Epílogo
Cristal limpio
Hay gente que nace con un plan bajo el brazo.
Yo nací con un cubo, y tardé veintinueve años en tenerlo en la mano y uno más en saber qué hacer con él.
Ahora está colgado de un clavo en la trastienda de mi floristería, junto a la rasqueta de goma, limpio y vacío.
No lo uso. Lo tengo allí para acordarme.
Hay días en que llego por la mañana temprano, antes de abrir, y lo miro un rato desde la puerta de la trastienda, con el café en la mano.
Me gusta verlo ahí. Me recuerda cuánto me costó salir adelante cuando no tenía otra cosa.
La floristería está en la calle de Toledo, en la misma esquina donde estaba la del toldo blanco que yo miraba de pequeña con la nariz pegada al cristal.
Aquella cerró hace años, y el local se quedó vacío mucho tiempo, con un cartel de «Se alquila» que nadie quitaba.
Lo vi un domingo de febrero, cuando volvía del Rastro con Luisa.
Me paré delante del escaparate polvoriento y Luisa tuvo que darme un codazo para que siguiera andando.
Al día siguiente llamé al número del cartel.
El dueño era un señor muy mayor que había conocido a la florista de antes y que me hizo un precio que no le habría hecho a nadie más, porque le conté lo de los domingos con mi madre y se le saltaron las lágrimas.
No le conté que tenía novio millonario. No hizo falta.
Para abrirlo usé el dinero de los alquileres que Alejandro había reservado y que mi madre aceptó y puso a mi disposición, además de un préstamo pequeño que pedí a mi nombre.
Sin Alejandro no habría tenido aquel dinero, y no voy a fingir lo contrario.
Pero no le pedí que pagara la tienda. Se ofreció una vez y, cuando le dije que no, no insistió.
Me ayudó a pintar las paredes un sábado entero, eso sí, y se manchó de blanco hasta las cejas.
Las letras doradas las pintó Rubén. Resulta que antes de entrar en Castell Motors había estudiado Bellas Artes y había pasado dos años como rotulista de escaparates en Lavapiés.
Se subió a una escalera con un bote de pintura dorada y un pincel muy fino, y tardó un día entero en pintar en el cristal de la puerta, con una letra de las que le habían enseñado en el taller, la frase que yo le había pedido.
No es mi nombre solo. Pone «Flores Eva y Carmen».
Mi madre se echó a llorar cuando la vio por primera vez, desde su silla, en la acera, y luego se pasó media tarde con la cantinela de que su nombre iba en segundo lugar porque ella era más modesta.
Mi madre bajó a la calle sin necesitar que nadie la cargara por las escaleras en marzo.
El ascensor tardó varios meses en estar listo, porque hubo que quitarle un trozo al hueco de la escalera y pedir permisos al ayuntamiento, y don Anselmo vigiló las obras todo ese tiempo desde la puerta del bajo, con su chaqueta de punto, muy ufano, igual que si el edificio fuera todavía suyo.
Alejandro le dejó hacer. El día que lo inauguraron, todos los vecinos se reunieron en el portal, y la del tercero, la que decía que yo era una lagarta, trajo una bandeja de rosquillas y me pidió perdón muy bajito, sin mirarme.
Mi madre estrenó el ascensor. Entró sola, con su propia silla, apretó el botón con la mano buena y, cuando se abrieron las puertas en el portal, salió a la calle de la Madreselva con la barbilla muy alta.
Se paró en la acera, cerró los ojos y levantó la cara al sol. Luego me miró.
—Llévame a ver el mar, hija —me dijo—. Que me lo prometiste.
La llevamos en mayo, en el coche de Alejandro, a la playa de la Malvarrosa.
Se mojó los pies en la orilla, sentada en la silla de ruedas, con Alejandro, que la sujetaba por un lado, y yo por el otro, y se rio tanto que se le cayeron las gafas al agua.
No las encontramos. Le dio igual. Dijo que había visto el mar sin gafas y que así se veía más bonito, porque no se le notaban las manchas.
El ensayo sigue. La doctora Sanz le pone la infusión cada mes en la sexta planta del Clínico, en el sillón reclinable junto a la ventana.
No se ha curado. No se va a curar, y lo sabemos.
Pero la enfermedad va más despacio, eso dicen las resonancias, y el ojo le ha vuelto a ver casi del todo.
La doctora Sanz no quiere hablar todavía de resultados definitivos.
Mi madre se conforma con poder terminar un crucigrama sin taparse un ojo.
Ha vuelto a hacer crucigramas sin taparse un ojo.
Y los jueves, Alejandro sube todavía a casa a tomar café con ella en las tazas buenas, aunque ahora sube en ascensor y viene en su coche, aparcado en la puerta, a la vista de toda la calle.
Hay otras cosas que han cambiado en un año.
El carrito de la señora Remedios sigue en la puerta del Doce de Octubre, con su toldo de rayas verdes, pero ya no lo empujo yo.
Lo empuja Tomás. Le enseñé a envolver un ramo en papel de estraza, a no venderle nunca lirios a nadie que vaya a ver a un enfermo y a escuchar antes de recomendar.
Le costó menos que a Alejandro. Ahora Tomás vende flores por las tardes en la puerta del hospital, con Paco en la garita y Charo en sus descansos, y Manolo le da el bocadillo de calamares sin cobrarle, igual que a los voluntarios.
Con lo que gana en el carrito y un pequeño alquiler que comparte con un antiguo compañero de la imprenta, ha podido dejar de dormir en los albergues.
El primer día me llamó para decirme que por fin tenía un sitio donde dejar sus cosas sin llevárselas cada mañana.
Gonzalo Ferrer no volvió a trabajar en ninguna empresa de automoción de Madrid.
La rectificación de «Corazón Hoy» salió en una esquina de la página cuarenta y dos, como había dicho Alejandro, y no la leyó nadie.
Pero la denuncia sí la leyó un juez. Begoña me contó que se había mudado a Málaga, y que allí se aburre mucho. No me alegro, aunque tampoco lo siento.
De mi padre no he vuelto a saber casi nada.
La orden de alejamiento sigue en vigor y no se ha acercado nunca.
En septiembre llegó un sobre sin remite al buzón del portal, a mi nombre, con un sello de Valencia.
Dentro había una hoja de papel cuadriculado, arrancada de una libreta, con unas pocas líneas a bolígrafo y muchas faltas de ortografía.
Decía que llevaba ocho meses sin jugar, que iba a la asociación los martes y los jueves y que trabajaba en un almacén de naranjas.
Decía que no me pedía nada. No me pedía perdón, ni dinero, ni que le contestara.
Solo me contaba aquello. No le contesté.
Doblé la hoja y la metí en la caja de zapatos de debajo de mi cama, junto a los once trozos del cerdito de barro.
No sé si algún día le contestaré. No lo necesito para vivir.
Pero tampoco la he tirado, y eso, en mí, es mucho decir.
Y Alejandro.
Alejandro aprendió a hacer tortilla de patatas.
Le salen muy buenas ahora, aunque llora todavía con la cebolla y tarda el triple en pelar las patatas.
El ático de Chamberí ha cambiado bastante.
Hay una maceta de violetas en la ventana del salón, la misma del despacho, que trasplantamos en primavera porque se le había quedado pequeña.
Hay claveles frescos cada semana en un jarrón de verdad, que se compró él mismo en un mercadillo.
Hay fotos. Una de mi madre con los pies en el mar.
Otra de Iñaki jugando al dominó con los jubilados de Los Pinos, cuando fuimos todos a pasar allí un fin de semana de verano.
Y otra que me hizo Charo en la puerta de Urgencias, con el delantal verde del proveedor puesto, el día que vendió su primera corona de crisantemos a quien tocaba.
Hay también una foto de una mujer de pelo blanco sentada delante de un piano, en un piso de Oporto con vistas al río.
Su madre le contestó a la carta en enero.
Tres páginas, con su letra inclinada y elegante.
Alejandro fue a verla en febrero, solo, y se quedó una semana.
No me ha contado todo lo que hablaron. Me ha contado lo suficiente.
Ella vino a Madrid en abril, para la inauguración de la floristería, y se quedó toda la tarde sentada al lado de mi madre en la acera de la calle de Toledo.
Las dos se pasaron horas de charla, y de vez en cuando se reían a carcajadas y nos miraban.
Nunca he sabido de qué hablaron, pero me lo imagino.
No vivimos juntos. Todavía no. Él tiene su ático y yo tengo mi cuarto en la calle de la Madreselva, al lado del de mi madre, con el ascensor nuevo en el rellano.
Dormimos juntos la mitad de las semanas, unas veces en Chamberí y otras en Usera, y mi madre se ha acostumbrado a desayunar con él los domingos sin ningún comentario, salvo alguno que otro.
La hoja de las cinco reglas está enmarcada en la pared de su estudio, junto a la servilleta de la terraza.
No las hemos incumplido desde entonces. Bueno, casi.
Él me organizó una fiesta sorpresa por mi cumpleaños sin preguntarme, y yo le escondí durante tres semanas que había ido sola a hacerme una revisión del corazón por unas palpitaciones, que al final eran de los nervios de la floristería.
Nos lo contamos todo después y discutimos mucho.
Luego hicimos las paces. Seguimos aprendiendo.
Esta mañana es el primer lunes de octubre.
Hace un año, un día como hoy, un deportivo gris oscuro paró por primera vez en el semáforo de Príncipe de Vergara con Juan Bravo, justo cuando la farmacia de la esquina subía la persiana.
Lo sé porque lo tengo apuntado en la libreta de espiral, la misma de la oficina, que guardo en un cajón del mostrador de la tienda.
Lo sé también porque Alejandro me llamó anoche, muy tarde, y me pidió por favor que esta mañana fuera al semáforo de siempre, a la hora de siempre.
—¿Para qué? —le pregunté.