26.
—Ah, ¿te has hecho algo en el pelo? —preguntó Brad de una manera un tanto torpe. Esto es un cumplido, supongo.
—No, no lo lavé hoy. Literalmente no me daba tiempo.
—Pues te queda bien.
Estábamos comiendo un helado en Central Park. Nunca sé qué va a decir. Aún no me había dicho nada de eso que me iba a decir.
El aire era frío, pero había un atardecer bonito que se reflejaba en las hojas de los árboles perennes con luces doradas. Estábamos caminando. Noté que Brad cojeaba un poco.
—¿Te pasa algo en la pierna? Parece como si te estuvieras arrastrando.
—No es nada… —hizo una pausa—. Ayer fui al gimnasio.
—Ah… ¿por qué?
—Por supuesto, para ponerme en forma.
Qué tontería. A mí ya me parecía atractivo. No le dije nada.
Esa tarde había algunas parejas que daban paseos por los senderos del parque, además de gente haciendo deporte, solos y en grupo. Unos pocos incluso estaban leyendo, disfrutando de los primeros rayos de luz de la primavera.
En cierto momento noté cómo Brad se acercaba más a mí. Tocó mi mano. Lo miré.
—Disculpa —me dijo—. No sé si te importaba que te cogiera de la mano.
—No es que me importe —respondí un poco irritada—, pero tu manera de hacerlo y pedirlo está muy poco pulida.
Su boca hizo un gesto duro. Retiró su mano y se apartó un poco.
—De acuerdo —dijo en un tono sarcástico—. Entonces me vuelvo adonde estaba. Tienes una manera muy rara de hacer las cosas. Es como si estuvieras esperando algo de mí, al tiempo que sigues un manual o una guía que te dice qué está bien y qué está mal.
—¿Qué quieres decir? —repliqué ya un poco encendida.
Él no se frenó.
—Me refiero a que pones en mí el peso de tener que leerte la mente y darte lo que tú quieres y en la manera que tú quieras. Y eso es ser raro.
—¿Tú me estás llamando rara a mí? Disculpa, pero tú no eres precisamente un ejemplo de lo que se entiende por normal.
—¡Ja! —rió él con sarcasmo—. Es eso probablemente lo que tenías en mente desde el principio, cuando me conociste. Pero me lo dices solo ahora. ¿Sabes qué? Voy a vivir la vida como yo quiera. Iba a contarte mi sueño y cómo se relaciona con el presente, pero pareces muy absorbida en…
—¡Basta! ¡Basta, Brad! —le chillé yo en medio del camino. La gente se nos quedó mirando—. Yo… necesito otra cosa en mi vida ahora mismo, ¿sabes? Es por eso. No quiero discutir.
Brad levantó las manos levemente, como si hubiera roto algo.
—Yo pensaba que te encanta discutir.
—¡Así no! Sí, soy competitiva —admití—, y me gusta marcarme objetivos. ¡Pero aquí y de esta manera no!
Brad se quedó en silencio. Los dos nos quedamos en silencio el uno frente al otro durante lo que pareció un tiempo bastante largo. Al final, Brad sonrió levemente y dijo así:
— Como dos árboles erguidos el uno frente al otro, en silencio, que comienzan a susurrarse el uno al otro cuando el viento mece sus hojas —recitó.
Oí su respiración un poco acelerada, como la mía.
—Hace… un poco de viento por aquí —dije yo mirando al suelo.
—Podemos volver si quieres —me sugirió.
—Está bien —le respondí.
Le cogí la mano y volvimos sin decir apenas nada en el camino de vuelta. Hacía frío. Su mano estaba muy caliente.
Cuando llegábamos a nuestro edificio lanzó esta pregunta:
—¿No crees que eso fue un poco raro?
—¿El qué?
—La parrafada de los árboles. Ponerme a hablar de poesía griega alejandrina en el parque.
—Sí. Pero déjalo. Me gustó.
—¿De verdad? Había mucha gente mirando —dijo él guiñando el ojo.
—Se les olvida pronto. Es Nueva York. Mind your own business —dije con una sonrisa tranquila.
—¿Entonces puedo darte el contexto? Es de las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, cuando Jasón se encuentra finalmente con Medea…
—No, no. Con lo del parque está bien.
Habíamos llegado al rellano del tercer piso.
—¿Y esto, puedo? —dijo, al tiempo que se agachaba un poco para besarme.
Cerré los ojos y respiré. Pensé en las hojas y el viento que me traían la esencia de su cabello, su cuello y sus labios. Me he portado un poco mal, pensé. Él también. Agarré su brazo. Parecíamos los dos enraizados en el momento infinito de ese beso que no terminaba.
Pero terminó.
—Buenas noches —dijo con una sonrisa, y se metió en su piso.
Volví a mi apartamento. Me quedé con la sensación de que al final no me dijo eso que me quería decir.
Wink estaba rascando algo con sus uñas cuando llegué. Salió corriendo porque sabe que está mal y que yo me enfado.
Me desplomé en el sofá. Estaba un poco cansada. Llamé al gato, pero no vino. Él nunca viene cuando yo quiero.
De repente se me ocurrió una comparación no tan absurda: ¿Brad es como un gato? Hace y dice lo que quiere. Cuando yo quiero que venga no viene, pero cuando le apetece se acerca a por un beso.
—Miau —dijo mi gato acercándose finalmente, ahora que ya me veía más abierta, relajada.
No tenía mucha hambre. Estuve haciendo tests de personalidad en el móvil. Después hice otro pensando en cómo respondería Brad. Probablemente somos opuestos. Pero muchos libros y películas nos dicen que eso puede funcionar, pensé. ¿Los opuestos se atraen?
Pensé en el divorcio de mis padres. Tengo que llamar a mi padre, por cierto.