Ay Dios, es un Nerd 10.
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10.

Sonó el timbre de la puerta de abajo. Era Brad, mi cita. Bajé rápidamente por las escaleras. Allí estaba Brad con un paraguas en la mano. Era un hombre sacado de una película romántica. Gran sonrisa, presencia física, encantador. Lo que cualquiera hubiera deseado.

—Hola, Brenda. Me alegro de verte —dijo con una sonrisa. Después cambió su tono—. ¿Te encuentras bien? Parece como si hubieras visto un fantasma.

—¡Hola! Estoy bien, ¿y tú? Lista para la cita.

Fuimos a cenar directamente a un sitio a unas manzanas de mi casa. Por el camino hablábamos de nuestra semana. Él sujetaba el paraguas y me cubría de la lluvia. En ocasiones notaba que acercaba mucho su cuerpo al mío y después se alejaba.

El restaurante francés Petisserie tenía fama de caro y romántico. Para el día de hoy habían hecho una decoración de San Valentín con globos en forma de corazón y guirnaldas rojas. Nos sentamos en una mesa con velas.

—¡Buenas noches! Soy Gaetan, su maître para esta noche.

Queremos ofrecerles una experiencia única para esta ocasión tan especial.

Tenemos un menú de San Valentín con el que pueden celebrar el amor y acercarse más y más, con cada plato, a la unión con su alma gemela.

¿Desean el menú completo de siete platos con maridaje de vinos?

—¡Por supuesto! —dijo Brad—. ¿Qué te parece, Brenda?

—C-claro, claro. ¡Por supuesto! —dije apabullada.

— Magnifique! —dijo el maître—. Si tienen algunas alergias, díganme. Ahora les dejo con un vino de bienvenida.

Parece que estaba dando pasos significativos esta noche. Me sentí como si la ropa me apretase. El ambiente era un poco sofocante. Al menos empecé a relajarme después de unas copas de vino. Los platos fueron degustaciones diminutas, acompañados de una extensa explicación del maître.

Brad estaba contando una historia muy divertida de su trabajo. Yo hacía un esfuerzo por tratar de memorizar la historia y los nombres de los colegas por si alguna vez volvía a contarla, pero de algún modo mi atención quería salir de ahí.

—…y este otro tío, Jordan, de Accounts Payable, viene con el informe que había hecho yo y me dice: El Director te ha enviado esto , y yo le digo: ¡No, lo he escrito yo mismo! —Brad se reía con una copa de vino en la mano.

—Ajá.

—Ya ves que se me da bien lo de crear mensajes —sus ojos miraban casi de lado, detrás del cristal de la copa—. A propósito de eso, ¿qué te pareció mi postal? No me has dicho nada.

La pregunta me cayó como una ducha de agua fría. No sabía muy bien qué contestar. Realmente no la tuve en mis manos más de diez segundos.

—¡Ah! Una propuesta muy alineada con el día. Quiero decir, muchas gracias. Fue un detalle escribir a mano —respondí. Empezaba a sentir más calor y un cierto sentimiento de desorientación.

—Quería que supieras cómo sé crear momentos especiales… —dijo Brad arrastrando las palabras.

Se me cayó el tenedor al suelo.

—¿Desean postre? —dijo el maître Gaetan, que acababa de venir.

—¡No, gracias! Está todo bien —respondí yo.

—¿Quiere que le traiga otro cubierto?

—No se preocupe, de verdad. ¿Nos puede traer la cuenta, por favor?

—¿Estás bien? —preguntó Brad cuando el maître se fue.

—Sí, es solo… es el cansancio de la semana. Disculpa.

Pensamientos positivos. ¡Zen! Estoy bloqueando todo muy bien.

Volvimos a casa. Llovía bastante, por lo que no hablamos mucho. Al llegar a mi portal, Brad me dijo lo siguiente:

—Brenda, comprendo que quieras esperar. A mí no me importa esperarte.

¿Qué es esto? ¿Psicología inversa? Me manda una postal de amor, me hace la corte en el restaurante romántico y ahora dice que no le importa esperar.

Dejemos a un lado lo que yo pienso, porque realmente no es importante en este momento.

Él tiene claramente una intención y ahora me tira la bola a mí.

Creo que ha llegado el momento de hablarle claro de una vez.

—No te preocupes, de verdad. Lo he pasado muy bien. Tenemos que hacerlo otra vez —dije yo, mientras me preguntaba a mí misma qué estoy haciendo.

—¡Genial! —dijo, y se acercó para besarme.

—¡Disculpa! Estoy resfriada. No quisiera pegarte mi resfriado, sobre todo con ese meeting tan importante que tienes el lunes.

—¿Eh? Está bien, pero… ¿es por eso que te sentías tan acalorada en el restaurante?

—¡Exactamente! Seguro que debo tener la fiebre altísima.

—Vaya… en ese caso aprecio que hayas podido cenar conmigo. ¿A lo mejor te gustaría que subiera contigo a tu casa?

—N-no, no, ¡de verdad! Me meto en la cama corriendo —dije yo, como si le leyera la mente.

—Okey…

—¡Hasta pronto! Quiero decir, nos vemos —dije y cerré la puerta del edificio.

Llegué a casa y me senté en el sofá con la luz apagada.

Una sombra se movió a mi alrededor. Era mi gato Wink.

Encendí la luz. Me echó una mirada gatuna desvergonzada, como diciendo: ten cuidado con lo que deseas .

Este felino es más sabio que yo. Me arrodillé para intentar abrazarlo.

No es fácil abrazar a un gato. Creo que estuvimos en contacto por dos segundos y medio antes de escurrirse entre mis brazos como si estuviera hecho de algún líquido. Se fue hacia la cocina a comer algo.

Me di cuenta entonces de que del piso de abajo sonaba algo de música. Me agaché un poco. Probablemente Brad estaría viendo una película. ¿A lo mejor iba a tener que decirle que bajase el volumen? Miré mi móvil. Eran cerca de las once de la noche. Cero mensajes nuevos.

De repente el ruido paró. Sentí frío en las piernas y resolví ponerme el pijama y meterme en la cama. Apagué la luz. Unos segundos después mi teléfono vibró con una notificación. Abrí el móvil, casi cegada por la pantalla. Era un mensaje de Brad el nerd :

Hey, muchas gracias por la postal. Podemos hablar más.

Me costó un poco dormirme esa noche.