Epílogo #2
—Para limpiarme el cristal.
—Ya no limpio cristales.
—Por favor —repitió, y colgó antes de que pudiera contestarle, porque hay cosas que no se le quitan del todo.
Así que aquí estoy. He colgado en la puerta de la floristería un cartel escrito a mano que dice «Vuelvo enseguida», aunque no sé si es verdad.
He cogido el metro hasta Núñez de Balboa con el abrigo de lana de mi madre y el cubo de cuatro euros, que he descolgado del clavo de la trastienda sin saber muy bien por qué.
Tomás me espera en su antigua esquina junto a la farmacia, con dos cafés de la máquina, aunque ya no trabaja aquí.
Me ha dicho que se lo ha pedido Alejandro.
Junto a la farmacia hay más gente de la normal.
Me parece ver a Charo en la parada del autobús, con una chaqueta de lana encima del pijama verde, y a Paco con ella.
Me parece ver a Rubén con el móvil en alto.
Me parece ver, sentada en su silla de ruedas en la puerta de la farmacia, con Luisa detrás, a mi madre.
La saludo con la mano. Ella me devuelve el saludo con cara de no saber nada, que es la que pone siempre que lo sabe todo.
El coche gris aparece por el fondo de la calle cuando la farmacia sube la persiana.
Es el coche del atropello, el primero de la serie, igual al prototipo que veía al principio de octubre.
Sigue teniendo en el capó la raya fina que le hice con la rasqueta.
Viene por el carril de la izquierda, despacio, con las dos manos en el volante.
Se para en el semáforo en rojo, justo delante del paso de cebra.
Detrás del parabrisas, Alejandro me mira. Esta vez sí me mira.
Aprovecho que sigue en rojo y me acerco con el cubo en la mano.
Alejandro señala el parabrisas y me hace un gesto para que empiece.
Me da tiempo a mojarlo y a pasar la rasqueta de un lado a otro.
Cuando se enciende la luz verde, recojo el cubo y vuelvo a la acera.
Él arranca, gira en la primera esquina y aparca.
Un minuto después lo veo venir hacia mí.
Lleva el traje oscuro de la oficina, sin corbata, y un ramo de flores en la mano.
No es un ramo de una floristería de la calle Serrano.
Es un ramo de claveles rojos y blancos, de los que aguantan, envuelto en papel de estraza con una cinta de rafia, mal atada.
Lo reconozco enseguida. Es de mi carrito, el que empuja ahora Tomás, y lo ha envuelto él, porque nadie más ata la rafia tan mal.
Un coche patrulla pasa por Juan Bravo cuando Alejandro llega a mi lado.
Reconozco al agente rubio que me tomó declaración en el Doce de Octubre.
Me ve con el cubo, baja un poco la ventanilla y señala la calzada con la cabeza.
Yo levanto las manos para que vea que ya estoy en la acera.
Él sonríe y sigue su camino. Tomás, detrás de mí, se está riendo.
Alejandro se detiene delante de mí, junto a la farmacia, con el ramo en una mano. Con la otra saca algo del bolsillo interior de la americana, donde llevaba la cartera el día del atropello. Esta vez es una caja pequeña de terciopelo azul, gastada por los bordes.
—Era de mi madre —me dice, en voz baja, solo para mí—. Se lo dejó en La Moraleja cuando se fue. Me lo trajo de vuelta en abril. Dice que ya ha esperado bastante en un cajón.
Me tiemblan las manos y no sé qué hacer con el cubo y la rasqueta. Alejandro los coge y se los pasa a Tomás. Luego se arrodilla allí mismo, en la acera de Príncipe de Vergara, con el ramo de claveles mal atado y la caja de terciopelo azul.
—Eva Morales Ruiz —dice, lo bastante alto para que lo oiga Tomás, y mi madre, y los clientes de la farmacia, y medio barrio de Salamanca—.
Hace casi un año te tiré al suelo aquí mismo.
Me dijiste que no estabas en venta. Tenías razón.
No te quiero comprar. Te quiero pedir una cosa, y te la pido por favor, como me enseñaste. ¿Quieres casarte conmigo?
En la calle se oye un claxon. Al otro lado del paso de cebra una señora se vuelve a mirarnos. Me tiemblan los labios. Empiezo a llorar y, aun así, porque soy quien soy, me cruzo de brazos.
—Con condiciones —le digo.
Alejandro se echa a reír, de rodillas en la acera.
—Ya lo sabía. Dime.
—Separación de bienes. Lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. La floristería es mía.
—Hecho.
—Nada de silencios. Ni los tuyos ni los míos.
—Hecho.
—La boda la pagamos a medias. Y no será en ningún palacete de la calle Fortuny. Será en el bar de Manolo, con calamares.
—Hecho. —Se le escapa una carcajada—. ¿Algo más?
—Sí. —Me agacho delante de él, en la acera, a su altura, y le cojo la cara entre las manos, igual que él me la cogió a mí en el pasillo de Los Pinos—. Que me pidas un café por favor todas las mañanas del resto de nuestra vida.
—Por favor —dice él, muy bajito, con los ojos llenos de lágrimas—. Todas.
—Entonces sí.
No sé lo que pasa después. Sé que me pone el anillo en el dedo, que es de oro viejo con una piedra pequeña y verde, del color de mis ojos y de los de mi padre, y que esta vez me hace pensar en Alejandro.
Sé que me besa delante de la farmacia, con el ramo de claveles aplastado entre los dos.
Sé que Tomás silba con dos dedos y que mi madre grita algo desde la puerta de la farmacia que no entiendo y que luego Luisa me jura que fue «¡Ya era hora, hombre!
». Sé que el agente rubio nos saluda al volver a pasar con el coche patrulla, y que esta vez no tengo que salir corriendo.
Apoyo la frente en la suya. Me acuerdo de aquella mañana, del cielo azul que vi desde el suelo y de que mi madre había acertado con lo del telediario. También ahora hay gente grabándonos con el móvil y mañana seguramente saldremos en alguna parte. Esta vez me da igual.
Hay gente que nace con un plan bajo el brazo. Yo nací con un cubo. Nunca habría imaginado que un cubo de cuatro euros iba a meterme en semejante lío. Alejandro me pide otro beso, por favor, y yo se lo doy. El coche, por suerte, sigue aparcado.