46.
—Brenda, pequeña, a comer.
—Disculpa, Papá.
—Puedes dormir más luego.
Nos sentamos a la mesa. El día era luminoso y la luz entraba en el comedor filtrada por unas cortinas ligeras amarillas.
—¿Qué te parece? —dijo Papá mostrándome una botella de vino como si fuera un niño—. Tengo vino de importación. La Mancha .
—Oh, está bien. Puedes abrirla.
Empezamos a comer en silencio.
—Papá, me quieren ascender en el trabajo —informé, sin mucha emoción en mi voz.
—¡Eso es fantástico! Veo que vas a ser como tu madre. De aquí a unos años al consejo de dirección de la empresa —estaba entusiasmado—. ¿Cuál es el puesto?
—Es un cargo nuevo, una especie de Sales Manager .
—Suena a que va a ser un gran salto para ti.
—No sé si es la opción correcta.
—¿Qué quieres decir? ¿Es por lo que venías hablando en el coche?
—Puede. Han pasado cosas… El vino es bueno —hice una pausa tras beber—. Papá, ¿puedo preguntarte algo? ¿Qué pasó con Mamá y tú para que os divorciárais?
La mirada de Papá se volvió un poco sombría por la pregunta, pero aún estaba mezclada en ella su afabilidad.
—Es complicado, pequeña. En aquel momento yo quería una cosa y tu madre quería otra.
Posiblemente su ascenso en su empresa marcó una influencia importante, pero no puedo señalarlo como la causa principal.
Mucha gente va a decir que las cosas cambian y que no somos nunca iguales, pero decir eso es una platitud, es decir, una nadería —mi padre, como antiguo periodista, siempre buscaba expresarse con precisión—, sobre todo cuando muchos matrimonios sí perduran. ¿Te estoy aburriendo?
—No, te estoy escuchando. Puedes continuar. Nunca hemos hablado de esto.
—Es más complejo de lo que parece, porque por otro lado puedes observar a muchas parejas antes de la separación y parecen estar bien. Desde fuera. Nunca puedes saber lo que pasa dentro.
—Sí, yo también me he dado cuenta. Es un misterio por qué terminan a veces.
—Por mi parte, yo también tengo mi culpa —siguió—. Es algo que he aceptado con los años y ahora estoy en paz. Solo llegué ahí cuando me enfrenté a una parte de mí mismo.
—Me pregunto si Mamá se sentirá también así.
—Después de que me hirieran en la pierna, todo cambió.
Yo mismo cambié —continuó Papá, reclinándose hacia atrás en la silla—.
Pero quién sabe si las cosas que precipitaron la ruptura no estaban ahí desde el principio, a la espera de germinar en cuanto cambiase el contexto en el que nos encontrábamos.
—¿Te refieres a que erais demasiado distintos desde el principio?
—Por supuesto, teníamos nuestras diferencias. Pero esa es solo una parte de lo que es. Se tarda una vida en ver lo que es, en realidad.
—Las personas son tan diferentes —suspiré— que no entiendo cómo pueden existir las relaciones que funcionan. Con una probabilidad tan baja de encontrar a alguien igual, quiero decir, como yo.
—Brenda, el ejemplo de tu madre y el mío, pese a ser el más cercano, quizás no representa tu experiencia.
No debería, porque tú eres diferente de nosotros dos —mi padre se dio cuenta de que me había puesto muy seria—.
No tomes lo que te he dicho al pie de la letra.
No se puede hacer un manual de cómo tienen que ser las cosas porque, ¿quién está cualificado para eso?
—Pero si tengo que hablar de lo que yo he vivido o he visto, es la conclusión que saco. Los opuestos no se atraen.
—Quizá algunas personas logran complementarse siendo opuestos. Equilibran una parte de ti. Pero considerar que hay un opuesto a ti es pensar el mundo en blanco y negro. No hay nadie que sea tu contrario, igual que no hay nadie igual a ti.
—Entonces ¿de qué se trata al final? ¿De cubrir mis debilidades con las fortalezas de otra persona? ¿Eso es complementarse?
—Es estar en armonía. Es algo natural, después de todo. No debería haber mucho esfuerzo.
—Pero ¿qué pasa si uno de los dos hace algo horrible?
—Define horrible.
—Quise decir imperdonable.
—Si es imperdonable, entonces no se puede perdonar. Pero que sea imperdonable o no, eso lo decide solo uno de los dos. Al principio esas cosas pasan. Todo es una prueba para ver si funcionáis.
—Parece como si supieras de lo que estoy hablando —dije mientras acariciaba el vidrio de la copa con mi mano.
—Claro que tengo mis propios puntos de referencia, pero desde luego no nací ayer —respondió Papá con una sonrisa, adivinando que hablaba de Brad.
—¿Y en caso de que no funcionemos?
—Pues no siempre funciona. Pero existen compromisos que pueden hacerse a largo plazo. Amor omnia vincit . El amor lo vence todo, como dijeron los antiguos.
—Creo que te gustaría conocerlo.
—Otra vez lo traes, entonces —apuró la copa.
—Aún tengo que arreglar las cosas con él. O ver si se puede arreglar —tomé aire mientras miraba a mi padre—. Está todo bien.
Papá comenzó a recoger los platos de la mesa.
—Ah, Brenda, por cierto. ¿A que no sabes a quién vi el otro día en el supermercado? A tu amiga Tessa. ¿Te acuerdas de ella? Tengo el recuerdo de las dos pasando la tarde maquillándoos frente al espejo del cuarto de baño. Me dio recuerdos para ti. ¿Sigues en contacto con ella?
—No. La verdad es que después del instituto nos distanciamos… ¿Pero ella todavía vive aquí en Gretna?
—Creo que sí.
Miré hacia la ventana. El sol teñía la tarde con rayos dorados. Del patio de la casa del vecino se escuchaban voces de niños jugando.
—Puede que la llame —pensé en voz alta.