Ay Dios, es un Nerd 13.
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13.

Salí del trabajo dando pasos largos, casi empujando a las personas de la calle. Tomé rápidamente el metro en dirección al campus de Brad.

Durante el viaje me senté y suspiré. Iba vestida de manera formal para la oficina, con traje de negocios. Lo que venía ahora no tenía nada que ver con ello. Miré a la ventana y esbocé una pequeña sonrisa.

La atmósfera en el campus era relajada y distendida, y me llenó de nostalgia. Grupos de amigos se sentaban a charlar en la hierba o en las escaleras de los edificios. Poco a poco se me disolvió el nudo que llevaba en el estómago.

Brad estaba sentado en un escalón, en el atrio del edificio donde habíamos quedado. Sonrió tímidamente cuando me saludó. Llevaba una camisa de franela con cuadros abierta. Su pelo era un desastre, como siempre.

—Espero que no sea muy tarde para ti —me dijo.

—Ah, no te preocupes, acabo de salir del trabajo.

—¿Tan tarde? Yo he salido de una clase ahora mismo.

Brad era estudiante de posgrado en Estudios Culturales y este era el edificio donde tenía las clases. Nos dirigimos al lugar de la película mientras me iba explicando las divisiones y los departamentos. Reparé en que la proyección sería en una de las aulas. No iba a ser en un cine con palomitas.

—¿Entonces vamos a ver la película en una de las salas? —pregunté.

—Sí. Un compañero va a presentar un ciclo de películas para después hacer un comentario cultural.

—¿Quieres decir que van a estar tus amigos y compañeros de clase también?

—Sí, pero no te preocupes, también va a estar Pearl, a la que ya conoces —respondió.

Como si la hubiesen invocado por sus palabras, Pearl salió a nuestro encuentro en el pasillo en ese momento. Vivaracha como siempre. Se desvanecieron mis esperanzas de intimidad y algo romántico para esa tarde.

—¡Hola! ¡Hola, Brenda! ¡Qué bueno que hayas venido! No sabía que te interesaba el cine surcoreano.

—¡Hola, Pearl! Yo tampoco sabía que a ti te gustaba —dije yo—. Me alegro de verte.

—¿Está Santi ya dentro? —preguntó Brad.

—Sí, está ajustando la tela del proyector. Me ha dicho que le ayudes a poner los subtítulos.

—Ok. —dijo él—. Brenda, aquí está Pearl, a la que ya conoces, y luego estas de aquí son Ruth, Crystal, Yijing y Tanya.

—Encantada de conoceros —dije yo—. ¡Vaya, sois casi todas mujeres aquí!

—Bueno, también está Santi, que está dentro, pero él es gay —dijo Ruth, creo.

—¿Y tú eres profesora de qué especialidad? —preguntó Tanya.

—Ah, no, no, yo no soy profesora del campus —dije yo riéndome. Probablemente lo dijo por mi traje, pensé—. Trabajo en Manhattan y soy vecina de Brad.

Hubo un silencio extraño, que fue roto por Santi asomándose desde la sala:

—Por favor, empezad a sentaros dentro, si no, la gente de fuera que venga no va a querer entrar. —Me miró con sus ojos hinchados y me sonrió—. ¡Por favor! Pasad todos. Tenéis un panfleto del ciclo en la mesa del profesor.

Cuando terminaron de hacer el setup en el ordenador, me senté junto a Brad en la segunda fila de mesas.

Pearl y las chicas estaban sentadas del otro lado.

Había risitas que venían de ellas, pero era imposible saber lo que estaban diciendo.

Aparte de nosotros había unos pocos alumnos surcoreanos que habían venido para ver un filme en su idioma.

Trataba sobre un monje budista que vivía en el centro de un lago. La película era un recuento de su vida, representando cada etapa como una estación del año.

Miré a Brad un par de veces durante la proyección. Él parecía estar enormemente concentrado en la película. Una de las veces me pilló mirando y me dijo:

—No te preocupes. Yo ya la he visto.

Intenté relajarme. Era una historia muy tranquila y para nada difícil de seguir, pero lo cierto es que mis ojos estaban ya cansados después del largo día y me costaba seguir los subtítulos.

Cuando un personaje ya había terminado de hablar, yo todavía no había completado el subtítulo. Por suerte no había muchos diálogos.

Cuando la película acabó, Santi salió a la mesa del profesor y dio un pequeño discurso sobre la dirección.

Nos preguntó qué pensábamos de la película.

No sabría reproducir con exactitud lo que dijeron algunas personas, pero alguien dijo que era una metáfora de los cambios en la vida.

Otro explicó la simbología budista de algunas escenas que por lo general no se entiende en Occidente.

Hubo un pequeño debate. En cierto momento Pearl tomó la palabra:

—Me parece que todos vemos la película a través de un prisma cultural y conceptual determinado. En ese sentido creo que sería interesante que alguien ajeno a nuestra especialidad diera su opinión. —Se volvió hacia mí—. Brenda, ¿a ti qué te ha parecido la película?

Ardillita linda. ¿Otra vez me pregunta mi opinión? Sentí todas las miradas de la sala puestas en mí, como una radiografía. Brad me miraba y esperaba mi respuesta. Inspiré hondo antes de hablar:

—Gracias, Pearl. Creo que las imágenes de la película son muy intencionales y sin duda esto debe ser un efecto de la dirección. Tiene una fotografía preciosa.

Hubo un par de murmullos de aprobación. Me quedé satisfecha. He vendido proyectos con más presión. A esto lo llamo yo una improvisación coherente.

—Bueno —intervino Santi—, creo que eso puede abrir la reflexión para muchos de nosotros. —Hizo una breve pausa al hablar—. La semana que viene no vamos a poder tener esta sala, por lo que ya os indicaré dónde podemos reunirnos…

Comenzaron todos a levantarse. Brad conversó un poco con sus compañeros de temas de clase. Yo comenzaba a sentirme inquieta. Estaba a punto de decirle a Brad que me iba cuando se despidió de todos.

—Brenda, te vas ya, ¿verdad? Yo también. Te puedo acompañar al metro.

—Bueno, vivimos en el mismo edificio —respondí.

—Ah, sí, es verdad. Vale, ¿vamos juntos entonces?

¿Por qué me pregunta? No respondí. Caminábamos por los jardines del campus hacia la estación.

—No te enfades con Pearl —me dijo Brad de repente—. Ella es así. Le gusta mucho hacer preguntas. Su padre era policía.

—Bueno, que Pearl me pregunte mi opinión en público no tiene importancia, pero igualmente yo estoy fuera de mi ambiente. Tú estás aquí como pez en el agua —le respondí.

—¿Y tú no?

—Bueno, yo llevo años ya fuera de este mundo de universidades y campus.

—¿Y qué es lo que haces? —me preguntó.

—Como representante de negocios, básicamente esquivar balas mientras me pegan tiros. Pero estoy acostumbrada. Vendemos muchas cosas.

—Me recordaste a la fábula del mosquito y el toro —dijo Brad crípticamente.

—¿Fábula? —le dije confundida. Miré a este hombre extraño. En sus ojos profundos había una intención traviesa, como la de un niño, al mismo tiempo transmitían mucha calma.

—Sí, es una historia que aparece en Esopo y tiene antecedentes mesopotámicos. El mosquito se posó en el toro y se puso a molestarle. Le gritó y le dijo de todo. Al final se fue y el toro dijo: ¿Qué?

—Bueno —respondí yo un poco perdida—, sí, en ocasiones me siento como el toro.

—Pero volviendo a lo de antes, lo que dijiste tiene sentido. Puedes disfrutar de la película sin importar quién seas o de dónde vengas…

Nos sentamos juntos en el metro. Había bastante gente entre ciertas paradas, por lo que no hablamos mucho.

Sé que en Nueva York a la gente le da igual oírte.

Me refiero a que la cantidad de gente en esta metrópolis te da cierto anonimato en espacios públicos.

Pero finalmente estaba conociendo a alguien…

—¡Es un tema genial para un artículo…! —dijo Brad interrumpiendo mis pensamientos.

De repente me pareció que lo que acababa de decir era un poco raro. Es más, Brad era un tío bien raro. Ninguna de mis citas anteriores hubiera dicho algo así, en este momento. Me hundí en una espiral de pensamientos similares.

—Ok… ¿Y eso viene a cuento de qué ahora? —le solté de manera seca.

Él se quedó un poco parado, sin saber qué responder. Su labio inferior tembló levemente.

—Es solo que… Oh, no te preocupes —dijo él, mientras su mirada se hundía en la multitud.

Nos quedamos en silencio mientras el tren llegaba a otra estación.

Llegamos a casa. Subimos por las escaleras. Al llegar a su piso llegó el momento de la despedida.

—Bueno, muchas gracias por invitarme a ver la película, me pareció muy interesante —le dije.

—Ah, sí, es una que tiene muchas cosas para diseccionar, muchos simbolismos y mensajes para analizar. Me alegro de que te haya parecido interesante —dijo él de una manera muy cerebral—, aunque a alguna gente no le gusta.

—Bueno, pues ya nos veremos.

—Sí. Nos vemos —dijo, y se metió en su casa.

Cuando llegué a la mía, el gato salió corriendo del salón. Creo que había estado arañando el sofá hasta que yo llegué. Era un poco tarde y se sentía abandonado, probablemente.

Me puse a cocinar cualquier cosa, pensando en por qué no había comprado algo de camino, take-away o comida callejera.

La cita había comenzado tan bien. Reconozco que incluso disfruté la película, aunque no tenía ninguna expectativa de ella. Hubo momentos en los que me sentí en sintonía con Brad. Era refrescante. Y por otro lado…

¿Por qué es tan raro? ¿Qué he estado haciendo esta tarde? Perder el tiempo. Yo merezco a alguien como Brad, el Finance Bro .

Antes de acostarme me miré al espejo para quitarme el maquillaje del día. Cuando me metí en la cama, la sentí fría, como si me faltase un abrazo.