CAPÍTULO 3
Giré la llave con cuidado. El pestillo cedió con un golpe sordo y la puerta metálica se abrió unos centímetros. Al tirar de ella, la bisagra chirrió y me llegó un olor a óxido y papel podrido.
Pelayo emitió un leve silbido.
—¿Pero qué cojones…?
Casi había olvidado que no estaba solo. Sin responder, saqué el cuaderno. La goma reseca se partió con un chasquido.
Pelayo se acercó para mirar por encima de mi hombro. Le temblaban las manos. Quizá por el frío; quizá por los nervios.
—Sargento… —Su voz era apenas un susurro—. ¿Cómo sabía que encontraríamos algo aquí? ¿Qué hemos descubierto?
En sus ojos vi algo más que curiosidad: miedo y una admiración nueva. Esperaba respuestas; quizá también que le prometiera que todo saldría bien. Al fin y al cabo, como a todos, le gusta escuchar lo que quiere oír.
—Haz tu trabajo, Losada. Mantén los ojos abiertos y vigila alrededor —dije, esta vez con menos dureza.
Él asintió, tragó saliva y tomó la bobina con cuidado, mirándola como quien contempla un objeto prehistórico.
Las páginas interiores del cuaderno estaban llenas de una letra menuda y nerviosa. En una de las últimas páginas escritas encontramos:
Si estás leyendo esto, es que no pude hacerlo. La red ya es imparable. Es demasiado inmoral lo que hacemos, pero alguien debe saber la verdad.
Contacto seguro: S. Carrera – Guardia de la República, Brigada de Recursos.
Clave de acceso: Bajo la sombra de los naranjos… duermen los secretos viejos. —M.
El resto eran apuntes contables: fechas, volúmenes de «flujo eléctrico» transferido, coordenadas de aljibes subterráneos, nombres en clave y —al margen— cantidades de «criptosuero» abonadas. Las últimas líneas estaban emborronadas, escrito con el pulso tembloroso:
Entregaré todo mañana, 18:30, plaza de Doña Elvira. S. dice que puedo confiar. Si fallo, que esto sirva.
Tragué saliva. El muchacho formaba parte de una red de minería energética y había decidido delatarla.
Buscaba ayuda dentro de la propia Guardia.
S. Carrera. Un apellido demasiado conocido para pasarlo por alto.
Alguien le había prometido protección, pero había terminado muerto junto a una fuente.
O había confiado en la persona equivocada, o alguien se había enterado antes de que pudiera hablar.
—¿Sargento? —susurró Pelayo, clavando la vista en la cinta magnética—. Esa bobina… ¿cree que aquí están los registros de la red?
—Eso espero. Si contiene los registros que anuncia la etiqueta, podría explicar el tráfico energético. Primero tendremos que encontrar la forma de leerla.
Tomé el sobre lacrado. En el sello se apreciaba un relieve: el hexágono y, debajo, la leyenda «NEX‑RAÍZ».
Lo abrí con la hoja de mi navaja. Dentro había otra tarjeta idéntica a la que llevaba el joven de la plaza —pero con el borde marcado en rojo— y un recibo de depósito firmado por el general Santiago Carrera.
Reconocía el nombre: jefe superior de la GR en la zona, responsable de infraestructura energética…
Un fuerte vértigo me sacudió. Santiago Carrera.
La inicial y el apellido de la nota encajaban con el nombre del recibo.
El muchacho lo consideraba un contacto seguro, pero su firma aparecía entre los documentos de la misma red que pretendía denunciar.
¿Hasta dónde llegaba su participación? Volví a mirar el recibo.
Antes de pedirle explicaciones, tendría que averiguar qué había firmado exactamente. Y por qué.
El general era amigo del coronel Losada, su mano derecha en Sevilla. Y el coronel, además de nuestro superior, era tío de Pelayo.
—Losada, nada de lo encontrado puede comentarse fuera de esta investigación. Con nadie. Guarda la tarjeta en una bolsa y el sobre con el recibo en otra. Anota la hora. El cuaderno y la bobina se vienen conmigo. De momento, no pasarán por el depósito.
No pensaba dejar todas las pruebas en el mismo sitio. Menos aún después de encontrar aquel nombre.
Él asintió, pero noté un temblor diferente en sus manos. Quizá empezaba a atar cabos.
Fuera, la llovizna arreciaba. En el lago sonó un chapoteo. En cuanto cruzáramos la verja, cualquiera que vigilase aquel lugar podría vernos salir. Nosotros llevábamos una cinta magnética; quizá media GR tuviera motivos para arrebatárnosla.
Cerré la taquilla con suavidad. La llave número 7 seguía encajada entre mis dedos. Ya era más que una simple llave de taquilla. Me planté frente a la puerta, respiré hondo y saqué el aire de golpe. Era hora de salir.
La tarde caía sobre Sevilla como una losa de hormigón.
De vuelta en el café sin nombre, ocupé mi mesa junto al ventanal.
Desde allí contemplaba mi estampa favorita de la ciudad: la Catedral, la Giralda a su espalda y, a sus pies, el magnolio.
El camarero dejó ante mí el vaso opaco de siempre, sin palabras; no hacían falta.
Lo rodeé con las manos, buscando calor, antes de bajar la mirada hacia el cuaderno y la bobina.
Encendí un cigarro. Parecían objetos de otra era. Los estudié, consciente de que mis conocimientos de electricidad y electrónica eran demasiado escasos para extraer nada de ellos.
Mientras observaba, me vino a la mente la imagen de Losada, con las manos temblorosas y la mirada fija en la bobina.
Era joven, demasiado para cargar con secretos tan pesados.
Me preguntaba si alguna vez había soñado con ser policía por vocación, o si solo quería demostrarle algo a su familia.
En este oficio, la ilusión dura poco. Ojalá no se le apagara tan pronto, pensé.
El cuaderno ofrecía indicios. La bobina, en cambio, solo ofrecía una promesa: quizá contuviera los registros de la red, pero aún no sabía si seguían intactos ni si sería posible leerlos.
No sería fácil. Necesitaba un especialista, y conocía al mejor. Si alguien más sabía que tenía la cinta, vendría a por nosotros. Sin duda, la información es más peligrosa que cualquier arma.
Me preguntaba cuántos había dentro. Cuántos uniformes podridos. Cuántos, como el muchacho, habían intentado escapar y terminado en una plaza, con un verso por epitafio. ¿En quién podía confiar?
A partir de entonces, cada paso tendría que darlo con cuidado.
Levanté la vista y, entre los viandantes, uno me llamó la atención.
Un hombre encorvado, con un abrigo demasiado grande y el sombrero calado hasta las cejas.
No parecía distinto a los demás, pero había algo en su forma de andar, en la pausa frente al café, que me puso en alerta.
Fingía mirar la fachada, pero sus ojos, apenas visibles bajo el ala del sombrero, se clavaron en mi mesa.
Desde que salimos de la plaza de Doña Elvira la noche anterior, había sentido esa presencia: una figura detenida demasiado tiempo en una esquina, un reflejo repetido en el cristal del tranvía. Podían ser coincidencias. Aquel hombre hizo que dejaran de parecérmelo.
El hombre se alejó, perdiéndose entre la niebla y la llovizna, pero la inquietud se mantuvo en mí. Instintivamente llevé la mano a la culata de mi arma: quería acariciarla, saber que estaba allí. Quizá la caza ya había empezado y yo, había tardado demasiado en darme cuenta.
Aplasté el cigarro, guardé el cuaderno y la bobina en el bolsillo y me levanté despacio, dispuesto a actuar.