Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El sonido de mis pasos sobre el empedrado resonaba a lo largo de las calles sevillanas, húmedas y estrechas: golpes secos y solitarios, amplificados por un eco que se disolvía en la espesura de la niebla.

Caminaba despacio, con las solapas del abrigo de lana subidas hasta el cuello y los hombros encogidos contra el frío. El sombrero me cubría la mirada, y la corbata, algo torcida, asomaba bajo el abrigo cerrado.

Entré en la plaza de Doña Elvira desde la calle Gloria y vi la escena en el centro. Me detuve ante el cadáver y encendí un cigarro con los dedos entumecidos. El vaho se mezcló con el humo mientras observaba el cuerpo y la ciudad expectante.

Recordaba el barrio de Santa Cruz como un hervidero: turistas disparando flashes y obligándonos a esquivarlos para no estropearles las fotografías, veladores atestados, cervezas heladas y el zumbido de los aires acondicionados expulsando calor a las aceras.

En esta plaza, años atrás, la gente rebosaba vida y guitarras. La calidez del aire permitía a los naranjos florecer con esplendor y compartir su olor a azahar. Azulejos, agua y una mezcla de colores vivos que la luz, entonces dorada día y noche, hacía parecer eterna. Ahora, todo eso había muerto.

La lámpara de aceite que me había facilitado mi ayudante proyectaba sombras alargadas sobre el suelo.

El cuerpo yacía junto a la fuente central, entre bancos de azulejos.

En la base de la piedra, desgastada por el agua y los años, sobrevivían los restos de un verso grabado a mano, apenas legible para quien no supiera dónde mirar:

«Bajo la sombra de los naranjos duermen los secretos viejos».

Me sorprendió la edad del fallecido: no era el tipo de muerto que uno esperaba encontrar en una noche como aquella.

No tendría más de veinticinco años. El rostro, sereno y casi infantil, contrastaba con la postura antinatural de las piernas y la mancha oscura que se extendía bajo el costado.

Un hilo de agua sucia corría desde la fuente, abriéndose paso entre la verdina y arrastrando restos de hojas y polvo hasta los zapatos del muerto.

La sangre había empapado la camisa y el abrigo, formando un charco oscuro bajo el costado derecho.

La herida era profunda, limpia, como hecha con un cuchillo largo o una herramienta afilada.

Me fijé en detalle en sus manos y brazos: no había señales de defensa.

El ataque había sido rápido, por sorpresa, y el agresor se había asegurado de que no quedara con vida.

Al agacharme, el frío me cortó la cara. A lo lejos, las campanas de la Giralda, con tremenda autoridad, parecían querer partir la ciudad silenciosa con su repique grave, que rebotaba entre los muros.

Dejé que aquel eco acompañara la inspección y acaricié con la yema de los dedos las letras desvaídas de la fuente.

Examiné la piel y vestimenta del fallecido: piel limpia y suave; uñas cortas; ropa cuidada. No parecía un vagabundo ni un trabajador de la calle.

A mi espalda, unos pasos interrumpieron la concentración. El agente joven deambulaba sin saber dónde colocarse, con la mirada baja y la carpeta estorbándole entre las manos. Pensé en la inutilidad de aquel objeto y en cómo los años enseñaban a llevar solo lo necesario.

—¿Quién lo ha encontrado? —pregunté, sin apartar la vista del cadáver.

—Una vecina, sargento. Dice que escuchó un golpe, pero no vio a nadie. —Su voz temblaba, mezcla de frío y nervios.

Me levanté y alcé la vista para fijarme en las ventanas que rodeaban la plaza. No pude evitar embriagarme con la estampa imponente que desde ese rincón me ofrecía la Giralda, con las campanas de su penacho balanceándose.

Vi persianas que se cerraban, cortinas agitadas y leves movimientos tras los cristales empañados. La curiosidad todavía podía más que el miedo, pero no durante mucho tiempo.

Sacudí la ceniza del cigarro mientras aún sentía el retumbe de las campanas. Saqué el bolígrafo y anoté los primeros detalles en mi libreta: letra firme, tinta azul sobre papel rugoso. El muerto no tenía prisa; ya había dicho cuanto podía.

Me arrodillé junto al cadáver y, con el bolígrafo todavía en la mano, aparté el borde del abrigo oscuro. El frío de la piedra me llegó directo atravesando la tela de mi pantalón.

Saqué un pañuelo limpio del bolsillo interior y lo doblé sobre los dedos.

Los guantes desechables eran un lujo reservado a hospitales y laboratorios; en la calle nos apañábamos con tela limpia y cuidado.

Registré los bolsillos, buscando algo que me contara quién había sido aquel muchacho antes de terminar allí.

En el bolsillo del abrigo encontré un papel doblado. Lo abrí con cuidado; la misma frase de la fuente, escrita con letra elegante y trazo cuidado:

«Bajo la sombra de los naranjos duermen los secretos viejos». No era casualidad. Solo alguien que conociera bien esta plaza —o su historia— sabría de la existencia de ese verso inscrito en el zócalo de la fuente.

En un bolsillo del pantalón encontré una llave de latón con el número «7» grabado a punzón. El joven no llevaba cartera ni documentación. La llave no parecía de una casa, sino de una taquilla o un candado. La típica que guarda más de lo que pesa.

Junto a la llave, un trozo de papel arrugado. Lo desplegué con cuidado: una frase escrita a lápiz, apenas legible: «Pulmón del Este, acceso viejo» y una palabra subrayada: «Almacén». Podría ser una ubicación.

En el mismo bolsillo, mis dedos tropezaron con una tarjeta de plástico opaco, sin logotipo ni nombre.

La examiné bajo la luz temblorosa de la lámpara.

No era una tarjeta bancaria, ni de transporte, ni de acceso a ningún edificio que reconociera.

Solo un símbolo geométrico en relieve —un hexágono atravesado por una línea— y una secuencia de números y letras grabadas a ciegas.

La giré sujetándola por los bordes con el pañuelo, buscando alguna pista, pero no me decía nada.

En el otro bolsillo, una moneda antigua, de las que ya no servían para nada, de las que nadie llevaba, con la cara de un rey que nadie recordaba. La giré entre los dedos, preguntándome si era un amuleto, una deuda o solo un resto de otro tiempo.

A veces, con lástima, pensaba que los muertos daban menos problemas que los vivos.

No mentían ni se defendían; solo tenían una versión que mostrar.

Dejaban lo que habían sido en unas pocas pertenencias: una llave, una dirección, una moneda inútil.

Unas pocas miserias entre los vivos. Piezas de una vida rota que a pocos interesaba.

Aquel chico no encajaba. Demasiado joven y limpio; un cuerpo fuera de lugar en una plaza donde la muerte solía vestir harapos y oler a vino barato.

Pero ninguno de aquellos objetos le devolvía un nombre. No tenía un nombre que buscar ni sabía a qué familia avisar. Como en casi todas las investigaciones, seguro que alguien se encargaba de dificultarnos el trabajo.

A mi alrededor sonaron varias persianas. Los curiosos, cansados de fisgonear, regresaban al calor de sus casas.

Me pregunté si alguien lo echaría de menos, si alguien buscaría su nombre en los listados de desaparecidos, o si sería solo otro cuerpo anónimo en una ciudad que se apagaba poco a poco, como todos.

Me incorporé, guardando cada pertenencia del fallecido en una bolsa de pruebas distinta. El frío me recordó que seguía vivo, aunque a veces no supiera para qué.

El agente joven me observaba. El vaho de su aliento se confundía con la niebla; no sabía si temblaba por el frío o por la cercanía del cadáver.

—¿Algún desaparecido en las últimas horas? —pregunté.

—Nada, sargento; no encaja con nadie.

El ayudante, un agente en prácticas, se mantenía a unos metros, con la carpeta apretada contra el pecho y los hombros encogidos, queriendo ser más pequeño.

O incluso desaparecer. Era joven, demasiado joven para estar allí, con la cara aún sin haber sufrido el castigo del frío ni la rutina.

Llevaba la ropa recién planchada, el pelo corto y la mirada inquieta, saltando de mis manos al cadáver y de vuelta a sus propios zapatos. Su aspecto delataba su inexperiencia.

No tenía más méritos que ser sobrino del coronel, mi superior.

Un favor, un enchufe, una sombra que lo precedería allá donde fuera.

La academia le había enseñado a recitar protocolos y a hacer preguntas sin sentido, pero no a leer el silencio de una plaza ni a distinguir el miedo real del nerviosismo de manual.

Nunca me había gustado trabajar en equipo.

Me obligaba a hablar más de la cuenta, a explicar lo que debería ser evidente y a soportar la impaciencia de quienes aún creían que todo se resolvía con prisa y buena voluntad.

Mucho menos me gustaba que me asignaran a un novato impulsivo solo porque llevaba un apellido importante.

El chico me observaba, esperando instrucciones, pero yo solo quería silencio. Silencio para pensar, para escuchar lo que el muerto me quería contar.

Le di la última calada al cigarro, saboreando el amargor, y lo lancé al suelo. Lo aplasté con la punta de mis oxford , viendo cómo la brasa se apagaba entre las juntas del adoquinado.

—Losada, ¿ya han avisado a la autoridad judicial? —pregunté, sin mirarlo.

El chico asintió, nervioso, y rebuscó en la carpeta.

—Sí, sargento. Están de camino.

—Bien. Haz unas fotos en detalle al cadáver. Que se vea la posición, las manos, la cara, la herida. —Le tendí la vieja cámara de carrete, pesada y fría, con el cuero gastado en los bordes—. Y no te olvides de la fuente y los bancos. Todo es importante.

—¿Busco huellas dactilares, mi sargento? —preguntó Losada con una ingenuidad que daba lástima. En ese momento lo miré a la cara por primera vez.

—¿Huellas dactilares en la piedra empapada? ¿Qué te han enseñado en la Academia, chaval? Olvida los putos libros; esto es la calle. La lluvia ya ha hecho su trabajo. Haz las fotos y recemos para que salgan enfocadas.