada. O cualquiera que actuara bajo sus órdenes. Me fijé en el encargado: seguía mirando el libro, aunque ya no pasaba las hojas.

Santiago Carrera, en teoría el responsable de la GR, en la práctica, dueño de cada rincón de la comisaría. El coronel Losada dirigía nuestra comisaría. Ninguno necesitaba mancharse para conseguir hacer desaparecer unas bolsas.

Miré a Losada, que me observaba con los ojos muy abiertos, esperando una orden, una explicación, algo que le devolviera la seguridad.

—No busques solo entre los de abajo —le dije en voz baja—. Alguien ha abierto esa caja. Necesitamos saber quién estaba en el turno de noche y quién dio la orden.

Losada tragó saliva, comprendiendo al instante.

—¿El general…? —susurró, temiendo que el propio edificio pudiera oírle.

—Es uno de los nombres que debemos comprobar —respondí, sin apartar la vista del libro de registro.

Bajé aún más la voz.

—Aquí, el poder no necesita firmar nada. Solo una orden, una mirada, y todo desaparece.

El encargado fingió no escuchar. Le pedí una copia de las entradas y la relación de quienes habían cubierto el turno de noche. Esta vez tuvo que levantar la vista.

Me guardé la rabia. No era momento de enfrentamientos directos, pero tampoco iba a marcharme sin dejar constancia de lo ocurrido. Dicté la relación de las piezas desaparecidas y exigí que la anotaran allí mismo.

—Vámonos, Losada —murmuré al salir—. Poco más podemos rascar aquí.

Mientras subíamos las escaleras, sentí la bobina lastrándome en el bolsillo. El cuaderno daba nombres; la cinta quizá pudiera darles peso. Si alguien había empezado a borrar el rastro, el tiempo se nos estaba acabando.

No había pasado ni media hora desde que salimos del almacén cuando un agente se acercó a mi mesa, nervioso, y me dijo:

—El coronel quiere verte en su despacho. Ahora.

El despacho del coronel estaba en la última planta, lejos del bullicio y del olor a cañerías de abajo.

Los ascensores lucían carteles permanentes de «Fuera de servicio».

Casualmente, los altos mandos nunca parecían tener problemas para utilizarlos.

Subí a pie. A mitad de camino, el abrigo de lana ya me pesaba como una armadura; llegué arriba jadeando.

La puerta, de madera oscura, siempre estaba cerrada. Llamé dos veces y, tras un breve silencio, escuché su voz grave:

—Adelante.

El coronel Losada era un hombre grande, con años de experiencia y mirada de indiferencia. El uniforme le quedaba impecable, y la placa lustrosa la llevaba sobre el pecho como una advertencia. Me observaba de pie, junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda.

—Siéntese, Vega.

Obedecí, sin quitarme el abrigo. El coronel no perdía el tiempo con cortesías.

—Llevo días esperando resultados. Días. Y lo único que tengo es un cadáver sin nombre y un expediente lleno de preguntas. ¿Dónde están las respuestas?

—Estamos trabajando en ello, mi coronel. El caso es más complejo de lo que parece.

Él se giró, clavando en mí una mirada penetrante.

—¿Complejo? Lo que veo es que no hay avances. Ni una identificación, ni un sospechoso, ni una pista clara. ¿Sabe lo que eso significa para la imagen de la Guardia? ¿Para mi imagen?

No respondí. Sabía que no esperaba una excusa.

—Quizá —continuó con voz más baja— ha llegado el momento de que descanse del caso. Vega, lleva usted demasiado tiempo en la calle. Está usted quemado y seguro que le vendría bien un relevo. Alguien más… fresco. Más motivado.

Me tensé en la silla, pero mantuve la voz neutra.

—Con todo el respeto, mi coronel, aún no hemos agotado las líneas de investigación. Si me releva ahora, perderemos el hilo.

El coronel se acercó al escritorio, apoyó las manos sobre la madera y bajó la voz.

—No tiene ningún hilo del que tirar, sargento.

No es la primera vez que le veo perderse en sus propios métodos.

Si en cuarenta y ocho horas no hay avances, el caso pasará a otro.

Y a usted lo pondré al teléfono a tramitar denuncias por robo de leña.

Le habilitaré su propia oficina en los sótanos. A oscuras y oliendo a carbón.

Hizo una pausa, midiendo el efecto de sus palabras.

—Piénselo bien, Ángel. No todos los días se le da a uno la oportunidad de descansar. A veces, saber cuándo apartarse es la mejor decisión.

Me levanté despacio, conteniendo la rabia.

—¿Algo más, mi coronel?

Él negó con la cabeza, ya de espaldas, mirando de nuevo por la ventana.

—Eso es todo. Puede retirarse.

Salí del despacho apalizado. Necesitaba recuperar el vínculo que acababan de borrar. El plazo del coronel podía ser una amenaza rutinaria o una forma de cerrar el caso antes de que encontrara algo.

En mi despacho, saqué la bobina y la dejé sobre la mesa, junto al cuaderno. La observé un tiempo, intentando descifrarla solo con la mirada.

Antes un laboratorio habría dispuesto de equipos y un par de especialistas. Ahora dependíamos de cacharros viejos, piezas de museo y favores a media voz.

Decidí que lo mejor era ir a ver al único tipo en toda Sevilla capaz de hacer hablar a una máquina muerta. Era hora de hacerle una visita a Curro el Wifi.