49.
Regresé a Nueva York un par de días después. Por suerte coincidía con el fin de semana, por lo que no tendría que ir a trabajar al día siguiente. Estaba segura de que el trabajo sería un caos en mi ausencia.
Después de dejar mis cosas fui a casa de Brad. Toqué en su puerta, pero no respondió. No se oía nada; parecía estar fuera.
Salí a la calle. Una parte de mí creía que podía encontrarlo en medio de esta gran ciudad.
Me dirigí a Central Park. Estuve dando vueltas por los caminos que ambos frecuentamos.
Junto a los estanques. Cerca del museo. No había ni rastro de él.
Una voz en mi cabeza empezó a sugerir que quizás estaba en casa de Pearl, pero la acallé rápidamente.
No, él no era así; me había dicho que no había pasado nada.
Empezaba a hacer más frío ahora que el sol se había escondido tras los rascacielos. Pronto el atardecer dejó paso a un suave crepúsculo. Es una hora melancólica en la ciudad. Las personas vuelven a casa para cenar.
Volvía por el camino del parque cuando me pareció ver a Brad. Era él, caminando a unos metros de distancia. Lo llamé.
—¡Brad!
Se giró algo sobresaltado y se quedó quieto. Avancé hacia él.
Tenía el rostro triste. Tenía la decepción escrita en los ojos. Me imaginé que todavía era muy fresco lo que había pasado el otro día.
—Brenda, pensé que estabas fuera. Quiero decir, no sabía si te había pasado algo.
—Tuve que salir. Estuve en Nebraska.
—¿Con tu padre?
—Sí.
Nos quedamos en silencio. Él parecía incómodo. Faltaban palabras que tenían que haber sido dichas. Miradas, gestos. Sentí las yemas de mis dedos en el aire.
Sin darme cuenta salté para abrazarlo. No me importaba que me rechazase o que la gente de esta ciudad loca se me quedase mirando. De algún modo él estaba esperándome. Él se lanzó a la vez que yo a sus brazos.
Nos abrazamos al mismo tiempo. Nos quedamos un rato entrelazados, sin decir nada.
—Lo siento —me dijo.
—Yo también lo siento —dije sin contener mis lágrimas—. Todo este tiempo he estado dando vueltas. Equivocada. Yo…
—A mí me duele no poder cambiar, de no poder ser de otra manera. Para ser compatible, para no discutir.
—¿Qué estás diciendo? Qué tontería.
—¿Qué puedo hacer? —me cogió de los hombros y me miró a los ojos—. ¿Puedes aceptarme tal como soy?
—¡Pues claro! ¡Yo te quiero tal como eres!
Nos dimos un beso largo y dulce, ajenos a la multitud de personas que caminaban a nuestro alrededor.