Capítulo 21 #2
—No sabes lo que es estar solo —me dijo, con la voz ronca—. No sabes lo que es que te persiga un hombre como Ripoll.
—Sé lo que es estar sola. Me lo enseñaste tú. —Respiré hondo—. Y lo de Ripoll no es problema mío ni de mi madre. Es solo tuyo. Te lo has buscado tú, en un bar, con tus cartas, igual que te buscaste perdernos a nosotras.
—Eres igual que tu madre.
—Ojalá. —Le sostuve la mirada—. Pero no te preocupes, que también tengo algo tuyo. Tengo tus ojos. Me los veo cada mañana en el espejo y me acuerdo de que no quiero ser como tú.
Entonces mi padre hizo una cosa que no esperaba.
Levantó la mano. No sé si fue para pegarme o para quitarme la carpeta marrón, que todavía tenía apretada contra el pecho.
Nunca lo sabré. No le dio tiempo a hacer ninguna de las dos cosas.
Alejandro le sujetó la muñeca en el aire, sin apretar mucho, sin violencia, con la misma calma con la que me había sujetado a mí las manos en el asfalto el primer día.
Mi padre forcejeó un momento. Alejandro no le soltó.
—Ni se le ocurra —le dijo, muy bajo.
—No le pegues —le pedí yo—. No vale la pena.
—No pensaba pegarle. —Le soltó la muñeca a mi padre, despacio—. Pero tampoco pensaba dejar que te tocara.
Mi padre se frotó la muñeca. Miró a Alejandro, luego me miró a mí, y luego miró hacia la salida del aparcamiento.
Supe que iba a echar a correr, igual que se había escapado por la escalera de incendios.
Saqué el móvil del bolsillo del abrigo, con la pantalla rajada en diagonal, y marqué el ciento doce delante de él.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Lo que tendría que haber hecho hace dos semanas. —Me puse el teléfono en la oreja—. Te voy a denunciar por acoso, y por intentar que mi madre firme un papel con fiebre en una cama de hospital. Lo voy a hacer yo. No sus abogados. Yo.
Mi padre no echó a correr. No se marchó.
Mientras yo explicaba a la operadora del ciento doce dónde estábamos, él sujetaba todavía la carpeta del gestor.
Creo que se dio cuenta, en aquel momento, de que ya no tenía a dónde ir.
No le quedaba nada en Valencia ni en Madrid, y yo acababa de cerrarle la última puerta que le quedaba abierta.
El vigilante de seguridad del Clínico llegó a la carrera desde la rampa de entrada al poco rato, porque la operadora lo había avisado, y se quedó con nosotros hasta que llegó la policía.
Mientras esperábamos, abrí el bolso y saqué la cartera.
Mi padre levantó la vista, y por un momento vi en sus ojos la esperanza de que, al final, le iba a dar algo.
Lo que saqué fue un papel doblado, que llevaba en la cartera desde el día del atropello.
Era la hoja de asociaciones del barrio que me había dado la residente del Doce de Octubre.
Entre los teléfonos había uno de ayuda para personas con problemas de juego.
—Toma —le dije, y se lo puse en la mano—. No te voy a dar ni un euro. Pero te doy esto. Es lo único que te voy a dar en toda mi vida, y es más de lo que tú me diste a mí.
Mi padre miró el papel. Lo leyó, lo guardó en el bolsillo del abrigo gris y no volvió a mirarme a la cara hasta que se lo llevaron los dos agentes de la Policía Nacional que bajaron por la rampa poco después.
Antes de que se lo llevaran, uno de los agentes me tomó los datos y me explicó que tendría que pasar por comisaría a formalizar la denuncia.
Le dije que sí, que iría al día siguiente.
Luego me volví hacia Alejandro, que se había quedado a mi lado todo el rato, sin decir nada, con las manos en los bolsillos.
—Tus abogados —le dije—. ¿Saben tramitar un divorcio?
Se le notó la sorpresa en la cara, aunque intentó disimularla.
—Saben tramitar cualquier cosa.
—Pues te lo pido yo. Para mi madre, si ella quiere, cuando se despierte. Que ese hombre no vuelva a ser su marido ni sobre el papel. —Respiré hondo—. Y te lo pago yo. A plazos, como el anticipo.
—Eva, no hace falta que…
—Sí hace falta. —Lo miré a los ojos—. Esta vez te pido ayuda. No me la das tú sin preguntar. Te la pido yo. Es distinto.
Alejandro me sostuvo la mirada un momento. Luego asintió despacio.
—Es distinto —repitió—. Hecho.
Cuando nos quedamos solos en el aparcamiento, me agaché a recoger la bolsa de Luisa del suelo.
Alejandro se agachó también. Recogimos los crucigramas de mi madre entre los dos, y el pijama bueno, que se había salido de la bolsa.
Nuestras manos se encontraron encima del pijama, igual que con la carpeta de los proveedores y con la llave del hostal de Los Pinos. Esta vez no retiré la mía.
—Lo del detective —le dije, sin levantarme del suelo—. Tendrías que habérmelo dicho.
—Lo sé.
—Y lo de la cuenta. Y lo del edificio.
—Lo sé. —Me miró—. No he venido a pedirte que me perdones, Eva. He venido porque esta vez no quería decidir solo.
Seguía agachada en el aparcamiento, con la nota de Luisa grapada a la bolsa y el pijama de mi madre entre las manos.
Pensé en todo lo que había pasado desde aquel lunes de octubre.
Pensé que aquel hombre había tenido delante todo el poder del mundo para quitarme a mi padre de en medio con una llamada, sin que yo me enterara de nada, y no lo había hecho.
Había bajado a un aparcamiento con una carpeta en la mano y se había puesto a mi lado, contra la pared, y me había dejado hablar a mí. Esta vez me había dejado decidir a mí.
—Sube conmigo —le dije, al fin—. Mi madre querrá verte cuando se despierte.
—¿Y tú?
—Yo también. —Me levanté con la bolsa en la mano—. Pero luego hablamos tú y yo. De verdad, sin carpetas ni silencios. Me lo debes.
—Te lo debo —asintió, y se levantó también.
Subimos juntos en el ascensor, cada uno en una esquina, sin tocarnos. No hacía falta. Mientras subíamos, pensé en la niña que esperaba junto al teléfono del pasillo. Ya no tenía once años, ni necesitaba a Ramón para decidir qué hacer con su vida.