CAPÍTULO 1 #2
Losada tomó la cámara con torpeza; el frío y los nervios podían con él.
En aquellos tiempos, hasta la fotografía era un lujo reservado para los casos graves.
El carrete era limitado y cada disparo contaba.
El clic mecánico resonó en la plaza y el flash blanqueó la niebla proyectando las sombras de los naranjos sobre las fachadas.
Yo me aparté un poco, dejando que el chico cumpliera con el protocolo. Prefería observar en silencio, buscando en los detalles lo que otros pasarían por alto.
Era torpe pero meticuloso. Mantuve las manos en los bolsillos y repasé lo que teníamos. Poco de lo que tirar y mucho por hallar.
En una de las esquinas de la plaza, la testigo esperaba, tal y como le habían indicado.
Se protegía del frío con un mantón andrajoso y miraba de reojo la escena, inquieta, temiendo que la noche se la tragara si se movía un centímetro.
No parecía tener prisa por hablar, pero tampoco por marcharse.
En aquel mundo, la curiosidad iba de la mano del miedo.
Me tomé un momento antes de acercarme. Prefería dejar que Losada terminara con las fotos y que la testigo observara, que sintiera el peso de la espera. A veces, el silencio y el tiempo eran las mejores armas para extraer la verdad. Me gustaba controlar los tiempos.
Caminé hacia la esquina. La señora esperaba, con las manos apretadas contra el pecho. Sus ojos, oscuros y hundidos, me seguían con una mezcla de miedo y curiosidad.
Me detuve a una distancia prudente. No quería asustarla más de lo necesario.
—Buenas noches. Soy el sargento Ángel —dije, mostrando la placa, aunque sabía que en aquellos tiempos el uniforme y los títulos ya no imponían respeto, solo hartazgo—. Gracias por esperar.
Ella asintió, sin soltar el mantón que la cubría. Su voz era baja, casi un susurro.
—No tengo costumbre de salir a estas horas, pero escuché un golpe… algo fuerte, como si alguien hubiera tirado algo pesado contra el suelo. Me asomé por la ventana y vi a un hombre tumbado, junto a la fuente. No vi a nadie más.
—¿Recuerda la hora?
—Serían sobre las seis y media de la tarde, más o menos.
—¿Vio a alguien huir? ¿Algún ruido, una voz, algo fuera de lo normal?
La mujer negó con la cabeza, mientras tiritaba del frío, apretándose más el mantón contra el cuerpo.
—No, señor. Solo el eco del sonido. Cuando miré por la ventana, me costó distinguir de qué se trataba, hasta que vi que era una persona tumbada. Al principio pensé en un borracho, esperé a ver si se levantaba, pero no lo hizo. Bajé cuando vi que no se movía.
—¿Conocía al muchacho? ¿Lo había visto antes por la plaza?
—No, nunca. Allí casi no pasaba nadie desde que había empezado el invierno. Y menos a esas horas.
La observé unos segundos, buscando una vacilación en los ojos o en la voz. No la encontré. Anoté sus palabras y agradecí su colaboración con un leve gesto.
—Si recuerda cualquier detalle, por pequeño que sea, avísenos. —Le tendí una tarjeta con el número de la comisaría, aunque sabía que probablemente no llamaría nunca.
Ella asintió de nuevo, y se alejó aprisa, perdiéndose entre la niebla y las sombras de la plaza.
Mientras esperábamos al juez, observé la escena clavándola en mi memoria.
El tiempo se estiraba hasta la eternidad.
Pelayo no soportaba igual la espera: se frotaba las manos y daba pequeños saltos para entrar en calor, y tenerlo tan cerca me ponía nervioso.
Pelayo aún no sabía que, a veces, lo único que podía hacer un investigador era esperar y observar.
Su inquietud empezaba a contagiarme. Una espera interminable para los dos, cada uno atrapado en su propio modo de soportar la noche.
Las campanas de la Giralda acababan de marcar las ocho cuando el juez cruzó la plaza, acompañado por dos funcionarios.
Era un hombre de mediana edad, rostro afilado y gesto impaciente, envuelto en un abrigo oscuro y una bufanda de lana.
Caminaba sin mirar a los lados, con la prisa de quien quería terminar y regresar a su despacho.
Me descubrí la cabeza y me acerqué con las manos fuera de los bolsillos. Conservaba la costumbre de tratar de usted a las personas, un formalismo cada vez menos frecuente y carente de valor, solo produce cansancio.
—Señoría, tenemos a un joven fallecido, varón, entre veinte y treinta años.
La muerte parece violenta, probablemente por una agresión.
No hay testigos directos, solo una vecina que escuchó un golpe sobre las seis y media de la tarde.
El cuerpo fue hallado junto a la fuente, sin documentación, con algunos objetos personales que ya hemos recogido.
El juez asintió, se agachó junto al cadáver y observó la mancha oscura que se extendía bajo el costado derecho. Fue dando indicaciones a sus acompañantes sobre lo que debían ir apuntando en sus folios. Aparté de nuevo el borde del abrigo con el bolígrafo y señalé la herida sin tocarla.
—Una herida limpia en el costado derecho, señoría.
Alguien sabía dónde hundir el arma sin hacer ruido.
Podría tratarse de un cuchillo largo o de una herramienta afilada.
No hemos encontrado el arma. El ataque fue directo y, por la ausencia de lesiones defensivas, probablemente inesperado. Quien lo hizo vino a matar.
El juez examinó el rostro del muchacho, la expresión serena y casi infantil, el contraste brutal con la violencia del ataque. Se incorporó y me miró, buscando en mi rostro alguna respuesta que no tenía.
—¿Sabemos quién es esta persona?
—Negativo, señoría. No llevaba documentación. Solo una llave pequeña, dos papeles —uno con una ubicación escrita a lápiz y otro con un verso—, una moneda antigua y una tarjeta de plástico sin identificar. Todo ha sido recogido como prueba.
El juez asintió de nuevo, con gesto grave.
—De acuerdo, procedan con el levantamiento del cadáver. Y que el forense examine la herida en detalle. Quiero el informe en mi despacho antes del amanecer.
—Así se hará, señoría.
Mientras preparaban el traslado, me aparté unos pasos. Observé la sangre entre los adoquines, el brillo apagado de la fuente y el color miel de los faroles sobre los azulejos.
La tarjeta seguía intrigándome. El hexágono atravesado por una línea no pertenecía a ningún banco, transporte o edificio municipal que yo conociera. Observé el relieve a través de la bolsa de pruebas.
El papel ofrecía un camino, aunque todavía impreciso: «Pulmón del Este, acceso viejo». Un almacén, quizá. Un lugar que alguien esperaba que pudiéramos reconocer.
Miré de reojo los bancos de azulejos, la fuente y el verso tallado. No podía ser casualidad. Quizá el muerto había venido aquí a encontrarse con alguien, o a dejar un mensaje. Quizá el verso era una contraseña, una señal para quien supiera mirar.
En la distancia, el sonido de un caballo relinchando y su jinete dando una orden se fundió en la espesura de la niebla, que engullía todo lo que se encontraba a su paso, ajena a la vida… y a la muerte.