20.
Eran cerca de las seis de la tarde. Había dejado todos los ingredientes frescos cortados, el pescado arreglado y el arroz hecho. Todo fresco para servir cuando fuera necesario. ¿Y ahora? El paso final.
Aún no le había dicho nada a Brad. Miré el móvil. Cero mensajes. Parece que voy a tener que ser yo. Le escribí:
Hey, Brad, me gustaría agradecerte por cuidar de Wink estos días. ¿Quieres subirse a mi casa a por una cena?
Me miré al espejo. Me había arreglado un poquito, pero no se notaba casi nada. La ropa bien puesta. Ningún pelo fuera de su sitio.
No hubo respuesta. No había pensado que a lo mejor él podía tener otro plan. Llevaba toda la tarde cocinando y quizás tendría que haber pensado en esto antes.
Brad me respondió:
Hey, estoy caminando por Central Park.
¿Oh, ok? ¿Dónde estás?
Cerca del lago.
Uf. Eso es un paseo un poco largo desde aquí. A los dos minutos me respondió:
Ok. Estoy un poco más lejos en realidad. Voy a tardar un poco.
Lo bueno es que esta comida no se queda mal por enfriarse. Podría quedarme esperando, o…
Aún es un poco temprano , le escribí. ¿Qué te parece si me encuentro contigo a la mitad y nos volvemos juntos?
Eso podría funcionar. Comí algo ligero y me abrigué bien. Salí a la calle preparada para cualquier cosa, porque la cena iba a tardar hoy.
Central Park está frío en esta época del año y, además, ya está oscuro.
Sin embargo, en este momento hay menos personas.
Los espacios son más melancólicos, aptos para el paseo.
Me puse en camino por un sendero entre los árboles.
Había bastante gente en la pista de hielo, pero por lo demás la gente se apresuraba a buscar su cena o a descansar.
Mi corazón me temblaba un poco. Estaba aprendiendo a poner mis expectativas a examen. Lo que yo quiero es una cosa. Lo que se supone que tengo que querer, o que me dicen que debería querer, puede ser otra.
Caminé hasta que finalmente, en medio del camino, aún no vi a Brad. Al final llegué yo hasta el lago. Finalmente vi cómo poco a poco su silueta se aproximaba. Por su forma de andar parecía que llevaba horas caminando por el parque. Me alegré de que se hubiera abrigado bastante.
—¡Hola…! —le dije.
—Hey.
—¿Estás bien? ¿No tienes frío?
—Tengo un poco de hambre —me dijo con un hilo de voz.
—Está bien, tengo unos crackers aquí.
Nos sentamos el uno al lado del otro en un banco en silencio, solo interrumpido por el crujir de los crackers .
—Estás pensando en lo de esta mañana, ¿verdad? —le pregunté al cabo de unos minutos.
—Toda la tarde —respondió él con la mirada en el agua del lago. Después se frotó la cara con ambas manos—. Ya está. Ya está bien —me miró ahora—. Tenía que pasar.
—Si tenía que pasar, tenía que pasar —dije—. Estaba fuera de tu control.
—En su mayor parte, sí. Por mi ignorancia de muchas cosas que no tenía manera de saber —hizo una pausa—. ¿Sabes quiénes fueron los estoicos?
—Ah, no es una palabra muy común. ¿Los estoicos son como los masoquistas?
—No. Los estoicos hablaron de la aceptación del destino como condición del hombre —dijo Brad.
—Suena un poco masoquista.
—No es lo mismo. ¿Quieres que te ponga ejemplos de cada uno de ellos? —dijo Brad con sorna.
—¡Disculpa! —respondí. Pero la verdad es que me apetecía verlo en esa tesitura. Verlo cambiado, de otro humor, alterado, enfadado.
Pero él no dijo nada. Era un hombre pacífico que rechazaba mantener el conflicto.
—¿Sabes a lo que me recuerdas? —seguí—. Al toro de tu fábula. Y yo soy un mosquito ahora mismo.
—¡Ja! —expresó él con ironía.
—De verdad. De alguna manera estoy acostumbrada a la lucha, desde siempre. Acostumbrada a ponerme a la altura de la jugada de mi oponente.
—Metafóricamente, supongo —sus gafas se empañaron.
—¡Déjame terminar! —le rogué—. En ocasiones es necesario atacar, de manera directa, indirecta... Pero siempre pienso en la victoria como objetivo final.
—Es la típica mentalidad capitalista. Sustituye victoria por profit —dijo Brad.
—No cambies de tema. Leí un libro hace poco: El arte de la guerra , de Sun Tzu. ¿Lo conoces?
Brad abrió mucho los ojos y después sonrió mirando el suelo.
—Pues claro.
—¿Lo has leído? —pregunté con un poco de desafío en mis palabras.
—No es uno de esos libros que uno lee . Es uno de esos que uno consulta . Lo que está escrito va más allá de lo que uno puede retener —sentenció Brad.
Eso me dejó tranquila. Lo había intentado leer en el avión después de comprarlo en la librería del aeropuerto. El vendedor me dijo que el libro hoy en día era material valioso para ejecutivos. No llegué muy lejos en mi lectura.
—Te soy sincera. Retuve muy poco. Pero lo que me caló fue que a veces una distracción es la estrategia más eficaz. Algo que se sale totalmente del esquema. Como apartarse del conflicto, o más bien…
—No reconocer el conflicto… Sí, es la misma idea, expresada en otro tiempo, en otro lugar —dijo Brad.
—Tú haces eso sin darte cuenta. Y yo…
Mi corazón se aceleró. Contra esta montaña nunca podría ganar la batalla. Me quedé totalmente desarmada. Me sentí vulnerable, tan vulnerable como él. No sabía lo que él era, pero venía hacia mí sin lucha, sin presión. ¡Ganar, ganar… aquí no puedo ganar!
Toqué su mano y, junto al lago, en ese banco del parque, besé a Brad por primera vez.