Capítulo 21
Cara a cara
Aquella tarde, en el pasillo de la cuarta planta, no dejé pasar a mi padre a la habitación de mi madre.
Tampoco fue mérito mío. Mientras él me miraba desde arriba con el ramo de rosas en los brazos y me faltaba el aire delante del café derramado, la doctora Sanz salió del ascensor con su bata blanca y sus gafas rojas, vio la escena desde el otro extremo del pasillo y entendió lo que pasaba antes de que nadie le dijera nada.
Se acercó al control de enfermería sin prisa.
Le pidió a la enfermera que comprobara las indicaciones de visitas de Carmen en el registro de su ingreso.
Mi madre había dejado allí una autorización escrita, que yo no conocía.
Había indicado que para cualquier información sobre su salud debían hablar conmigo y había añadido de su puño y letra: «No quiero recibir visitas de Ramón Morales Gil».
—La paciente ha dejado constancia por escrito —le explicó la doctora a la enfermera, con mucha calma—. El señor no puede pasar.
Mi padre protestó. Dijo que era su marido, que tenía derechos, que llamaría a un abogado.
La doctora Sanz lo escuchó sin pestañear, con las manos en los bolsillos de la bata, y cuando terminó le contestó que podía llamar a quien quisiera, pero que en su planta mandaba la voluntad de la paciente y no la de su marido.
Luego llamó al vigilante de seguridad. Mi padre se fue antes de que llegara, con su ramo de rosas, por la escalera de incendios.
Al pasar a mi lado me dijo en voz baja que aquello no había terminado.
Yo no le contesté. Me agaché a recoger el vaso del café del suelo, porque me temblaban tanto las manos que necesitaba hacer algo con ellas.
—¿Cuándo escribió eso mi madre? —le pregunté a la doctora cuando nos quedamos solas.
—El miércoles, cuando la ingresamos, antes de que volviera a subirle la fiebre. —Se quitó las gafas—. Me preguntó si podía dejar dicho que no quería ver a tu padre. Le expliqué cómo hacerlo y lo escribió ella misma.
Entré en la habitación. Mi madre seguía dormida, con el suero en el brazo y la pierna inmovilizada.
Me senté a su lado y le cogí la mano buena.
No se despertó. Le di un beso en los nudillos.
Había vuelto a cuidarme ella, sin que yo me diera cuenta, igual que con la carta del abogado escondida en el cajón de los cubiertos.
Al anochecer bajé al aparcamiento. Luisa me había llamado para decirme que su sobrino, el de la furgoneta, traía una bolsa con ropa limpia, el pijama bueno de mi madre y sus crucigramas.
Había quedado conmigo en el segundo sótano, junto a los ascensores, porque no podía dejar la furgoneta en la entrada.
Bajé a recogerla. Me la entregó al lado de una columna, con una nota de Luisa grapada al asa que ponía «Ánimo, hija», y se disculpó: tenía que volver al reparto.
Lo vi marcharse en la furgoneta. Cuando me volví hacia el ascensor, mi padre estaba allí.
No sé de dónde salió. Supongo que me había esperado en el aparcamiento desde que bajó por la escalera de incendios, porque sabía que antes o después yo tendría que salir del hospital.
Se me acercó despacio. Ya no llevaba el ramo de rosas.
Llevaba una carpeta de cartón abierta en una mano y un bolígrafo en la otra.
—No tengo nada que hablar contigo —le dije.
—Yo sí. —Se puso delante de mí, entre la columna y el ascensor—. Escúchame un momento, Evita. Solo un momento.
Retrocedí. Mi espalda chocó con la pared de hormigón. Él dio un paso más. No me tocó, pero se quedó tan cerca que le notaba el aliento a tabaco en la cara, y por un momento volví a tener once años y a estar en el pasillo de mi casa, junto al teléfono, con la mochila puesta.
—Tu novio tiene dinero guardado en un banco de Usera —me dijo en voz baja—. Se lo lleva tu casero cada mes, con los alquileres que tú pagas. Lo tiene apartado para tu madre. ¿No lo sabías?
No supe qué decirle.
—Ya veo que no. —Sonrió—. Ese hombre te compra el edificio a tus espaldas y luego aparta dinero para tu madre, también a tus espaldas.
Y vosotros seguís sin contarme nada. —Me enseñó la carpeta—.
Tu madre y yo todavía estamos casados. Que firme esto y ya conseguiré yo que le den lo que le corresponda.
Tú puedes convencerla. Si consigo cobrar, os dejo en paz. Te lo juro.
—Tú no sabes lo que yo más quiero.
—Sé que quieres que me vaya. Pues ya está. Esto es lo que cuesta que me vaya.
Tenía los ojos verdes muy fríos, a un palmo de los míos.
Me temblaba la mano libre, la que no sujetaba la bolsa de Luisa.
Quise contestarle algo, cualquier cosa, y no me salió nada.
Me había quedado sin aire otra vez, igual que en el asfalto, igual que en el baño de la oficina, y pensé que esta vez no habría nadie que me dijera que respirara despacio.
Entonces lo vi por encima del hombro de mi padre.
Venía desde los ascensores del fondo, despacio, con una carpeta marrón en la mano.
Llevaba el traje oscuro de la oficina, la corbata aflojada y la barba de varios días.
No corría. Se acercaba sin prisa, con las manos a los costados, y me miraba a mí, solo a mí.
Para él, en aquel momento, mi padre no existía.
Cuando lo vi, las rodillas casi me fallaron.
Tuve que apoyarme en la pared. Me alegraba tanto de que hubiera llegado que por un momento me olvidé de estar enfadada con él.
Mi padre se dio cuenta de que yo miraba detrás de él. Se volvió. Al ver a Alejandro, la sonrisa se le torció.
—Vaya. El novio. Llegas justo a tiempo para pagar.
Alejandro no le contestó. Se paró a mi lado, contra la pared, hombro con hombro conmigo, sin ponerse entre mi padre y yo. Luego me miró a la cara.
—¿Estás bien?
—No.
—Vale. —Me tendió la carpeta marrón—. Esto es lo que he averiguado sobre él. Lo contraté el viernes, a un detective, sin decírtelo. Ya sé que no tenía derecho. Pero no he hecho nada con lo que hay ahí dentro. Nada. Lo he traído para que lo leas tú, y para que decidas tú lo que hacemos.
Cogí la carpeta. Me temblaban tanto las manos que se me cayó la bolsa de Luisa al suelo, con los crucigramas de mi madre.
Ninguno de los dos se agachó a recogerla.
Abrí la carpeta y leí la primera hoja, de pie, contra la pared de hormigón del aparcamiento.
Leí lo de Alemania, que no eran doce años, sino cinco.
Leí lo del juego y lo del prestamista de Valencia, con los treinta mil euros y el plazo hasta final de mes.
Pasé la hoja y vi la foto de mi padre con Gonzalo en una terraza de la glorieta de Bilbao.
Pasé otra y vi la del gestor de la calle de Toledo.
Levanté la vista hacia mi padre, que me miraba con la boca apretada.
—Treinta mil euros —le dije—. Y en el bar le pediste veinte.
—Eso no es asunto tuyo.
—Es asunto mío desde que intentas quedarte con un dinero que ni siquiera es tuyo. —Me volví hacia Alejandro—. ¿Es verdad lo de la cuenta?
—Es verdad que guardé esos alquileres —dijo Alejandro—.
Pero la cuenta está a mi nombre, no al de Carmen.
Quise abrirla para ella, pero un amigo que trabaja en el banco me dejó claro que sin su consentimiento no podía hacerlo.
Por eso la abrí a mi nombre y le pedí a don Anselmo que ingresara allí las mensualidades, incluidos los atrasos que habían quedado recogidos en la compraventa.
Están todas, también las tres que pagaste con el anticipo.
Iba a preguntaros si queríais aceptarlas.
Nunca me he quedado un euro de ese alquiler.
Quise decírtelo el viernes, en el despacho.
Después no supe cómo llamarte sin que pareciera otro intento de arreglarte la vida con dinero.
Miré a Alejandro sin saber qué decir. Había trabajado para devolver un anticipo mientras él guardaba en secreto el alquiler que le pagábamos. Que hubiera apartado aquel dinero no cambiaba lo del edificio ni la mentira. Me cansaba que volvieran a hacer planes con nuestro dinero sin consultarnos.
Pero aquello lo hablaríamos después. Lo primero era mi padre.
Cerré la carpeta y me volví hacia él. Ya no me temblaban las manos. Cuando empecé a hablar, ya no me temblaba la voz.
—Me vas a escuchar ahora tú a mí. Llevo dieciocho años sin decirte nada, así que me vas a dejar que hable un rato.
—Evita…
—No me llames así. —Lo dije sin gritar—.
Evita era una niña de once años que se sentaba todas las tardes en el suelo del pasillo de su casa, al lado del teléfono, con la mochila puesta.
Estuvo así dos años, papá. Dos años. Cada vez que sonaba el teléfono, se levantaba de un salto.
Cada vez que oía pasos en la escalera, pensaba que eras tú.
Un día dejó de esperarte y se convirtió en mí.
Y yo no te espero. Yo no te he esperado nunca.
Mi padre abrió la boca. No le dejé decir nada.
—Te llevaste la hucha. El cerdito de barro que me regaló la abuela.
Lo rompiste en el suelo de la cocina y ni siquiera te molestaste en recoger los trozos.
Los recogí yo. Los tengo en una caja de zapatos debajo de mi cama, envueltos en una servilleta.
Once trozos. Los he contado muchas veces.
Los guardé porque pensaba que si algún día volvías, te los enseñaría, para que vieras lo que habías roto.
Y has vuelto. Has vuelto con un ramo de rosas de las que no se mueren nunca, para sacarle el dinero a una mujer que está en una cama de hospital con fiebre y con la cadera rota, la misma mujer que se rio por las dos durante años para que yo no me diera cuenta de que nos habías dejado sin nada.
Y ahora ya no te los quiero enseñar. No te los mereces.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no lloré. Mi padre se había quedado muy quieto, con la carpeta del gestor en una mano y el bolígrafo en la otra. Por un momento me pareció ver algo en su cara, algo que no era cálculo. Duró muy poco.