Atropéllame otra vez Capítulo 22
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Capítulo 22

Pedir perdón

Mi madre se despertó al día siguiente con la fiebre por debajo de treinta y siete y una sonrisa de oreja a oreja.

No sonreía por la fiebre. Sonreía porque, al abrir los ojos, lo primero que vio fue a Alejandro Castell dormido en el sillón de acompañante, con la americana arrugada por encima, la corbata en el bolsillo y la boca un poco abierta.

Yo me había quedado dormida en una silla de plástico junto a la ventana, con la bolsa de Luisa en las rodillas. Me despertó la voz de mi madre.

—Hija, hay un hombre en mi sillón.

Abrí los ojos. Alejandro también los abrió, de golpe, y se incorporó tan deprisa que se le cayó la americana al suelo. Mi madre se echó a reír, con aquella risa suya que le salía desde el estómago, y tuvo que llevarse la mano buena a la cadera porque le dolía.

—Buenos días, Carmen —dijo Alejandro, con la voz pastosa.

—Buenos días, yerno. —Mi madre me miró a mí con la ceja levantada—. ¿O ya no es mi yerno?

—Mamá…

—No me digas «mamá» en ese tono, que tengo la cadera rota y me debes un poco de compasión. —Se acomodó en la almohada—. Contadme. Y no me digáis que no ha pasado nada, que tú tienes los ojos hinchados y él ha dormido en un sillón de hospital con un traje que vale más que la cama.

Se lo contamos. No todo, porque la doctora Sanz nos había dicho que mi madre necesitaba descanso, pero sí lo importante.

Le contamos lo de mi padre en el aparcamiento y lo del papel del gestor.

Le conté que lo había denunciado yo, y que la policía se lo había llevado.

Mi madre escuchó en silencio, con la mano buena encima de la sábana.

Mi madre se quedó mirando el techo antes de hablar.

—¿Le diste el papel de los jugadores?

—Se lo di.

—Bien hecho. —Asintió despacio—. Es más de lo que yo le habría dado. Pero tú siempre has sido mejor que yo.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es. Lo que pasa es que a ti nadie te lo dice. —Se volvió hacia Alejandro—. Y usted, ¿qué tiene que decir?

Alejandro se levantó del sillón. Recogió la americana del suelo, la dobló sobre el respaldo y se quedó de pie a los pies de la cama, con las manos a los lados. No se las metió en los bolsillos, como hacía siempre que estaba nervioso. Las dejó quietas, a la vista.

—Que les debo una disculpa a las dos —dijo—. Y que me gustaría pedirla bien, si me dejan.

Mi madre me miró. Yo no dije nada. Ella asintió.

—Adelante. Pero sin rodeos, que me canso.

Alejandro me miró a mí. Tenía la cara cansada, con la barba de varios días y unas ojeras marcadas de no haber dormido. No sacó nada del bolsillo, ni una tarjeta ni un sobre. No llevaba flores ni pasteles. Solo me miró, de pie a los pies de la cama de mi madre, con las manos quietas.

—Compré tu edificio sin decírtelo —empezó—.

El miércoles por la mañana, antes de que entraras en mi despacho a devolverme el sobre del cubo, ya había acordado la compra y entregado una señal.

Firmamos en la notaría unos días después.

Luego me pusiste tus condiciones, y una de ellas era que no le pagara nada a tu casero a tus espaldas, y yo te dije que de acuerdo.

Te mentí en el primer trato que hicimos, porque ya sabía lo que había decidido hacer.

Y después no te dije nada. Firmé cuatro reglas en una hoja, delante de toda la planta, a pesar de que la primera estaba rota.

Te dejé pagarle a don Anselmo con un anticipo que te costó todo el orgullo del mundo, sin decirte adónde iba ese dinero.

Te dejé contarme lo de la hucha. Y en mi terraza, cuando escribiste la regla número cinco, me quedé con el bolígrafo en el aire, porque pensé en el edificio, y la firmé igual.

Hizo una pausa. Tragó saliva.

—No te lo conté porque tenía miedo de que te fueras.

Pensé que si sabías que tu casa era mía, no volverías a mirarme sin pensar en eso.

Y tenía razón, porque cuando te enteraste te fuiste.

Pero eso no me disculpa, Eva. Te callé lo más importante de tu vida para no perder lo más importante de la mía, que eras tú.

Y eso es lo mismo que hizo mi padre con mi madre.

Decidir por ella lo que le convenía, con su dinero, sin preguntarle.

Se le quebró la voz al final. No lo disimuló. Mi madre, en la cama, se había quedado muy quieta.

—No te voy a dar excusas —continuó—. No te voy a regalar nada para compensarte, porque ya sé que no se puede, y porque cada vez que lo he intentado he empeorado las cosas.

Lo único que te puedo dar es esto. La verdad, toda, aunque tarde.

Y la promesa de que no volveré a decidir nada de tu vida sin preguntarte.

Ni de la tuya ni de la de tu madre. Aunque me cueste.

Aunque crea que tengo razón. Sobre todo si creo que tengo razón.

Se calló. Se quedó de pie a los pies de la cama, a la espera, con las manos quietas.

No le contesté enseguida. Me quedé un rato sentada en la silla de plástico junto a la ventana, con la bolsa de Luisa en las rodillas.

Pensé en todo lo que le había gritado en el despacho, con la tarjeta de la empresa encima de la mesa.

Pensé en el semáforo del martes, en el coche gris parado con las dos manos en el volante y en los veinte euros que le pagó a Tomás por una caja de pañuelos.

Pensé en el aparcamiento, en la carpeta marrón que me dio a mí en lugar de llamar a sus abogados, y en cómo se puso a mi lado contra la pared de hormigón. Y pensé que yo también le debía algo.

—Ahora me toca a mí —le dije.

—Eva, no hace falta…

—Sí hace falta. Cállate un momento, que te ha tocado a ti y ahora me toca a mí.

—Dejé la bolsa en el suelo y me levanté—.

Yo también te callé cosas. Te mentí con lo del perito, cuando te dije que se habían equivocado.

Te callé lo de mi padre durante una semana entera, aunque me lo pediste por favor, aunque lo habíamos firmado en una regla.

Lo hice para protegerte, igual que tú me callaste lo del edificio para protegerme a mí.

Así que no eres el único que ha decidido por el otro.

Alejandro abrió la boca para contestar. Levanté la mano y la volvió a cerrar.

—Y hay otra cosa. —Me costó decirla. Me costó más que todo lo que le había dicho a mi padre en el aparcamiento—.

Me enfadé con lo del edificio porque me mentiste, y eso no ha cambiado.

Pero hubo otra cosa que me costó reconocer: me daba miedo lo que sentía por ti.

Llevo dieciocho años sin dejar que nadie me ayude, porque a los once años aprendí que la gente que te quiere se puede ir un domingo con tu hucha.

Y tú me ayudabas sin pedirme permiso, y yo te quería, y cuanto más te quería, más miedo me daba depender de ti.

Por eso, cuando supe lo del edificio, me fui sin darte ni un minuto para explicarte lo que habías hecho.

Necesitaba marcharme, pero también tenía miedo de quedarme y confiar en ti.

Todavía me cuesta. Quiero intentarlo, siempre que no vuelvas a decidir por mí.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. No las aparté. Alejandro seguía a los pies de la cama, pálido. No dio un paso hasta que mi madre carraspeó. Luego mi madre carraspeó desde la almohada.

—Bueno —dijo—. Si os vais a besar, corred la cortina, que la cama de al lado está vacía pero la enfermera no tardará en pasar con el termómetro.

Me eché a reír con la cara llena de lágrimas. Alejandro se rio también, una risa rota, y dio la vuelta a la cama hasta llegar a mí. No me besó enseguida. Me cogió las manos entre las suyas, igual que en el asfalto de Príncipe de Vergara el primer día, y me miró a la cara.

—¿Me perdonas?

—Todavía no del todo —le contesté—. Pero voy a perdonarte. Y tú me vas a perdonar a mí. Y luego vamos a hacerlo mejor, los dos.

—Los dos —repitió.

Me besó entonces, junto a la ventana de la habitación cuatrocientos doce, con la cortina sin correr mientras mi madre aplaudía despacio desde la cama con la mano buena contra la sábana. Olía a café de máquina y llevaba toda la noche sin dormir. Me dio igual. Llevaba días deseando que me besara.

La enfermera entró en aquel momento con el termómetro. Asomó la cabeza, nos vio besándonos y decidió volver más tarde. Mi madre se rio tanto que tuvo que agarrarse la cadera otra vez.

Después hablamos de las cosas prácticas, porque en mi casa todas las conversaciones acaban en las cosas prácticas, aunque sea en una habitación de hospital.

Mi madre quiso saber qué iba a pasar con el edificio.

Alejandro dijo que haría lo que yo decidiera, y que si queríamos, lo ponía a nombre de mi madre aquella misma semana. Yo le dije que no.

—Ni a nombre de mi madre, ni de nadie —le dije—. El edificio es tuyo, lo has pagado tú. Te lo quedas. Y nosotras te pagamos el alquiler, como todos los vecinos, el que sea justo. Nada de regalos a nuestras espaldas ni más cuentas secretas.

—De acuerdo.

—Pero eres el casero. —Le señalé con el dedo—. Y un casero tiene obligaciones. Arreglas la humedad del techo, que lleva dos años sin arreglar. Y pones un ascensor.

Alejandro parpadeó.

—¿Un ascensor?

—Un ascensor. —Me volví hacia mi madre, que me miraba desde la almohada con la boca abierta—.

Mi madre lleva desde el invierno pasado sin poder salir si no la ayudan entre varios, porque la silla no gira en el último descansillo, y Luisa tiene las rodillas destrozadas.

En ese edificio vive gente mayor que necesita un ascensor desde hace veinte años, y el antiguo dueño no lo puso nunca porque no le daba la gana gastarse el dinero.

Un buen casero lo pondría. No es un regalo.

Es lo que tiene que hacer el dueño de un edificio como ese.

Alejandro me miró un momento en silencio. Luego se le escapó una sonrisa, de esas que le salían sin querer y que le cambiaban la cara entera.

—Es lo más justo que me han pedido nunca —dijo—. Y lo más caro.

—Pues haberte comprado un edificio con ascensor.