Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La ciudad aún no había despertado cuando entré en la consulta. Por debajo de la puerta se colaba una corriente gélida, pero dentro olía a café recién hecho y a madera caliente.

Allí el invierno dejaba de morder. El reloj de pared marcaba las siete y media, aunque en aquella sala el tiempo daba tregua.

Los psicólogos y psiquiatras habían dejado de ser un lujo del pasado.

Tras el Gran Apagón se convirtieron en el cabo al que aferrarse para resistir la desesperación: atendían a quienes habían perdido familiares, hogar, trabajo y hasta la identidad que habían construido detrás de una pantalla.

A las consultas llegaban supervivientes que todavía movían los dedos sobre dispositivos inexistentes.

Sin médicos como Lola, muchas personas no habrían soportado el derrumbe.

Ella, de pie tras el escritorio, lista para recibirme, revisaba unos informes que tenía sobre la mesa.

El pelo rubio, ondulado, le caía sobre los hombros de su chaqueta entallada, de un azul profundo.

Los labios, siempre con carmín rojo, dibujaban una línea sutil.

Los ojos verdes, atentos, se alzaban hacia mí con una mezcla de curiosidad y algo que nunca me atreví a nombrar.

Tenía una elegancia natural impropia de la época que vivíamos.

Siempre estaba en consulta antes de abrir para poder atender a quien lo necesitaba de urgencia.

—Llegas pronto, Ángel —dijo con una serenidad necesaria para mí—. Acabo de hacer café. ¿Te apetece?

—Te lo agradezco. No he dormido mucho hoy —respondí, mientras me quitaba el sombrero y lo dejaba sobre la silla.

Me senté frente a ella y, como siempre, lograba que se me olvidaran los cadáveres, consiguiendo que algo en mí se despejara. Ese café, allí, con ella, me animaba a afrontar el día.

Al principio, acudir a consulta me parecía una pérdida de tiempo: una exigencia del Cuerpo. Ellos justificaban el protocolo, yo firmaba y todos seguíamos con nuestras vidas. Con el tiempo, la rutina se convirtió en costumbre. Y ella, en una necesidad.

Se llamaba Lola O’Donnell. Tenía mi edad o quizá un par de años menos; nunca se lo había preguntado; aún creo en el trato cortés a las mujeres.

Era psiquiatra y especialista en psicopatología forense.

Cuando me quedaba sin ideas o sin fuerzas, acudía a verla.

No para que resolviera mis casos, sino porque ordenaba las preguntas de una forma distinta.

Por todo ello me encantaba visitarla, a pesar de que a veces, cuando me miraba, sentía que me desarmaba con los ojos.

Nunca le había pedido una cita. Ni siquiera un café fuera de este despacho. No por falta de ganas, sino por miedo a perder lo único que me quedaba intacto: esa extraña complicidad, ese refugio.

—¿Qué te trae hoy por aquí? —preguntó, cruzando las piernas con elegancia.

—Un muerto. Y demasiadas preguntas.

Lola sonrió levemente y se inclinó sobre el escritorio. Sostenía un lápiz entre los dedos y esperó a que empezara.

—Cuéntame, Ángel. ¿Qué has visto esta vez?

Respiré hondo. No solía hablar demasiado, pero con ella las palabras salían con menos esfuerzo.

—Un chico joven, no más de veinticinco. Lo encontraron anoche en la plaza de Doña Elvira, en el centro, junto a la fuente.

Herida limpia, profunda, sin señales de defensa.

Fue rápido, por sorpresa. No llevaba documentación, solo una llave, una moneda antigua, una tarjeta extraña y dos papeles: uno con una dirección y otro con un verso.

El mismo verso que está tallado en la fuente.

Lola asintió, atenta.

—¿Crees que conocía a su asesino?

—No lo sé. No hay signos de lucha ni de miedo en la cara. Casi parecía dormido. Pero la herida… —Sacudí la cabeza—. No fue un robo. Hay algo más.

Ella anotaba algo en su libreta, con letra pequeña y ordenada.

—¿Qué te dice el verso?

—«Bajo la sombra de los naranjos duermen los secretos viejos» —repetí, casi en un susurro—.

Es un detalle, grabado en la piedra, que solo alguien que conozca bien la ciudad sabría encontrar.

Que se lo dejen al fallecido por escrito, en ese mismo lugar…

No sé si es una contraseña, una cita. O una advertencia.

Lola resopló, mientras apoyaba su espalda en el respaldo de la silla y miraba hacia arriba ordenando sus ideas.

—A veces un verso permite decir algo sin nombrarlo. ¿Quién podría saber que ese está inscrito al pie de la fuente?

—Vecinos antiguos, gente del barrio. O alguien que quiera dejar claro que sabe moverse por la ciudad sin ser visto.

—¿Y la tarjeta? —preguntó, girando el lápiz entre los dedos.

—No me suena de haberla visto antes. No es de banco ni de identificación. Tiene un símbolo raro: un hexágono atravesado por una línea. Y una secuencia de números y letras. —Me encogí de hombros—. No sé si es una llave, una firma o una amenaza.

Lola se quedó pensativa unos segundos.

—El símbolo puede ser muy importante aquí, más que algún nombre. ¿Has buscado si ese hexágono aparece en algún sitio? ¿Archivos antiguos, registros de empresas, marcas comerciales?

—Aún no —admití—. He estado demasiado ocupado esquivando a los vivos.

Ella sonrió. Y con esa sonrisa disolvía esa sensación de desarmarme con los ojos.

—No te obsesiones con lo que te falta, Ángel. A veces, los detalles de lo que ya tienes dicen mucho más. En ocasiones, lo que parece un adorno es la puerta de entrada a todo lo demás.

Asentí, guardando silencio. Me di cuenta de que, sin querer, empecé a relajar los hombros.

—¿Y tú? —pregunté, casi sin pensar—. ¿Alguna vez te has sentido perdida, que no sabes por dónde empezar?

Lola me miró, y en sus ojos verdes había algo que no sabía identificar, pero me sonaba a compasión.

—A veces, Ángel. Pero la mayoría de las veces, solo hay que seguir confiando en uno mismo. Y tener la certeza de que, al final, aparecerá una tabla con la que mantenernos a flote mientras naufragamos.

Me levanté despacio, recogiendo el sombrero. Mientras me ponía en pie, Lola dejó el lápiz sobre la mesa, me miró seria y, midiendo las palabras, me dijo:

—Ángel, solo con tu descripción no puedo afirmar demasiado. Pero una herida profunda y limpia, sin señales defensivas, no encaja bien con una pelea improvisada. Conviene considerar la posibilidad de que el agresor tuviera experiencia.

Me quedé quieto, analizando lo que me decía.

—¿Un profesional? A mí también me lo parece.

—O alguien que actuó con mucha frialdad. Los crímenes emocionales suelen dejar desorden, aunque no es una regla. Y la ausencia de miedo en el rostro no demuestra que conociera o desconociera a su agresor. No cierres ninguna posibilidad todavía.

Lola se inclinó hacia delante, bajando la voz:

—No te limites a los círculos habituales. El verso y los objetos indican que alguien quiso dejar un mensaje, aunque todavía no sabemos para quién. Averigua primero qué significan. Después podrás preguntarte quién debía entenderlos.

Asentí. El caso no era menos opaco, pero al menos sabía qué pregunta debía responder primero.

—Y ten cuidado. Cuando alguien deja pistas deliberadas, puede querer que nos perdamos en ellas.

Me despedí con una mirada de gratitud, sabiendo que, una vez más, Lola me insuflaba esa energía que necesitaba.

—Gracias por todo, Lola. Vendré a verte pronto.

—Aquí estaré —respondió.

Me acompañó hasta la puerta, y su sonrisa… hasta comisaría.

Aquel lugar nunca me había gustado. El aire estaba cargado de humedad, sudor y tabaco negro.

Había ceniza esparcida por el suelo y los escritorios.

Las máquinas de escribir repiqueteaban entre voces, pasos y puertas que no dejaban de abrirse.

Todo el mundo parecía tener algo urgente que hacer, aunque nadie sabía muy bien qué.

Tras el Gran Apagón, todos los cuerpos policiales habían acabado fusionados en la Guardia de la República, bajo una sola bandera y una sola consigna: control.

El Gobierno decidía quién podía encender una luz, y la Agencia Nacional de Control de Consumo auditaba hasta el último enchufe.

Hospitales, laboratorios y dependencias policiales tenían asignado un suministro que el resto de la población solo podía envidiar.

Pero incluso entre nosotros había categorías.

La escasa tecnología estaba reservada a los superiores: unos pocos teléfonos, ordenadores y terminales alimentados por la cuota energética del edificio. Para los demás quedaban el papel y las órdenes gritadas de mesa en mesa.

Caminaba por el pasillo, con el sombrero en la mano y la cabeza aún llena de las palabras de Lola. Al fondo, la luz tenue de la oficina de homicidios parpadeaba; al igual que el ánimo de los que trabajaban en ella.

Empujé la puerta y me encontré a Losada sentado ante mi mesa, ojeando el expediente con el ceño fruncido.

Al verme, Pelayo se incorporó de la silla, dejando el expediente abierto sobre la mesa.

A pesar de su juventud y su torpeza, Pelayo tenía unas ganas de trabajar y aprender envidiables, que ojalá nos perduraran a todos con el tiempo.

Sabía por experiencia que, a medida que uno acumula años en este oficio, esa motivación y esa amabilidad con el mundo suelen desgastarse, como el brillo de los zapatos tras demasiadas noches de guardia.

—¿Alguna novedad, Losada? —pregunté, colgando el abrigo y sentándome frente a él.

El chico repasó sus notas a toda prisa, intentando parecer seguro.

—He conseguido que cotejen la tarjeta en uno de los terminales, sargento. No aparece en los registros bancarios ni municipales. Parece que no existiera.

Asentí, sin perderle de vista.

—¿Y la dirección del papel?

—He preguntado a los agentes de patrulla. Nadie recuerda un almacén activo con ese nombre ni sabe a qué zona puede referirse.

—Bien —dije, confirmando mentalmente que no tenían información relevante para mí—. Prepárate, salimos en diez minutos.

Pelayo asintió, intentando disimular el alivio y la tensión, con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo, y salió a buscar su abrigo.

Lo miré de reojo, calibrando si su presencia sería más una ayuda o un estorbo.