18.
Durante la mañana tuvimos el meeting con los otros departamentos, escuchando gran cantidad de dudas técnicas que el equipo de investigación del cliente le hacía a su equipo técnico. Parece que todavía estaban muy verdes para tomar una decisión.
Fue muy aburrido. Braulio ni siquiera asistió. Probablemente porque era un tiburón que ya sabía que no le quedaba nada que aprovechar.
Tim se acercó a mí antes de la pausa:
—Brenda, sálte del meeting si quieres y aprovecha el día en la ciudad. Me quedo yo.
Tim estaba más protector que nunca. Creo que influenciaba el hecho de su reciente divorcio. Yo ya había pasado por algo similar con el divorcio de mis padres, hace tiempo.
—Gracias, Tim. ¿Te veo para cenar?
—Lo que quieras. O quédate a cenar en el lugar que te guste esta noche, no te preocupes. Ya nos veremos en el desayuno mañana. Tenemos el vuelo a las once.
De verdad, da totalmente vibes de padre. Quizás debería llamar yo al mío pronto.
En mi habitación me puse cómoda con ropa casual para salir. El día estaba soleado y se podía pasear sin el abrigo grueso, como Braulio había dicho.
Me apetecía hacer algo diferente. No quería ir a ver las típicas cosas que hacen los turistas. Además, estaba cansada. Fui a la recepción del hotel:
—¿Cuál es el sitio más cercano en el que tengan algo de meditación y masajes, en plan alternativo? Si puede ser, cerca de la naturaleza.
Me dieron la recomendación para poder llegar a un parque cercano donde había un sitio así. En un momento estaba subida en el taxi:
—Tiene suerte —me dijo el taxista—, el día está muy despejado, por lo que si va al mirador puede ver las vistas de la bahía.
—Me interesan más las del atardecer —respondí yo.
—Eso es fácil con el Pacífico al lado.
Cuando llegamos me quedé con su tarjeta para poder llamarlo de vuelta.
Estaba delante de un lugar llamado Karma .
El establecimiento estaba decorado con decoraciones indias y nativoamericanas.
Tenía un pequeño café por el que entraba la luz del día y una brisa fresca.
Salió un chico a recibirme con una sonrisa:
—Buenos días, ¿en qué te puedo ayudar? —me saludó.
Llevaba ropas holgadas y un estilo descuidado, como Brad, pero la diferencia era que este chico parecía hacerlo de una manera mucho más deliberada. Era el estilo del sitio.
—¡Hola! Buenos días. Me gustaría saber si hay masajes para hoy, y si puedo almorzar algo rápido.
—Por supuesto. Mi mujer puede verte ahora después para un masaje holístico. Te traigo la carta entretanto.
◆◆◆
—No sabía que mi espalda estaba tan mal. Estoy empezando a acumular las cosas que me pasan de forma física.
—A eso se le llama somatizar —me respondió Reggie, la masajista, mientras distribuía la presión de su muñeca contra mis lumbares.
—Noto que mantengo mucho las apariencias. Mi cara, mi voz, mi postura: está todo perfecto y acorde al momento —proseguí—. Pero en alguna parte de mi cuerpo se carga algo que me deja rígida.
—¿Y en tus sueños?
—Normalmente no sueño nada. Y continúo así hasta que finalmente tengo un sueño raro cuya visión me acompaña durante días.
—Mira, ahora estoy aplicando presión en unos puntos concretos para liberar tensiones. Tú aplicas presión de otra manera, si me permites que te lo muestre…
—Sí, por favor. No hay problema.
—Por ejemplo, ¿notas esta parte en el hombro? —dijo haciendo presión—. Está duro. Probablemente este no te lo puedo quitar. Pero he visto otras personas en las que algo así se termina soltando solo, que se arreglan con un cambio de vida.
—¡Pero me gusta la vida que tengo! Solo es que…
—…elegiste cosas y tuviste que rechazar otras. Ahora te faltan aquellas que pensabas que no necesitabas.
Me quedé en silencio un instante mientras continuaba el masaje. Sí.
—Sí —respondí finalmente—. Tengo una puerta cerrada en algún sitio de mí. Pero no deseo abrirla yo sola.
—Está todo bien —me dijo Reggie.
—Disculpa tener que contarte estas cosas —le dije con algo de vergüenza.
—No te preocupes. Forma parte del masaje de apertura.
—Me enseñaron a ser la mejor sin pensar en las consecuencias.
—¿Tuviste que renunciar a algo?
A mí misma , pensé.
◆◆◆
Caminé al atardecer cerca de la costa y comí algo de pescado en un restaurante de playa. Esperé a que el sol se hundiera y a que salieran las estrellas, mientras hundía descalza mis pies en la arena. No hablé con nadie, pero me sentía en conversación continua.
Quizás era el momento de empezar una nueva etapa.
No estoy segura de si había sentido esto otras veces.
Pero adivinaba un sentido simbólico que se despierta y le da sentido a lo que viene después.
Todo esto era complicado. Miré las estrellas mecidas por el mar. Un fuerte sentimiento se apoderó de mí.
—Señorita —me dijo el taxista—, tengo que reconocerle que yo ya me encontraba preocupado. Pensé que le había pasado algo.
—¡Se me fue el santo al cielo y me olvidé de la hora! Lléveme al Hyatt, por favor.
Esa noche dormí profundamente.