Capítulo 22 #2
Mi madre no decía nada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y la mano buena apretada contra la sábana. Cuando por fin habló, lo hizo con la voz muy bajita.
—Un ascensor —repitió—. Podría bajar a la calle. Hasta la farmacia de Lourdes.
—Podrías bajar al carrito, mamá. A verme vender flores.
—Podría ir a ver el mar —dijo ella, y se echó a llorar a lágrima viva, y tuve que sentarme a su lado en la cama para abrazarla, con cuidado de no tocarle la cadera.
Cuando se calmó, se limpió la cara con la sábana y se volvió hacia Alejandro con la barbilla muy alta, muy digna, sin rastro de lágrimas.
—Lo de los alquileres —le dijo mi madre—. El dinero que has guardado en Usera. ¿Sigue a tu nombre?
—Sí, Carmen. Nadie puede abrir una cuenta a nombre de otra persona sin su autorización. Lo guardé allí para dárselo si usted quería aceptarlo. No tenía derecho a decidirlo yo solo.
—Pues yo lo acepto, si es el dinero que Eva ha pagado por vivir en nuestra casa —contestó mi madre—.
Pero quiero que lo hagamos bien, con los papeles delante y sabiendo lo que firmo.
Y después voy a hacer con él una cosa. —Me miró a mí—.
Esos alquileres los pagaste tú, hija. Quiero que te sirvan para lo que llevas años aplazando.
—¿Para qué?
—Para aquel local de las letras doradas.
Me quedé sin aire. No le había contado nunca a mi madre lo de la floristería de la calle de Toledo.
Lo había olvidado hacía veinte años. O me había obligado a olvidarlo.
Pero mi madre se acordaba. Claro que se acordaba.
Ella había estado conmigo delante del escaparate todos aquellos domingos, mientras yo pegaba la nariz al cristal.
—Mamá, ese dinero iba a ser para ti. Para tus medicinas, para la fisioterapeuta…
—Para mis medicinas está mi pensión, y la fisioterapeuta me la va a pagar la Seguridad Social cuando me toque, que ya es hora.
—Me cogió la mano—. Eva, hace nueve años que me cuidas.
Nueve años sin una noche para ti ni un sueño que no fuera el mío.
Ese dinero lo has ganado tú, entero. Y yo quiero que lo uses para lo que querías ser antes de que tu padre se fuera y yo me pusiera enferma.
No pude contestarle. Me quedé con su mano entre las mías y lloré otra vez, sin ninguna vergüenza. Alejandro se quedó junto a la ventana y no se metió en nuestra conversación. Más tarde me dijo que no quería volver a decidir por nosotras.
Aquella misma tarde, la abogada de Castell Motors subió a la habitación con la solicitud para iniciar el divorcio. Mi madre la firmó con la mano buena, despacio, con su letra temblorosa, y cuando terminó soltó el bolígrafo encima de la mesita con un suspiro que le salió del alma.
—Dieciocho años esperando para empezar con esto —dijo—. Y ha sido más fácil que hacer un crucigrama.
Antes de la cena llegó una avalancha. Primero subió Luisa, con su bata de los domingos debajo del abrigo y una tortilla de patatas envuelta en papel de aluminio, y se echó a llorar en cuanto vio a Alejandro junto a la ventana.
Luego llegaron Charo y Paco, que habían cambiado el turno para venir, con un ramo de margaritas del carrito que Manolo había sacado del almacén y que Paco había envuelto él mismo en papel de periódico, muy mal.
Charo le dio a Alejandro una colleja en la nuca, sin decirle nada, y luego un abrazo.
Rubén mandó un mensaje al móvil de Alejandro con una foto de la planta treinta y dos, donde alguien había vuelto a clavar con una chincheta la hoja de las reglas en el corcho de mi mesa.
Debajo ponía: «Porra cerrada. Ha ganado Eva. Otra vez».
—¿Y Gonzalo? —le pregunté a Alejandro cuando nos quedamos un momento a solas en el pasillo.
—Los abogados han presentado una denuncia por revelación de datos personales. La revista ha publicado una rectificación esta mañana, en una esquina de la página cuarenta y dos. —Se encogió de hombros—. No lo va a leer nadie. Pero está.
—Con eso me basta.
—¿Seguro?
—Seguro. —Le cogí la mano—. Ya he tenido bastantes revistas para toda la vida.
Por la noche, cuando mi madre se durmió, Alejandro y yo bajamos a la cafetería del hospital.
Estaba vacía, con las sillas puestas encima de las mesas y la máquina de café encendida en un rincón.
Me pidió por favor que le dejara invitarme a un café.
Sacó del bolsillo la bolsita de monedas que yo le había dejado en el cajón de su mesa el primer día, la de la etiqueta que decía «Para la máquina.
Cincuenta céntimos cada café», y metió dos monedas en la ranura.
Me dio el vaso de plástico y miró la bolsita antes de hablar.
—Ayer le escribí a mi madre —me dijo—. A Oporto. Por primera vez en veintisiete años.
Apreté el vaso de café entre los dedos.
—¿Y qué le has dicho?
—Que había leído todas las tarjetas. Y que había entendido algo que tendría que haberle preguntado hace años. Que me gustaría hablar con ella, si quiere. —Se encogió de hombros, con una media sonrisa—. No sé si me contestará.
—Ojalá te conteste —le dije—. Al menos ahora sabe que has leído sus cartas.
Luego sacó otra moneda de la bolsita, una de cincuenta céntimos, y me la puso en la palma de la mano.
—¿Y esto?
—La moneda del primer día. La que me prestaste en Urgencias del Doce de Octubre para la botella de agua.
—Me cerró los dedos encima de la moneda—.
Te la devolví en el sobre del cubo, con intereses, y me la tiraste a la cara.
La he llevado en la cartera desde entonces.
Te la devuelvo ahora sin intereses. Para que estemos en paz.
No aparté la vista de la moneda en la palma de la mano.
Era una moneda normal, de cincuenta céntimos, un poco gastada por los bordes.
Era la misma que un conductor me había tirado al cubo la mañana del atropello, sin mirarme.
Pensé en todo lo que había pasado desde entonces.
Me hizo gracia que al final los cincuenta céntimos volvieran a estar en mi mano.
—Estamos en paz —le dije.
—Estamos en paz —repitió él.
Me la guardé en el bolsillo del pantalón, junto a la servilleta de la regla número cinco, que había sacado de la caja de zapatos aquella mañana sin decírselo a nadie.
No le debía nada a Alejandro Castell, ni él a mí.
Por fin habíamos hablado de todo lo que llevábamos semanas escondiendo.
Me bebí el café, que ya estaba frío, y me quedé un poco más con él.