43.
Ese día salí de la oficina más tarde de lo habitual.
Me quedé ordenando cosas en el portátil.
No pensé demasiado en la oferta de Irving.
Tampoco era una oferta como tal; era un puente hacia arriba que había que aceptar.
Uno no sube en una empresa, le ascienden , es decir, le suben, me había dicho mi madre una vez. Hace muchos años.
Brad se había insinuado claramente en la oficina. Si venía a casa, ya sabía qué iba a pasar. Estoy bien con eso. Dejemos que ocurra.
Cuando entré en el edificio pensé que inevitablemente me encontraría algún día con Brad, el nerd .
Prefiero pasar página. Ya pensaría algo que decirle.
No es cuestión de amargarnos la existencia por el hecho de coincidir en el mismo edificio.
Pero hoy la verdad es que no me apetecía verlo.
Todavía se sentía demasiado reciente. Por eso decidí subir por el ascensor.
Estaba un poco viejo, pensé ya dentro, mientras ascendía lentamente.
Quizás debería haber subido por las escaleras, solo para intentar quemar un poco de las calorías del fin de semana.
Un poco antes de llegar, el ascensor comenzó a frenar.
Se movía cada vez más despacio. Sucedió.
Me quedé encerrada en el ascensor. Estaba en el tres y medio, por así decirlo, entre el piso de Brad y mi casa.
—¿Hola? —me puse a golpear la puerta para ver si alguien me oía.
Silencio absoluto.
Comencé a pensar con claridad. Paso a paso. Primero buscar la pegatina de seguridad del ascensor. Este era tan viejo que no tenía línea directa con servicios de emergencia. Había un teléfono del fabricante. La pegatina estaba medio arrancada, pero el número estaba completo.
Marqué en mi móvil. Funcionaba al menos. La empresa tenía ahora un nombre distinto, pero por lo general debería seguir dando servicio. Pasé a un menú de contestador y pedí hablar con una persona.
Esta usted en la posición de la cola número 2. Por favor, aguarde.
Resultaba cómico que hubiera alguien en la misma situación que yo a esta misma hora, pero esta es una ciudad grande. Quién sabe si ya habría alguien más detrás de mí en la cola. Mejor no colgar.
—¿Hola? Buenas tardes. Mi nombre es Martin. ¿En qué lo puedo ayudar hoy?
—¿Hola? Buenas tardes, Martin. Aquí Brenda Higgins. Estoy en uno de sus ascensores. Está averiado.
Pasé a transmitirle mis datos y los del edificio. Me dijeron que venía un técnico de emergencia.
Cuando la llamada terminó, suspiré.
Al momento mi teléfono se puso a sonar.
Papá.
Lo cogí instintivamente.
—Papá, hola.
—¡Brenda…! Hola. Disculpa, no sabía si ibas a cogerlo.
—Papá, no sé si este es el mejor momento… pero está bien.
La voz de mi padre era reconfortante. Me senté en el suelo del ascensor y me hice un ovillo.
—Sé que estás muy ocupada y está todo bien. Como hacía tiempo que no hablábamos, pensé que a lo mejor estaba pasando algo.
—Debe ser un sexto sentido que tienen los padres. Estoy encerrada en un ascensor —dije con media sonrisa.
—¿Ah, ves? Sí, debe ser por eso que te he llamado. Clarividencia. ¿Ya lo tienes arreglado? ¿Vienen a sacarte? —dijo con mucha tranquilidad. Era parte de su sentido del humor. Sé que mi padre no va a ponerse en pánico como harían otros. Él confía en que yo sé solucionarlo.
—Sí, está casi. Vienen ya a arreglarlo.
—Ok —hizo una pausa—. ¿Cómo va todo?
—Lo siento. Dije que te iba a llamar y no lo hice. Han pasado cosas… Literalmente no tenía espacio en mi cabeza para llamarte. Lo pensé muchas veces, eso sí.
—No pasa nada, solo…
—Espera, espera…! Disculpa, Papá.
Alguien estaba dando golpes fuera, no en la puerta del ascensor, sino en una de las puertas del rellano, un poco más arriba de donde yo estaba. Supuse que estaban llamando a la puerta de mi casa.
—¡Brenda! —era la voz de Brad, el nerd .