32.
Se irguieron ante nuestros ojos enormes bosques, muchos de ellos aún desnudos tras el invierno, pero con brotes verdes que asomaban en las puntas de las ramas. Coníferas perennes también. El río apareció majestuoso en un puente, justo antes de desaparecer la última luz del día.
Brad se giró.
—¿Alguna vez has estado en el valle del Hudson? —me preguntó.
—Estuve una vez en Albany —dije—, pero no conozco el campo.
—A lo mejor podríamos ir mañana a enseñarte la naturaleza. No sé si has venido preparada.
—Pues sí, puedo ir como un todoterreno. Traje de todo en mi maleta —respondí divertida—. Ahora bien, me gustaría saber qué has preparado tú.
—Eso, Brad, ¿qué has preparado tú? —siguió Santi con ironía.
—Hay un súper cercano donde podemos comprar de todo. No hay nada de qué preocuparse.
—¡Qué! ¡No! —exclamó Santi—. Error de principiante. No traemos bebidas.
—¿Entonces hay que parar de camino? —pregunté.
—No. Se compran allí. No hay problema —dijo Brad con confianza.
Me gustaba verlo tomar control de la situación. Me había dado la impresión de que normalmente es una persona reservada que prefiere dejarse llevar en este tipo de situaciones. Quizás tengo que verlo en más contextos diferentes.
—También he traído el Trivial Literario —continuó.
— Easy peasy —dijo Santi.
Al cabo de un rato llegamos a West Hurley. Aparcamos junto a una casa grande de madera y salimos a estirar las piernas. Hacía un poco de frío. Brad fue a buscar mi abrigo.
—Ten. No te resfríes.
Ya había un coche junto a la casa. En cuanto nos vieron, se abrió una puerta y una chica salió a saludar:
—¡Brad, ya era hora! ¡Nos estamos helando! ¡Solo tú tienes llaves!
—¡Os abro! —se sacó un manojo enorme de llaves del bolsillo que rechinaron sonoramente. El sitio parecía pacífico, rodeado de árboles.
Finalmente Brad consiguió abrir y nos abrió la puerta al completo para dejarnos pasar, como si fuera el ujier de un cine.
La puerta de la casa daba directamente a un salón muy grande con chimenea. Era un tanto básico, pero se veía bien cuidado y confortable: había un par de sofás, mesitas de centro, una mesa grande con sillas y una cocina americana detrás.
—¡Hola! Nos vemos otra vez —me saludó la chica del coche, ya dentro.
—¿Te acuerdas de Yijing? —dijo Brad mientras se dirigía a la chimenea para encenderla—. Y este es su novio Jin-Hyuk.
—Hey. Encantado de conocerte. Me puedes llamar Jimmy —me pareció que era uno de los chicos surcoreanos que acudieron a la película.
—Y yo soy Tanya —dijo ella misma presentándose.
—¡Ah, nos conocimos en la película! ¿Cómo estás? —dije con simpatía.
—¡Ah, ya me acuerdo de ti! La profesora.
—No, no, yo no soy profesora. Quiero decir, ese día yo…
—Disculpadme que os interrumpa —dijo Santi con los ojos muy hinchados—, pero hay aquí una cuestión aún más importante que las presentaciones. Brad, ¿dónde está el alcohol?
—Hay un mueble con botellas, pero vas a querer comprar cuando veas lo que hay. ¿Por qué no vas a la gasolinera y de paso consigues unas pizzas congeladas? Está siguiendo la carretera.
Mientras Santi se iba, miré si podía echarle una mano a Brad con la chimenea.
—Déjalo. Solo tengo que encontrar el encendedor para prenderlo —me dijo mientras se arrodillaba junto a la chimenea. Parecía que quería hacerlo solo.
Las chicas ya se habían sentado en el sofá y se habían enfrascado en sus respectivos teléfonos móviles. Tanto viaje para hacer lo mismo que hacen en casa, pensé.
Jimmy me vio contemplando la situación del salón:
—¿Entonces tú no eres de la clase de Yijing? Qué alivio —rió.
—No, no. Yo soy amiga de Brad. Soy Brenda. Encantada.
Amiga , pensé. Porque ahora mismo no puedo definirme de otra manera. ¿Qué somos, Brad?
Conforme pasa el tiempo me quedo más confundida y me pregunto si al final solo vamos a ser eso.
Tras este flash de reflexión, le devolví la pregunta:
—Me pareció verte en la proyección de la película. ¿Entonces vosotros dos ya erais una pareja?
De repente Yijing apartó la mirada de su móvil para ver lo que Jimmy respondía:
—Bueno, sí. No. Quiero decir, es complicado.
—¡Sí somos! —gritó Yijing.
—No es fácil ponerle etiquetas, ¿verdad? —dije yo sonriendo, con la esperanza de que Brad estuviera oyendo la conversación.
—¡Jimmy! Ya le he hablado de ti a mis padres. Faltas tú.
Bueno. Esto son palabras mayores. Me pregunto qué pensarían ellos de Brad. Tengo que llamar a mi padre también, si me acuerdo.
—¡Es por eso! ¡Así no va a funcionar! —exclamó Brad. Todos nos giramos.
Había apretado la botella de líquido inflamable y soltado un chorro en la leña. Inmediatamente le acercó una llama con el encendedor. La chimenea pegó un fogonazo tan fuerte que Tanya pegó un grito.
—Ahora está mejor —dijo Brad. Dio un suspiro y me miró. Yo le devolví una sonrisa.
No tardó en llegar el último coche. Eran Crystal, su novio y Pearl.
Hubo un par de saludos. Cuando llegó mi turno de saludar a Pearl, ella me escaneó mirándome de arriba abajo. Voy a ser honesta: creo que yo hice lo mismo.
—Hola, Brenda —me dijo—. Me alegro de que hayas venido. No sé si te vas a saturar mucho esta noche —rió—. Tenemos pensado hacer un par de juegos temáticos.
—¡Hola, Pearl! Por supuesto, estoy a la altura del desafío para esta noche. Pero tampoco quiero ser el centro de atención, lo más importante es pasarlo bien juntos. Deberíamos disfrutar de la naturaleza también si podemos.
—¿Ah, pero quieres salir por la puerta? ¡Hace mucho frío!
—Por supuesto que no, mañana. Vamos a ir a dar un paseo.
—¡Qué buena idea! —dijo ella midiendo sus palabras—. ¿Todos juntos? No sé si el tiempo lo va a permitir.
—Bueno, me he venido preparada —respondí un poco más secamente, usando mi sonrisa profesional .
—¡Ya lo veo! —dijo ella, pizpireta como siempre.
—No dejáis de hablar de que hace frío. ¿Por qué no os sentáis todos cerca del fuego? —dijo Brad intentando ser un buen anfitrión.