47.
Al día siguiente le pedí prestado el coche a mi padre.
Conduje unos veinte minutos por una carretera rural, entre campos de cultivo, algunos bosques y grandes llanuras.
Llegué a una pequeña propiedad rodeada de campos.
La casa estaba aislada y era de madera, más pequeña que la de mi padre.
Tenía un gran porche en la fachada principal, en el que estaban suspensas macetas y cestas colgadas con plantas y flores, igual que en las amplias escaleras.
Me quité las gafas de sol al salir del coche para secarme la transpiración de mi cara. La mañana se sentía sofocante. Era uno de aquellos días resultado del calentamiento climático, uno de aquellos fenómenos meteorológicos de primavera en los que la temperatura era de verano.
Oí los ruidos de unos niños mientras avanzaba por las escaleras del porche. Justo cuando iba a tocar en la puerta, esta se abrió y me encontré a mi amiga Tessa, mucho más mayor que hace trece años.
—¡Brenda! ¡No me lo puedo creer! —dijo dándome un abrazo—. Mírate, estás radiante.
—Hola, Tessa. Me alegro de verte.
—Pasa por favor… espera… —Tessa se escabulló dentro. Un niño había comenzado a llorar—. ¡Pasa, Brenda, pasa!
Crucé un salón con cocina que daba a unas escaleras y salí al patio de detrás, que era precedido por un porche que venía de la parte delantera de la casa, dando la vuelta al edificio.
Una mesa con sillas se encontraba en la sombra de este porche, junto a una cuna.
Bajando las escaleras de madera, llenas de juguetes, se extendían un par de árboles y un campo enorme.
Un niño de unos cuatro años estaba sentado en el borde del porche, comiendo una naranja.
Tessa estaba junto a la cuna. Como no podía calmarlo, sacó el bebé y lo puso en su regazo.
—Brenda, siéntate aquí. ¿Quieres beber algo?
—Sí, gracias. Cualquier cosa está bien. Puedo beber de ese té.
—¡Las hojas de hierbabuena que lleva son de cosecha propia! En fin… ¡Cuánto tiempo! —Tessa sonrió. Su cara parecía cansada y se le marcaban algunas arrugas, sin embargo me di cuenta de que estas se correspondían con su sonrisa; eran marcas de expresión por haber reído y sonreído mucho.
—Pues sí, ¿han sido doce, trece años? Desde que fui para la universidad. ¿Cómo estás?
—¡Estoy bien! Han pasado muchas cosas. Casi una vida.
¿Por dónde empezar? Mira a este pequeño de aquí.
Edgar, saluda —el bebé giró sus grandes ojos azules hacia mí y después se concentró en su puño—.
Tiene seis meses. Allí en las escaleras está Nate, que va a cumplir cuatro años la semana que viene. ¡Nate, ven aquí!
Nate ignoró la llamada de su madre y se fue al suelo a jugar con los bichos.
—Y luego está Shana, que tiene siete años y está ahora mismo en la escuela.
—Guau, tienes una familia preciosa. No imaginaba que te hubieran pasado tantas cosas en este tiempo —respondí.
—Ya ves. Pero hay años en los que no pasa nada y otros en los que pasa todo —rió—. A mi marido Arnold tampoco lo verás hoy. Está trabajando fuera y vendrá esta noche. No es fácil, como ves, cuidar a estos tres. Arnold ayuda por las noches al menos. Aún así no es fácil.
—Parece un sitio ideal para que los niños crezcan. Tu casa es muy bonita y muy bien arreglada.
—¡Gracias! Le pongo empeño. La compramos hace tres años. No es muy grande para los estándares americanos, pero los campos que ves ahí también son nuestros. Pero dejemos de hablar de mí y hablemos de ti. Tu padre me contó de ti. ¿Vives en Nueva York?
—Sí, así es. Trabajo para una gran empresa. Alquilo un apartamento enfrente de Central Park.
—Parece una vida de película. ¡Sabía que tú llegarías lejos!
—Yo siempre te escuchaba a ti, cuando éramos pequeñas —recordé con una sonrisa—. Nos maquillábamos durante horas y yo escuchaba tus consejos.
—¡Ya ves que me debes parte de tu éxito entonces! —rió demasiado fuerte y el niño se asustó. Tuvo que empezar a mecerlo para calmarlo.
—Es... curioso. Quiero decir, a mí me parece que tú has conseguido el éxito —reconocí con franqueza.
—Bueno, Brenda, la vida aquí es de otra manera. Desde luego es barato. Pero falta el dinero y estamos siempre tapando agujeros. Si se le puede llamar éxito a esto…
—No veo por qué no. Pareces... feliz.
—¡Y soy feliz! Pero incluso así no es fácil, como te decía. Después del instituto comencé con trabajos locales. Supermercados, bares, a veces sirviendo, otras limpiando. No puede decirse que tenga una carrera en sí. He hecho de todo. Ahora cuido de este pequeño, pero luego volveré.
Tessa hizo una pausa y bebió de su taza. Una brisa atravesó el porche.
—Creo que pude sacar fuerzas por mis hijos. Por mi familia. Pero no siempre fue tan simple. Mi hija Shana no es de Arnold. Su padre desapareció. No tuve un gran apoyo de mis padres tampoco.
—Entiendo.
—¿Y tú? ¿Te casaste? ¿Estás con alguien?
—Vivo sola de momento. Es complicado, con un trabajo que pide tanto. Y Nueva York no es una ciudad fácil. Todo el mundo está ocupado o viene con una intención.
—Qué chasco. Pensé que sería como un capítulo de Friends .
—No es así. Es una ciudad maravillosa, sí.
Pero también tiene todas las cosas que tienen todas las demás.
Te acostumbras rápido. En cuanto a mí, sin duda disfruto de una libertad, de una independencia que muchos desean.
Pero no lo es todo. Soy totalmente consciente de que muchas personas opinan de forma diferente de lo que es vivir allí, pero se quejarán por otra cosa, al fin y al cabo.
Quizá las personas nunca están contentas.
—Sí. Mira a mis hijos —dijo mirando al pequeño Edgar—. Los bebés son muy gruñones, pero se sienten felices con cosas muy simples. Mis hijos me enseñaron esto. ¿Quieres cogerlo?
—Creo que nunca he cogido un bebé.
—Es fácil. Él confía en ti.
Puso a Edgar en mi regazo. Era muy blandito. Tenía que sujetarlo con mis manos para que no se cayera. Una pequeña sonrisa se dibujó en su cara.
—¡Creo que le gustas!
Miré a lo lejos e inspiré el aire cálido del campo. En dos segundos estornudé.
—¡Oye, ya ves que no todo es bueno aquí! Hay mucho polen y enseguida agarras una alergia —dijo Tessa riéndose.