Atropéllame otra vez Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Pasó otra hoja. Era una fotografía en blanco y negro, tomada desde lejos con un teleobjetivo, de dos hombres sentados en la terraza de una cafetería. Uno de ellos era Ramón Morales, con su abrigo gris. El otro llevaba gafas de montura metálica y una carpeta azul debajo del brazo.

—Gonzalo —murmuró Alejandro.

—Gonzalo Ferrer. Se vieron el lunes por la tarde en una cafetería de la glorieta de Bilbao.

Estuvieron casi una hora. Y el martes, Ramón Morales fue a ver a un gestor administrativo de la calle de Toledo, uno de esos que te arreglan papeles sin hacer muchas preguntas.

—Ortega señaló otra foto—. Le encargó una autorización para que Carmen Ruiz lo dejara gestionar dinero en su nombre.

El gestor le advirtió de que una firma así no bastaba para retirar dinero de una cuenta ajena, pero Morales insistió.

Alejandro sintió que se le helaba la sangre.

—¿Qué cuenta?

Ortega lo miró por encima del cortado. Tenía una expresión que Alejandro no supo interpretar.

—Una cuenta abierta en octubre a nombre de usted, señor Castell, en una sucursal de Usera.

El número venía en los documentos de la operación que Gonzalo le enseñó a Morales.

Un hombre llamado Anselmo Duque ingresa allí dinero en efectivo a primeros de mes.

Morales cree que ese dinero es de Carmen Ruiz.

Le está diciendo a todo el mundo que es una cuenta de su mujer.

Alejandro cerró los ojos. Era la cuenta de los alquileres.

La abrió después de comprar el edificio, después de hablarlo con un amigo que trabajaba en el banco.

Le explicó que no podía abrir una cuenta a nombre de Carmen sin que ella lo supiera y firmara.

Alejandro terminó abriéndola a su propio nombre.

Don Anselmo seguiría cobrando los alquileres en mano, como siempre, e ingresaría el dinero allí.

Alejandro pensaba ofrecérselo a Carmen cuando se atreviera a hablar con Eva.

No había tocado un euro de aquellas mensualidades.

Tampoco podía fingir que el dinero fuera ya de Carmen: mientras no lo aceptara, la cuenta seguía siendo suya.

Había querido explicárselo a Eva aquel viernes en el despacho, pero ella se había marchado antes de que terminara y él no había tenido valor para buscarla.

—Gonzalo lo sabía —dijo, con la voz ronca—. Era mi director financiero. Revisó los papeles de la compraventa porque yo se lo pedí. Y vio los datos de la cuenta en la documentación que preparó mi abogado.

—Y se lo contó a Ramón —asintió Ortega—.

Por venganza, supongo. Le hizo creer que su mujer tenía dinero y que, como siguen casados, podía reclamar una parte.

El gestor le dijo que necesitaba más que aquella autorización, pero a Morales se le acaba el plazo con Ripoll.

Pretende conseguir la firma de Carmen mientras está enferma y usarla para presionarlo a usted.

No puede sacar dinero de esa cuenta con la firma de Carmen.

Le sirve para fingir que tiene algún derecho sobre los alquileres y presionarlo a usted.

—¿Cuándo?

—Hoy. —Ortega cerró la carpeta—. Ha recogido el documento del gestor esta mañana. Mi hombre lo ha seguido hasta el metro. Iba hacia Moncloa, que es la parada del Clínico.

Alejandro se levantó de la silla. Se le cayó la taza de café, que no había tocado, y se derramó por el suelo de la cafetería. No la recogió. Dejó un billete encima de la mesa y salió a la calle Velázquez con la carpeta de Ortega debajo del brazo.

En el coche, con las manos en el volante y el motor encendido, tardó en arrancar.

Pensó en llamar a sus abogados. Pensó en llamar a la policía, o a Elena, para que no dejaran entrar a Ramón en la habitación de Carmen.

Pensó en todas las cosas que podía hacer con una llamada, con el dinero y el apellido.

Podía avisar al banco para que no atendieran ninguna gestión de Ramón sobre esa cuenta.

Podía conseguir que un abogado se plantara en el Clínico antes que Ramón.

Podía resolverlo todo sin que Eva se enterara de nada, igual que había resuelto lo del edificio y lo de la aseguradora.

No hizo ninguna de aquellas llamadas. Ya se había equivocado una vez al actuar por su cuenta y esta vez quería hablar primero con Eva. Iría al hospital, le explicaría lo que sabía y, después, ella decidiría qué hacer.

Arrancó el coche. Condujo hacia Moncloa con las dos manos en el volante y el móvil apagado en la guantera, a la velocidad exacta de las señales, porque se lo había prometido a sí mismo el día del atropello y no pensaba romper aquella promesa, ni siquiera entonces.

El tráfico de la calle de la Princesa era denso, y cada semáforo en rojo le pareció una eternidad.

Pensó en lo que le diría a Eva. No había preparado nada.

Le diría la verdad, toda la verdad, la del edificio, la de la cuenta, la de su madre en Oporto y la del detective.

Le daría la carpeta de Ortega y le diría que decidiera ella.

Si ella le pedía que llamara a los abogados, los llamaría.

Si le pedía que se marchara, se marcharía. Esta vez sería ella quien decidiera.

Entró en el aparcamiento del Clínico por la rampa de la calle del Profesor Martín Lagos y bajó al segundo sótano, que estaba casi vacío a aquella hora de la tarde.

Aparcó junto a los ascensores. Cuando se bajó del coche, con la carpeta en la mano, oyó voces al fondo del aparcamiento, junto a la salida de peatones.

Una era la voz ronca de un hombre. La otra era una voz de mujer que conocía mejor que la suya propia, y que en aquel momento temblaba.

Echó a andar hacia las voces. Al doblar la columna del fondo, los vio.

Eva estaba de espaldas contra la pared de hormigón, con el abrigo de lana de su madre y una bolsa de plástico en la mano.

Ramón Morales estaba delante de ella, muy cerca, con una carpeta de cartón abierta en una mano y un bolígrafo en la otra.

Le decía algo en voz baja, con la cara a un palmo de la suya.

Alejandro no oyó lo que le decía. Solo vio la cara de Eva, pálida, y la mano libre, la que no sujetaba la bolsa, que le temblaba igual que en el asfalto de Príncipe de Vergara el día que la conoció.

Se le cerraron los puños. Por un momento sintió una rabia tan grande que le nubló la vista, y estuvo a punto de echar a correr hacia ellos y apartar a aquel hombre de Eva con sus propias manos.

No lo hizo. Respiró hondo, despacio, como le había enseñado a ella en el semáforo.

Luego continuó, sin prisa, hasta que estuvo lo bastante cerca para que ella lo viera.

Eva levantó la vista por encima del hombro de su padre. Lo vio. En los ojos verdes de Eva había alivio. Alejandro no se lo esperaba.