Azahar (Distopia 1) PRÓLOGO
3%
Azahar (Distopia 1)

Azahar (Distopia 1)

Por C. J. Saez

© inepub.com

PRÓLOGO

En un futuro no muy lejano… Invierno. Dieciocho horas.

«El frío aflora lo que el calor oculta. Lo esencial, por ejemplo».

Estoy sentado en una de las pocas terrazas que aún resisten.

Una cafetería de esas cuyo nombre nadie recuerda, sin florituras.

Algunas lámparas de gas sobre las mesas proyectan sombras sobre las tapas de madera manchadas por el tiempo.

Es difícil encontrar calefacción, ya solo nos queda resignación.

A mi alrededor, se aprecia una ciudad moribunda.

Las calles adoquinadas están húmedas por la escarcha.

El traqueteo de los tranvías se mezcla con el aliento de los caballos que tiran de carretas.

Los transeúntes avanzan deprisa, envueltos en abrigos pesados, bufandas de lana y guantes sin dedos.

Las bicicletas chirrían sobre el empedrado.

Ya no hay coches. Se avanza con paso lento mientras se suspira.

A esta hora, la poca claridad del día se ha desvanecido. La noche cae pronto en invierno. Sin alumbrado eléctrico ni pantallas, la oscuridad vuelve a ser lo que era: una interrupción natural de nuestras vidas.

Miro mi reloj de bolsillo. Las manecillas siguen marcando el tiempo como antiguamente. Es irónico: después de tanto avance y de tanto convencernos de que aquello era nuestro destino, tuvimos que aceptar que estábamos equivocados y que al final debíamos volver al principio.

Sujeto el vaso con ambas manos, buscando el calor que ya no se encuentra en las casas.

No es una taza: es un vaso de cristal, de los de siempre.

Cilíndrico, estrecho, con la base algo astillada.

El cristal ya no es transparente. Se ha vuelto casi opaco, cubierto por el tono blanquecino de décadas de limpieza con agua dura y jabón barato.

Pienso —y no es la primera vez— en cuántos cafés habrá sostenido ese mismo vaso. Cuántas manos lo habrán rodeado como ahora hago yo; cuántas vidas y despedidas habrán pasado sobre él.

El desgaste no está solo en lo que vemos; está en todos, incluso en mí.

Eso es lo que me gusta: la textura áspera, el peso exacto, el calor que se siente más real en el cristal que en la porcelana.

En una taza fría y pulida no sabe igual.

Se pierde la imperfección, ese sabor más humano.

O tal vez soy yo quien necesita aferrarse a esos matices para creer que aún queda algo auténtico en el mundo.

Aquí todo ha vuelto a su lugar. No hay ni prisa ni música. Solo lo esencial, frío y a sobrevivir.

Yo nací cuando aún había centros comerciales, redes sociales, turismo, ruido y prisa.

Vi a todos correr de un lado a otro. Pensaban que algo los esperaba al final del día.

Creo que nadie sabía qué, únicamente que debían llegar antes que los demás.

Terminamos caminando con la cabeza gacha, mirando pantallas, convencidos de que aquel era el futuro.

Y entonces ese progreso se convirtió en apagón.

El primer día, mientras patrullaba, los ciudadanos se acercaban a la ventanilla del coche para preguntarnos si todo el barrio se había quedado sin luz.

Los viejos transistores confirmaron después lo impensable: España entera estaba sin corriente.

«Ya se solucionará», repetían. Pero pasaron las horas y comprendimos nuestra patética vulnerabilidad.

Los ancianos se asfixiaban en sus camas sin respiradores; nos pasamos la madrugada llevando botellas de oxígeno desde los hospitales.

Desde las pedanías avisaban: les quedaban tres horas.

Luego dos. Después, apenas una. Cuando la red regresó al día siguiente, fingimos que todo había sido una pesadilla. Creímos en los que lo debían controlar.

Después llegó otro susto. Uno de esos cortes que aparecían en las noticias: «Apagón masivo en el sur de Europa». A la semana volvió. Más tarde llegó otro y después otro más. Hasta que se hizo costumbre y nuestro modo de vida.

Recuerdo el día en que cerraron los servidores. Los bancos fueron cerrando paulatinamente. Las redes sociales colapsaron en silencio. El mundo se desconectó y nadie supo a quién llamar para que lo arreglara.

Al poco, los disturbios se sucedieron en cascada.

Los supermercados se vaciaron y la gente comprendió que las tarjetas de crédito eran trozos de plástico inútiles.

Las calles de Sevilla se llenaron de barricadas; el instinto de supervivencia barrió siglos de civilización en cuestión de semanas.

Vi a ejecutivos pelearse a puñetazos por un saco de carbón o una lata de conservas.

Los libros, ignorados durante años en favor de las pantallas, se convirtieron en un bien precioso: algunos enseñaban a cultivar la tierra o curar una herida; la mayoría acabó alimentando el fuego.

Habíamos delegado tanto conocimiento en las máquinas que, cuando enmudecieron, descubrimos que apenas sabíamos hacer nada con nuestras manos.

La ignorancia nos abofeteó sin que la viéramos venir.

El Gobierno creó zonas energéticas prioritarias.

Las casas se helaron, las escuelas se quedaron sin vida y las familias…

volaron. Volvimos a escribir con pluma, a cocinar y a calentarnos con leña y gas, a vivir con lo justo.

Se reparaba y se cultivaba. Por fin todo se cuidaba.

Algunos se suicidaron y el resto simplemente desapareció.

Yo supongo que me quedé. Como todos los que no supimos adónde ir, creemos que estamos aquí.

Para seguir haciendo mi trabajo, al servicio de la ley. Aunque esto que hago no se parece a lo que uno imagina cuando oye esa palabra.

En la nueva Sevilla, los criminales que perseguimos rara vez llevan corbata. Casi todos visten harapos. O fingen ser invisibles. Los delitos son distintos: robo de leña y comida, prostitución energética, tráfico de medicamentos…

Pero nos sigue acompañando la única certeza que tenemos: la muerte.

Cuando las personas mueren, alguien tiene que preguntar por qué. Y a veces, ese alguien soy yo.

Algunos me llaman sargento. Otros, detective.

Yo prefiero que me llamen Ángel. Ese es mi nombre: Ángel Vega.

Lo que hago ya no es por vocación. Es por necesidad. Aunque no más necesario que un café caliente, nuestros abrigos de lana o esas llamas frente a mí.

Porque en este mundo apagado hasta una brasa puede marcar la diferencia. No me considero especial, pero intento ser el rescoldo que mantiene la brasa entre tantas cenizas.

Al otro lado de la calle, un caballo relincha y resbala sobre los adoquines mojados.

El cochero lo sujeta con calma. Los cascos golpean rítmicamente.

Es el nuevo latir de la ciudad. Un niño de unos seis años lo señala con los ojos abiertos.

Para él debe de ser una de las cosas más espectaculares que ha visto.

Un tranvía se acerca chirriando por la curva del Arquillo del Ayuntamiento. Sus faros atraviesan una calle apenas iluminada por unos cuantos faroles de gas. Dentro, los pasajeros viajan en silencio. Abrigados y pálidos. Una visión espectral.

Una pareja pasa en bicicleta. Él pedalea; ella va sentada sobre el portaequipajes llevando una cesta con pan en tela y unas verduras envueltas en papel de estraza. Cruzan sin mirarme. Nadie mira demasiado a nadie desde hace años.

El camarero ya me conoce. Viejo, con las manos agrietadas por el frío y el trabajo.

Cada tarde, al verme llegar con el abrigo de paño y el sombrero bajo, me dedica un leve movimiento de cabeza.

No es cortesía ni saludo. Una costumbre, una rutina con la que nos reconfortamos discretamente en nuestra desesperanza.

Nadie habla demasiado. El frío encoge a todos.

Cuando me siento en este rincón, con Sevilla frente a mí y un vaso de café entre las manos, el tiempo se detiene. Es mi evasión, mi refugio.

Entre niebla y faroles, el ambiente parece guardar en su memoria el olor a azahar: apenas un hilo de dulzor que resiste al invierno.

Cuando vuelvo a mirar el reloj, las manecillas se acercan a las siete. He dejado pasar casi una hora entre recuerdos.

Advierto que un joven uniformado se acerca desde la esquina. Lleva los pantalones manchados de barro seco y una carpeta bajo el brazo. Aminora el paso al llegar a mi altura. Me busca. Se detiene frente a mí y se descubre la cabeza. Tiene los labios amoratados por el frío.

—Sargento… Soy su nuevo ayudante. Me llamo Pelayo Losada. Me dijeron que podía encontrarlo aquí.

Ya me habían avisado de que me asignarían un nuevo ayudante. Aunque siempre he sido reticente a trabajar con alguien, esta vez se trataba de una imposición.

—Sabía que vendrías, Pelayo. Dime qué necesitas.

—Tenemos un cadáver, sargento.

No respondo de inmediato. Suspiro dejando escapar un poco de resignación. Se acabó mi momento de paz. Apuro el café, dejo el vaso sobre el platillo y escucho el chisporroteo de la lámpara de gas.

—¿Dónde?

—En la plaza de Doña Elvira. Junto a la fuente, bajo los naranjos.

Asiento. Me pongo el sombrero. Siento el crujido de la espalda al moverme. Estoy cansado, pero eso ya no importa. Vivimos en un mundo sin luz, que se apagó y no pudimos hacer nada. Lo único que nos queda por hacer… es sobrevivir entre sus sombras.

Y aquella noche —la noche de los naranjos— empezó todo: mi verdadera historia.