48.
Mientras regresaba a casa de mi padre en coche, un brillo me llamó la atención desde la carretera. Reduje la velocidad y paré antes de entrar en un desvío. No estaba segura de seguir esa intuición. Saqué una moneda que mi padre tenía junto a la palanca.
—Cara, tuerzo para el desvío. Cruz, sigo mi camino.
Hice saltar la moneda y la atrapé al vuelo. Lentamente abrí la mano.
Cara.
La carretera era de tierra y las piedras saltaban al paso del coche. Estaba levantando una nube de polvo. Espero que Papá no se enfade si el coche se ensucia.
Recordé el camino de repente. Intuitivamente me había metido en una carretera que conducía a un lugar que yo conocía de pequeña.
Cuando me pareció que había llegado, paré el coche. Salí y me quedé quieta. Había unos árboles frondosos que se mecían al viento. Empezaba ya a hacer más frío. Las luces del atardecer se reflejaban en las nubes de polvo del horizonte, dándole a todo el paisaje un aire tornasolado.
El brillo que había visto desde la carretera principal se correspondía con un estanque pequeño que había bajando una suave colina. Se sentía familiar, aunque no podía recordar con certeza. El agua era limpia y poco profunda. Cuando me aproximé pude ver mi reflejo. Estuve en silencio unos minutos.
—¿Quién soy yo? —pronuncié en voz alta.
El estanque me devolvió la misma imagen, por toda respuesta.
Suspiré. Era como si estuviera tratando de descifrar un sueño.
Sentí que había venido a Nebraska con la esperanza de averiguar o entender algo, pero el sentido aún se me escapaba.
Era aún un enigma al que no podía poner nombre ni describir con palabras.
Ni siquiera sé quién soy, ¿cómo puedo decir que soy diferente o compatible con otra persona?