Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Cuando se marchó, releí la nota: «Pulmón del Este, acceso viejo».

Llevaba toda la noche dándole vueltas. «El Este» podía aludir a Sevilla Este; «pulmón», quizá a uno de sus parques. El Infanta Elena era el único respiro que daba a la zona en los días de calor apabullante.

Encajaba, aunque también podía estar forzando la pista: recordaba un acceso de servicio y unas dependencias bajo tierra. No era una certeza, pero era lo único que tenía.

De niño había recorrido incontables veces el parque Infanta Elena. Bajo la colina junto al lago estaban las antiguas oficinas y los almacenes de mantenimiento. Si la nota se refería a unas dependencias ocultas, aquellas eran una posibilidad. Una entre varias.

Las palabras de Lola regresaron: primero debía averiguar qué significaban los objetos. El parque podía ser la respuesta. O una mañana perdida.

El tranvía avanzaba despacio, jadeando por los raíles húmedos como un animal viejo y cansado.

El interior estaba casi vacío; apenas una decena de pasajeros, todos envueltos en abrigos pesados, con la mirada perdida en el vaho de las ventanas.

El traqueteo monótono y el chirriar de la maquinaria llenaban el silencio, mientras la ciudad se iba desdibujando tras los cristales empañados.

Fuera, la niebla borraba los contornos y una llovizna golpeaba el techo de metal. El invierno se había vuelto más cruel. Definitivamente, el sol nos había abandonado, ya que la poca luz que teníamos era siempre gris y sucia.

Al alejarnos del centro, los comercios cerrados dieron paso a portales tapiados y carteles descoloridos. En cada parada descendían más pasajeros.

El barrio alegre de mi infancia era ahora una ciudad fantasma. Musgo y enredaderas cubrían los bloques; las raíces quebraban el asfalto y las ramas entraban por las ventanas rotas.

La gente se había apiñado en el centro, buscando refugio entre los muros de las casas antiguas. Los antiguos constructores sabían bien lo que hacían. En la periferia quedaban quienes no tenían adónde ir.

La última parada era la antigua base militar, un descampado de muros desconchados y alambradas oxidadas.

Estábamos solos en el vagón: ya casi nadie tenía como destino esa última parada.

El tranvía se detuvo con un quejido; el revisor apenas levantaba la vista cuando bajamos.

Al salir, nos recibió ese olor a tierra mojada y metal oxidado que solo se encontraba en los lugares olvidados.

Pelayo y yo seguimos el sendero de grava hacia el parque.

Cada paso nos llevaba a un mundo aún más oscuro.

Era un barrio desierto, al que nuestro invierno interminable había aniquilado.

Éramos dos almas perdidas vagando con la esperanza de encontrar alguna pista que alguien hubiera dejado para nosotros, en algún rincón de aquel lugar olvidado.

El silencio se rompía solo por nuestro caminar, el goteo constante de la llovizna y el graznido de unos cuervos que alzaban el vuelo a nuestra presencia. Pelayo, a mi lado, parecía incómodo. Se ajustaba el cuello del abrigo una y otra vez, y sus ojos, inquietos, barrían el paisaje desolado.

—Sargento —dijo al fin, atreviéndose a decir lo que yo ya sospechaba que pensaba—. ¿Está seguro de que esta dirección es correcta? No hay nada aquí. Solo… esto.

Señaló con un gesto vago los bloques y viviendas abandonadas, cubiertas de musgo y vegetación, que se perdían en el velo blanco que inundaba la ciudad.

—La información que tenemos es la que es —respondí, sin mirarlo—. Y si no hay nada, ya lo veremos.

—Pero… ¿un parque? ¿Para un almacén? No tiene sentido. Los almacenes están en los polígonos, no en zonas verdes.

Me detuve y lo miré.

—En este mundo, Losada, pocas cosas tienen el sentido que esperas. Los criminales no suelen seguir las reglas. Y cuando se esconden, lo hacen donde nadie los busca.

Pelayo frunció el ceño, pensativo.

—¿Cree que el muerto venía aquí a encontrarse con alguien? ¿O a dejar algo?

—Eso vamos a averiguar. —Retomé la marcha—. La nota habla de un almacén y de un acceso viejo. Este parque tuvo ambas cosas. Si no encontramos nada, podrás disfrutar diciendo que tenías razón.

El chico asintió, pero su mirada seguía siendo de duda.

—¿Y el verso? ¿Cree que es una clave?

—Todo es una clave, Losada. Hasta el silencio.

Pelayo se quedó callado, rumiando mis palabras. Sabía que no las entendía o aceptaba del todo, pero al menos no interrumpió mi ensimismamiento demasiado. Por el momento, eso era suficiente.

El sendero de grava se iba perdiendo entre charcos y raíces.

A lo lejos, las verjas oxidadas que rodeaban el parque apenas se distinguían entre la niebla y la maleza.

Nos acercamos a la entrada principal, pero la vegetación la había devorado: zarzas, ramas retorcidas y troncos caídos bloqueaban el paso.

El cartel de «Parque Infanta Elena» colgaba torcido y oxidado, cubierto de verdina y letras borradas por la humedad.

Intentamos rodear la valla, buscando algún acceso.

Las antiguas puertas laterales estaban igual o peor: candados oxidados, barro hasta los tobillos y un muro verde de plantas que se había empeñado en devorar cualquier rastro humano.

El parque, que en otro tiempo era un refugio, se había convertido en una fortaleza natural.

—No hay manera de entrar por aquí —murmuró Pelayo, apartando una rama que le arañaba la manga.

—El acceso viejo… —repetí en voz baja, recordando los veranos de mi infancia, cuando los trabajadores del parque entraban por una pequeña puerta peatonal, junto a una antigua caseta de electricidad.

Bordeamos la valla con el barro hasta los tobillos y la llovizna en la cara. Junto a la vieja caseta de electricidad distinguí una verja pequeña, medio oculta tras el tronco de un eucalipto. La puerta oxidada cedió después de varios empujones y dejó al descubierto un sendero cubierto de hojas.

—Por aquí —dije jadeando, y la voz me salió más baja de lo que esperaba.

Entramos por el «acceso viejo» que habían utilizado jardineros y operarios. Ahora quedaba localizar el almacén. Recordé los bajos de la colina junto al lago.

Dentro, el silencio era opresivo. Solo lo rompían el rumor de la lluvia sobre las copas, nuestros pasos y el aleteo de algunos córvidos que levantaron el vuelo al vernos. Gorriones y palomas casi habían desaparecido de la ciudad; los carroñeros, en cambio, habían aprendido a prosperar.

Caminamos despacio, atentos a cada sombra, a cada rincón de ese paisaje que nos aislaba del mundo. Avanzamos entre helechos y ramas. El parque se tragaba esa escasa luz gris y sucia que tanto odiaba. Pelayo tropezó con una raíz y maldijo en voz baja.

—Sargento, de verdad… —insistió, casi sin aliento—. ¿Qué espera encontrar aquí? Esto está muerto desde hace años. No entiendo qué sentido tiene buscar en un sitio así.

No respondí. Empezaba a arrepentirme de haberlo traído.

Seguí caminando, apartando las ramas con el antebrazo, los ojos fijos en la silueta borrosa de la colina que se alzaba en el centro del parque, justo frente al lago.

Recordaba bien ese lugar: cuando era niño, los operarios de mantenimiento entraban y salían por un acceso casi invisible, oculto entre los arbustos, bajo la ladera.

Allí estaban las oficinas, un refugio de hormigón y azulejos blancos, siempre frescos en verano y húmedos en invierno.

Pelayo seguía hablando, su voz cada vez más ansiosa.

—¿Y si no hay nada? ¿Y si esto es solo… un error? Estamos perdiendo el tiempo.

Me detuve un instante, girándome hacia él.

—Si quieres volver, vuelve. No necesito compañía para hacer mi trabajo.

Pelayo bajó la mirada, incómodo, pero no se movió.

—No, sargento. Solo… no entiendo.

—No tienes que entenderlo —respondí, la voz más dura de lo habitual—. Solo sígueme y mantente atento.

Reemprendí la marcha. Bajo la colina debían de seguir las antiguas oficinas. Si la pista apuntaba realmente al parque, el almacén estaría allí. Y, si no, habría seguido un recuerdo equivocado.

Cuando alcanzamos la colina, la encontramos cubierta de hierba alta y arbustos. El lago reflejaba la luz gris. Allí la maleza era menos densa: alguien había pisado la hierba, apartado ramas y despejado el acceso hacía poco.

Pelayo, a mi lado, no parecía notar nada extraño. Sus ojos recorrían el paisaje sin detenerse en lo importante, distraídos por la desolación y el frío.

—Por aquí —murmuré, señalando el acceso semienterrado en la ladera de la colina.

Nos acercamos despacio. Una puerta metálica con el marco oxidado cerraba el acceso.

Cedió con la fuerte sacudida que le di. Dentro, la penumbra lo envolvía todo.

Allí olía a hierro viejo y piedra mojada.

Pero al fondo pude distinguir una hilera de taquillas cubiertas de polvo y telarañas, numeradas con pintura blanca casi borrada.

Pasé la mano por los números hasta detenerme en el siete. Aquella taquilla estaba menos sucia que las demás y no tenía telarañas. Alguien la había utilizado hacía poco.

Sentí la mirada de Pelayo en la nuca, pero no dije nada. Saqué la pequeña llave de latón del bolsillo y la hice girar entre los dedos. El silencio era sepulcral, solo roto por el eco lejano de la lluvia sobre el lago.

Me detuve. La llave encajaba en la cerradura.

El corazón se me aceleró. No me había equivocado con la nota.

Pero con los dedos sobre la llave, pensé que quizá habría sido mejor equivocarme.