45.
Llegué al aeropuerto de LaGuardia a las seis de la mañana para coger el primer vuelo que había disponible hacia Omaha, Nebraska. Tras pasar el control me senté en una butaca de la zona de espera y llamé a Tim. Creo que ya estaría despierto.
—Hola, Tim. Buenos días.
—¿Brenda? —su voz sonaba sin sueño alguno. A veces empezaba a trabajar desde casa—. ¿Está todo bien?
—Oh, Tim, verás. Voy a tener que pasar unos días fuera… No son vacaciones.
—¿Qué? ¿Vas a usar la baja médica? ¿Estás bien?
—No, bueno, yo… Necesito ir a ver a mi padre, Tim. Estoy a punto de coger un avión para Omaha.
No podía mentirle a Tim. Prefiero lidiar con las consecuencias más tarde.
—Pero… —hizo una pausa—. ¡Ok! Brenda, no te preocupes. Está todo bien. Ya me invento yo algo. ¿Salió bien el meeting con Lasalle?
Es verdad. Con todo lo que pasó se me olvidó completamente este ascenso.
—Sí. Ya te cuento. Hablaré con él más tarde. Le mando un email hoy y que se dé por avisado de mi ausencia con eso.
—¿Pero y la promoción? —de algún modo él lo sabía.
—Ahora no puedo pensar en eso, Tim. De verdad.
—Ok, ya hablaremos. ¡Cuídate, Brenda!
—Miau.
A través de una rejilla, miré a Wink, agazapado dentro de su maleta de viaje.
Los viajes no le gustaban, pero no le quería pedir a Brad que cuidase de él después de lo que había pasado.
Nunca lo había visto tan enfadado. Yo quería tener tiempo de asimilar lo ocurrido.
Si lo que había dicho Brad era cierto, y creo que es cierto porque confío en él, nunca llegó a pasar nada con Pearl en su dormitorio.
Respecto a Brad de Finance, salió corriendo y no me dijo nada más.
Estoy segura de que nunca volverá a hablarme y hará como si nada hubiera pasado.
Fue un error garrafal mandarle esos mensajes.
Es más, no sé por qué me he forzado a que suceda algo con él.
Nada bueno podía salir de una situación en la que me obligo a gustar de alguien.
Y Brad… no sé si volveré a caminar junto a él, a abrazarlo o simplemente tenerlo cerca. El pensamiento me hizo cerrar los ojos. Quería que nada de esto hubiera pasado.
Durante las tres horas y media de vuelo me enfrasqué en estos pensamientos. Suspiré. Voy a casa. Necesito entender algo allí.
Papá me estaba esperando en el parking del aeropuerto. Me dio un gran abrazo y un beso. Con las maletas ya dentro empezamos un corto viaje hacia Gretna. Por el camino vi las grandes llanuras de mi infancia, las cuales me despertaron numerosos recuerdos.
—Pequeña, ¿cómo estás? —me preguntó mientras conducía.
—Oh, bien.
—Pareces cansada. ¿Está todo bien?
—Sí. Es solo…
—¿El ascensor, eh? ¡Por eso no podemos confiar en las máquinas! —exclamó con humor.
—Ya ves, Papá. Debería usar más las escaleras.
—¿Y tu gato, cómo está?
—Oh, Wink está bien. Solamente echa de menos estirar las patas. Se estresó un poco al aterrizar… Papá, estoy muy cansada. De todo. Me he venido aquí diciendo que tengo algo personal que resolver esta semana. Avisé al trabajo. Pero me cansa Nueva York, me cansa todo.
—Pequeña, está bien. Te echas luego una siesta. Para comer, Papá va a poner un pollo en el horno.
La casa donde vive mi padre es bonita. Con dos alturas, fachada de madera en blanco y un gran jardín apuntando al este, fue un lugar excelente donde yo crecí. Ahora debe ser un poco grande ya que yo no vivo aquí y mi madre tampoco.
Cuando salimos del coche reparé en la cojera de mi padre.
—Papá, ¿te duele la pierna?
—¡Va por días! Ahora con la primavera está bien. En invierno tengo que quedarme quieto un par de horas a veces —hizo un gesto con la mano, como apartando el pensamiento—. No te preocupes. Pasa a tu casa.
Me senté en el sofá del salón y le abrí la puerta del transportín al gato. Wink se puso a dar vueltas a la habitación rápidamente. Parecía recordar la última vez que estuvo aquí, en Navidad.
Cerré los ojos brevemente y me quedé dormida.