Atropéllame otra vez Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

No era la primera vez. Había estado sola en las salas de espera muchas veces durante nueve años, con el diagnóstico y con cada uno de los brotes.

Pero aquella noche fue distinto, porque durante todo aquel tiempo había sabido lo que era no estarlo.

Había tenido a alguien a quien llamar. Alguien que me habría cogido las manos en aquella sala de espera y me habría dicho que respirara con él, despacio.

Lo tenía en el móvil, a un botón de distancia.

Saqué el teléfono y busqué su nombre. Tuve el dedo encima de su nombre sin llegar a pulsarlo.

Luego lo guardé otra vez en el bolsillo del abrigo, sin llamar.

La doctora Sanz salió al amanecer. Se sentó a mi lado en la sala de espera, con un café de la máquina para mí y otro para ella.

—Tiene una infección de orina con fiebre alta, que le ha provocado un empeoramiento de los síntomas —me explicó—.

Es frecuente en la esclerosis, sobre todo en pacientes con movilidad reducida.

Lo de la pierna es una fisura en la cadera por la caída.

No necesita operación, pero tendrá que estar ingresada unos días, con antibióticos y reposo.

Y vamos a suspender la segunda dosis del ensayo hasta que se recupere.

—¿Pero se va a recuperar?

—Se va a recuperar de la infección y de la fisura. —La doctora me miró a los ojos—. De lo demás, ya sabes que no te puedo prometer nada. Pero no es un brote nuevo, Eva. Es la infección, que hace que todo parezca peor de lo que es. Cuando baje la fiebre, volverá a estar como antes.

Asentí sin poder hablar. La doctora me puso una mano en el hombro, un momento, y se fue.

Subieron a mi madre a planta a media mañana, a una habitación doble de la cuarta, con una ventana que daba a un patio interior.

La otra cama estaba vacía. Mi madre se quedó dormida enseguida, con el suero en el brazo y la pierna inmovilizada, y yo me senté en el sillón de acompañante, que era de piel sintética y se pegaba a los muslos.

Me pasé allí todo el día. Luisa vino por la tarde con una bolsa con mi ropa, un cepillo de dientes y una tortilla de patatas envuelta en papel de aluminio.

Charo me llamó desde el Doce de Octubre para decirme que había hablado con una compañera del Clínico y que me trataran como a una reina.

Paco me mandó un mensaje con un ramo de flores dibujado.

Del carrito no se ocupó nadie, y lo dejé cerrado en el almacén de Manolo. Del semáforo me olvidé.

El miércoles por la noche, mi madre se despertó un rato. La fiebre le había bajado un poco y tenía la mirada más clara, aunque la voz seguía débil. Me buscó con la mano buena por encima de la sábana, y yo se la cogí.

—¿Has comido algo?

—La tortilla de Luisa.

—Esa tortilla tiene más aceite que patatas. —Sonrió apenas—. ¿Le has llamado?

No hizo falta que me dijera a quién.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no puedo, mamá. Si lo llamo, viene. Y si viene, lo arregla todo. Y yo no sé vivir con alguien que me lo arregla todo.

Mi madre se quedó un rato callada, con los ojos en el techo de la habitación, que no tenía ninguna mancha de humedad.

—Cuando naciste tú, tu padre no vino al hospital —dijo al fin—.

Estaba en el bar de la esquina, de celebración con los amigos, y se quedó allí hasta que cerraron.

Yo pasé la primera noche sola contigo en una habitación como esta, con la cama de al lado vacía.

Me juré que nunca más dependería de un hombre para nada.

Y lo cumplí, hija. Lo he cumplido casi treinta años, hasta el último día.

—Me apretó los dedos—. Y ahora mírame. Aquí estoy, en una cama de hospital, con la cadera rota y una hija que no duerme.

El orgullo no me ha quitado ni una sola noche sola. Me las ha dado todas.

No supe qué contestarle, porque era la primera vez que mi madre me hablaba de aquella noche, y comprendí que la había guardado toda la vida para un momento como aquel.

Le acaricié la mano hasta que se volvió a quedar dormida, y luego seguí allí a oscuras, en el sillón de piel sintética, con el móvil apagado en la mano.

El jueves por la tarde, mientras mi madre dormía, salí al pasillo a por un café. Fui hasta la máquina del fondo, junto al control de enfermería, y saqué las monedas del bolsillo. Cuando me di la vuelta con el vaso en la mano, lo vi.

Mi padre estaba en el control de enfermería, con su abrigo gris y un ramo de rosas rojas de las de importación. Hablaba con una enfermera joven, al otro lado del mostrador. Me quedé helada en mitad del pasillo, con el café, que me quemaba los dedos a través del vaso de plástico.

—Busco a Carmen Ruiz —le decía mi padre a la enfermera, con la voz más dulce del mundo—. Me han dicho que está en esta planta. Soy su marido.

La enfermera no le dio ningún dato. Le preguntó si Carmen esperaba su visita.

—Espere un momento, por favor. Tengo que comprobarlo.

—Muchas gracias. —Mi padre se volvió hacia el pasillo y me vio. No se sorprendió. Me sonrió con la sonrisa de los patos del Retiro, con el ramo de rosas en los brazos—. Hola, Evita. Os he visto entrar en el hospital estos días. Tampoco era tan difícil seguirte.

—No puede entrar.

—Claro que puedo. —Se acercó a mí despacio, sin dejar de sonreír—.

Soy su marido, hija. Tu madre y yo nunca nos divorciamos.

Ella no tenía dinero para abogados, y yo tampoco, y luego me fui a Alemania.

Sobre el papel, soy su marido todavía. Soy su marido.

Tengo derecho a verla y a saber cómo está.

Y si hace falta firmar algo, tendrán que hablar conmigo.

Me quedé sin aire. El vaso de café se me cayó de la mano y se derramó por el suelo del pasillo, a los pies de los dos.

La enfermera del control levantó la vista, alarmada.

Mi padre no se movió. Me miraba desde arriba, con los ojos verdes, los míos, y no vi en ellos nada del padre que llevaba días fingiendo estar arrepentido. Quería algo de mi madre.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, frente a frente, en mitad del pasillo de la cuarta planta.

Sé que pensé en mi madre, dormida al otro lado de la puerta de la cuatrocientos doce, con la pierna inmovilizada y el suero en el brazo.

Sé que pensé en el ensayo suspendido y en la fisura de la cadera.

Pensé, sobre todo, que había dejado mi trabajo y que no podía llamar a Alejandro.

Lo había dejado todo yo, por orgullo, en una planta treinta y dos con Madrid entero a los pies.

Y mi padre, que siempre había sabido elegir el momento, había elegido aquel.