Atropéllame otra vez Capítulo 20
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Capítulo 20

Lo que Alejandro no dijo

La noche del viernes en que Eva se marchó de la planta treinta y dos, Alejandro abrió por fin el cajón del estudio.

No lo hizo por valentía. Lo hizo porque no podía dormir, porque el ático de Chamberí se le había vuelto a quedar frío y porque los claveles de la jarra de cristal habían empezado a doblar el cuello.

Los había regado cada día, igual que las violetas del despacho, y aun así se le morían.

Se sentó en el suelo del estudio con el fajo de felicitaciones de Navidad en las rodillas, diecisiete sobres con sello de Portugal sujetos con una goma, y estuvo mucho rato con ellos en la mano sin quitar la goma.

Luego la quitó. Abrió el último, el de las navidades anteriores, porque era el que menos miedo le daba.

La felicitación era una tarjeta sencilla, con un dibujo de una estrella.

Dentro, con la misma letra inclinada y elegante de los sobres, su madre había escrito media página.

Le contaba que vivía en Oporto, cerca del río, y que daba clases de piano a niños del barrio.

Que se había vuelto a casar hacía años con un hombre bueno, que había muerto el invierno pasado.

Que pensaba en él todos los días. Y luego, al final, había un párrafo que Alejandro leyó tres veces, sentado en el suelo, con la espalda contra la estantería.

«Sé lo que te contó tu padre. Me lo dijo él mismo, en una carta, cuando cumpliste quince años, para que supiera que ya lo sabías.

Es verdad que firmé. Es verdad que acepté el dinero.

Lo que no te contó es que me dijo que, si no firmaba, me quitaría tu custodia en los tribunales igual, con los mejores abogados de Madrid, y que me arruinaría en el pleito, y que tú te criarías en medio de la guerra de tus padres.

Yo no tenía nada, Alejandro. Ni familia ni trabajo.

Firmé para que al menos no te criaras en medio de una guerra.

Me equivoqué. Debí pelear aunque perdiera.

Hace veintisiete años que te pido perdón, en estas tarjetas y en las que tu padre no te dio nunca, y no sé si las lees.

Si las lees, que sepas que no hay un solo día en que no me arrepienta».

Alejandro dejó la tarjeta encima de la alfombra.

No lloró. Repasó varias veces la carta y acabó fijándose en la estrella del dibujo.

Su padre le había mentido también en aquello, o al menos le había contado solo la mitad, la mitad que le convenía.

Comprendió que su madre no era como Ramón Morales, aunque los dos se hubieran ido con dinero de por medio.

Ramón se había llevado una hucha para jugársela a las cartas.

Su madre había aceptado un cheque porque tenía miedo.

Y comprendió, sobre todo, que él había hecho con Eva lo mismo que su padre había hecho con su madre.

No la había amenazado, ni la había obligado a firmar nada.

Pero había decidido por ella, con su dinero, sin preguntarle, porque estaba convencido de que sabía mejor que ella lo que le convenía.

Ernesto Castell también había estado convencido de eso toda su vida.

Abrió los otros dieciséis sobres aquella misma noche. Los leyó todos, uno detrás de otro, hasta que se hizo de día.

El lunes por la mañana, desde el despacho, llamó a Elena para preguntarle por la primera infusión de Carmen.

Colgó antes de que sonara el primer tono.

Le había prometido a Eva, a través de Elena, que no llamaría, y pensaba cumplirlo aunque se le comieran los nervios.

Se pasó la mañana sin hacer nada, con la maceta de violetas delante y la hoja de las reglas doblada encima del teclado de la mesa de Eva, en la antesala vacía.

Nadie la había tocado. Rubén pasaba por delante varias veces al día y la miraba, pero no la tocaba.

Begoña le había preguntado si quería que buscara a otra asistente, y él le había contestado que no, que de momento no. Ya habría tiempo.

El martes pasó por el semáforo. No había decidido hacerlo.

Salió de casa sin más, con el deportivo gris de aquella mañana, el de la raya en el capó, y al llegar a Príncipe de Vergara giró hacia Juan Bravo sin pensarlo, por costumbre, igual que había hecho cada mañana desde el primer lunes de octubre.

La vio en cuanto se paró en el semáforo.

Estaba en su esquina, junto a la farmacia, con el cubo en una mano y la rasqueta en la otra y el abrigo de lana de su madre.

Le pareció más delgada. No la miró. Se obligó a no mirarla, con las dos manos en el volante y la vista clavada en la luz roja, porque sabía que si la miraba no sería capaz de quedarse en el coche.

Fue el semáforo más largo de su vida. Cuando Tomás le llamó con los nudillos a la ventanilla, se lo agradeció en el alma, porque le dio algo que hacer.

El miércoles no pasó por el semáforo. Elena le llamó a primera hora.

—Ya sé que no me vas a preguntar —le dijo sin saludar—, así que te lo cuento yo.

Carmen está ingresada en el Clínico desde esta madrugada.

Infección de orina con fiebre alta y una fisura de cadera por una caída.

No es grave. Se va a recuperar. Pero Eva está sola en la sala de espera con un abrigo encima del pijama, y me ha parecido que tenías derecho a saberlo.

Alejandro no contestó enseguida. Se quedó de pie junto a la ventana del despacho, con el móvil en la oreja.

—¿Te ha pedido que me lo cuentes?

—No. Ni se le ha pasado por la cabeza. —Elena suspiró—. No vengas, Alejandro. Te conozco. No vengas si ella no te llama. Pero si te llama, ven corriendo.

No fue. Se quedó en el despacho todo el día, con el móvil encima de la mesa y la pantalla boca arriba, por si ella llamaba.

No llamó. Por la noche no fue al ático. Se quedó a dormir en el sofá del despacho, con la americana por encima, y a las tantas de la madrugada se despertó y miró el móvil, y seguía sin nada.

Antes de dormirse, cuando ya no quedaba nadie en la planta, Rubén había llamado a la puerta del despacho con dos bocadillos de calamares de la esquina y una lata de cerveza para cada uno.

Alejandro no le había pedido nada. Rubén entró sin esperar a que le dijera que pasara, dejó los bocadillos encima de la mesa, junto a la maceta de violetas, y se sentó en una de las sillas de piel con su lata en la mano.

—Me ha dicho Bárbara que no te has ido a casa —le explicó—. Y como Eva no está para decirte que comas, he pensado que alguien tendría que hacerlo.

Alejandro lo observó un momento sin decir nada. Luego cogió uno de los bocadillos y le dio un mordisco. Estaba frío y le faltaba sal.

—No son como los de Manolo —comentó.

—Ya lo sé. Pero los de Manolo están en Usera, y a Usera no puedes ir.

—Rubén bebió un trago de cerveza—. Mira, jefe, no es asunto mío.

Pero desde que llegó Eva a esta planta te hemos visto cambiar.

Pides las cosas por favor. Comes sentado.

Te ríes. Hasta riegas una maceta con un vaso medidor.

Nadie se cree que eso haya sido gratis. Y nadie se cree que se haya acabado.

—Se ha acabado, Rubén.

—Eso dices tú. —Rubén se levantó y dejó la lata vacía en la papelera—. Yo aposté veinte euros en la porra a que no. Y la última vez que aposté contra Eva, perdí.

Se fue sin despedirse. Alejandro se quedó solo con el bocadillo a medio comer y se preguntó si Rubén tendría razón.

El jueves por la mañana le llamó el detective.

Se llamaba Matías Ortega y era un expolicía de unos sesenta años que trabajaba para los abogados de Castell Motors desde hacía mucho tiempo.

Alejandro lo había contratado el viernes de la ruptura, después de que Eva se marchara, y le había dado una sola instrucción: averiguar todo lo que pudiera sobre Ramón Morales, sin acercarse a él y sin hacer nada más.

Había dudado mucho antes de llamarlo. Sabía que contratar a un detective era meterse donde no le llamaban, y que si Eva se enteraba, le parecería otra forma de organizarle la vida.

Pero Ramón no era la vida de Eva. Ramón era una amenaza para ella, y Alejandro se había prometido que esta vez, pasara lo que pasara, no haría nada con lo que averiguara sin contárselo a ella primero.

—Tengo lo que me pidió —le dijo Ortega por teléfono—. Y no le va a gustar. ¿Puede venir?

Ortega lo esperaba en una cafetería de la calle Velázquez, en una mesa del fondo, con una carpeta de cartón marrón encima de la mesa y un cortado delante.

Era un hombre bajo y grueso, con el pelo gris cortado a cepillo y unos ojos pequeños que no se perdían nada.

Abrió la carpeta en cuanto Alejandro se sentó.

—Ramón Morales Gil, sesenta y dos años —empezó—.

Lo de Alemania es verdad a medias. Estuvo cinco años, no doce, en una fábrica cerca de Colonia.

Le echaron por faltar al trabajo. Luego volvió a España y se instaló en Valencia, donde ha vivido los últimos trece años.

Ha trabajado de camarero y de repartidor, poco tiempo en cada sitio.

Y ha jugado. Mucho. Póker clandestino, máquinas tragaperras y apuestas deportivas por internet.

—¿Deudas?

—Muchas. —Ortega pasó una hoja—. Pero esa es la parte buena.

La mala es a quién se las debe. Hace dos años pidió un préstamo a un prestamista de Valencia, un tal Salvador Ripoll, que presta dinero a jugadores con intereses del cuarenta por ciento y no tiene mucha paciencia.

Su padre, digo, el de su novia, le debe a Ripoll unos treinta mil euros.

Ripoll le dio de plazo hasta final de mes.

Por eso vino a Madrid, señor Castell. No vino por la revista.

Vino porque necesitaba el dinero antes de final de mes, y la revista le dio la idea de dónde sacarlo.

Alejandro se quedó muy quieto.

—Me pidió veinte mil en el bar —dijo.

—Le pidió veinte mil porque pensó que con veinte se lo daría sin pensarlo. Luego habría vuelto a por los otros diez. —Ortega bebió un sorbo de cortado—. Pero eso no es lo peor. Lo peor es esto.