Ay Dios, es un Nerd 50.
98%

50.

Pasamos el resto de la tarde y noche en mi cama y solo nos levantamos para recibir las pizzas que habíamos pedido.

Estábamos descansando, tumbados el uno junto al otro. Metí mi cabeza bajo su brazo y me apoyé en su hombro. Él me miró con humor:

—¿Parece que al final sí somos compatibles?

Se rió. Yo acerqué la nariz a su pecho y lo abracé con fuerza.

—Por cierto —le dije al cabo de un rato—, han pasado cosas que me han hecho replantearme todo.

—¿Te refieres a ti y a mí?

—Bueno, sí. Pero no era eso de lo que iba a hablar —tomé aire antes de decir lo que tenía en mente—. Tengo una idea, pero conlleva dejar Nueva York y tengo que serte sincera: no me veo haciendo esto sola.

Brad no respondió. Yo todavía no podía articular mi plan exactamente. Iba a comenzar a explicarlo cuando él habló:

—Está bien.

—Eh, ¿pero todavía no te he dicho lo que quiero hacer?

—No importa. Vámonos juntos de aquí, Brenda.

—Escúchame; hablo en serio. Voy a necesitar que me ayudes a darle sentido a lo que quiero hacer. También a encontrarme a mí misma. Siento que estoy saliendo de un ciclo. Voy a tener que renunciar a mucho.

—Vale. Yo también hablo en serio. Esto no ocurre por casualidad. Quiero estar contigo y verlo. El destino nos ha reservado esto para nosotros.

—¿Y si todo fuera una gran casualidad? En vez del destino, ¿y si fuera como una lotería?

—En ese caso, ¿qué suerte, no? ¡Jackpot!

Brad bajó los ojos y sonrió.

—¿Otra vez?

—¡Sí!