Atropéllame otra vez Capítulo 19
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Capítulo 19

Sin red

El sábado por la mañana, Tomás me vio llegar al semáforo de Príncipe de Vergara con el cubo en la mano y se le cayó una caja de pañuelos al suelo.

La recogió sin dejar de mirarme, con la boca abierta, y no dijo nada hasta que me planté en mi esquina de siempre, junto a la farmacia, y saqué la rasqueta de la mochila.

—¿Tú no salías en las revistas?

—Ya no.

—¿Y el de los coches?

—Tampoco.

Tomás no preguntó más. Me conocía lo suficiente para saber cuándo una no quiere hablar, y me dejó en paz toda la mañana.

Solo se acercó una vez, al mediodía, con un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio que me dejó encima del bordillo sin decir nada.

Me lo comí sentada en la acera, entre semáforo y semáforo, y me supo a gloria, aunque estaba frío y le faltaba sal.

Los sábados hay menos tráfico en el barrio de Salamanca, de modo que saqué poco.

Nueve euros con cincuenta en toda la mañana, la mayoría en monedas de veinte céntimos.

Un señor con un todoterreno negro me reconoció por las fotos y me bajó la ventanilla para decirme que era una vergüenza que la novia de un millonario les quitara el sitio a los pobres de verdad.

No le contesté. Le limpié el cristal igual, de arriba abajo, con mucho cuidado, y cuando el semáforo se puso en verde le di las gracias.

Se marchó sin darme ni un céntimo. Tomás le hizo un gesto feo con la mano a su espalda.

Por la tarde fui al carrito. Paco me abrazó en la puerta del hospital, y Manolo me sacó un café con leche al banco de la parada del autobús sin que se lo pidiera.

Nadie me preguntó por Alejandro. Lo noté, y se lo agradecí, y al mismo tiempo me dolió, porque significaba que todo el mundo sabía ya lo que había pasado y que nadie se atrevía a nombrarlo delante de mí.

Vendí muchas flores aquella tarde. Más que nunca.

Supongo que la mitad de la gente que pasaba por la acera había visto la revista o la tele, y que alguna me compraba un ramo por lástima y otra por curiosidad. Me dio igual. Las monedas eran mías.

El lunes llevé a mi madre al Clínico para la primera infusión del ensayo.

Vicente y el hijo de la del tercero vinieron a ayudarnos a primera hora con la silla estrecha de las escaleras.

Abajo nos esperaba el taxi adaptado, que pagué yo con lo del carrito del sábado.

La doctora Sanz nos recibió junto a una entrada lateral del Clínico, como había prometido, con una celadora y una silla de ruedas del hospital.

No había ni un fotógrafo. Subimos a la sexta planta por un ascensor de servicio, y la sentaron en un sillón reclinable junto a una ventana, con una vía en el brazo bueno y una bolsa de suero colgada de un gancho.

Estuvimos allí toda la mañana. Mi madre hizo dos crucigramas, le contó a la enfermera tres chistes de conejillos de Indias y se quedó dormida al final, con la boca abierta, mientras el líquido de la bolsa le entraba gota a gota en la vena.

Yo me quedé sentada a su lado en una silla de plástico, sin moverme, con los ojos puestos en ella mientras dormía.

La doctora Sanz pasó a vernos antes de irse. Se sentó un momento en el brazo del sillón de mi madre, con la carpeta en las rodillas, y me miró por encima de las gafas rojas.

—Todo ha ido bien —me dijo—. Puede que esta noche tenga algo de fiebre o que se encuentre cansada.

Es normal en la primera dosis. Si la fiebre pasa de treinta y ocho y medio, me llamas a este número a la hora que sea.

—Me dio una tarjeta—. A la hora que sea, Eva.

No me hagas caso si te digo que no se me puede molestar.

—Gracias.

—No me des las gracias. —Se levantó—. Y otra cosa. No me ha preguntado. No ha llamado para saber cómo ha ido. Me dijo el viernes que no lo haría, porque tú se lo habías pedido, y lo cumple. Te lo cuento porque me parece que tienes derecho a saberlo.

No le contesté. Ella tampoco esperaba respuesta. Se marchó por el pasillo con su carpeta y sus gafas rojas, y yo no aparté la vista de la bolsa de suero vacía hasta que vino la enfermera a quitarla.

El martes por la mañana volví al semáforo.

Mi madre se había despertado cansada, pero sin fiebre, y Luisa me prometió que subiría a verla cada poco.

Hacía frío. El cielo estaba bajo y gris, y la luz de los semáforos se reflejaba en el asfalto mojado de la noche anterior.

Tomás me esperaba en su esquina con dos cafés de la máquina de la farmacia, uno para él y otro para mí.

El coche gris apareció a la hora de siempre, cuando la farmacia subía la persiana.

Lo vi llegar desde el fondo de la calle, por el carril de la izquierda, igual que el primer lunes de octubre.

No era el Castell Siete de la gala, ni el de Cheste.

Era el de la mañana del atropello, el primero de la serie, idéntico al prototipo de las primeras semanas.

Seguía llevando la raya que le hice con la rasqueta en el capó.

Alejandro nunca la había mandado arreglar.

Se paró en el semáforo en rojo, justo delante del paso de cebra.

Detrás del parabrisas, que no estaba tintado, vi a Alejandro con las dos manos en el volante. No llevaba el móvil. Miraba al frente.

No me acerqué. Me quedé en la acera, junto a la farmacia, con el cubo en una mano y la rasqueta en la otra, y el corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que lo notaba en las orejas.

Él tampoco se volvió hacia mí. No bajó la ventanilla ni tocó el claxon.

Se quedó allí sentado, con la vista al frente, durante todo el tiempo que tardó el semáforo en cambiar, que se me hizo eterno.

Tomás me miró a mí y luego lo miró a él.

Después cruzó entre los coches con una caja de pañuelos en la mano, se acercó a la ventanilla del conductor y llamó con los nudillos.

Alejandro bajó la ventanilla. No oí lo que se dijeron.

Solo vi que Tomás le daba la caja de pañuelos y que Alejandro le daba un billete.

Tomás negó con la cabeza, con el billete en la mano, y dijo algo más.

Alejandro asintió. Luego el semáforo se puso en verde, Alejandro subió la ventanilla y el coche gris arrancó despacio, muy despacio, con más cuidado del que había tenido nunca, y se perdió por el fondo de la calle hacia la Castellana.

Tomás volvió a mi esquina con el billete todavía en la mano. Era de veinte euros.

—Le he dicho que no aceptabas su dinero —me explicó—. Me ha dicho que el dinero no es para ti, que es para mí, por los pañuelos. Que los pañuelos valen lo que valen y que él los paga como quiere.

—¿Y qué más te ha dicho?

—Que no te diga nada. —Tomás se guardó el billete en el bolsillo—. Que solo pasaba por aquí porque es su camino, y que si te molesta, cambiará de calle. Y que esperaba que tu madre estuviera bien.

No dije nada. Me di la vuelta hacia la farmacia para que Tomás no me viera la cara.

Me daba rabia que me hubiera bastado verlo detrás del parabrisas, sin mirarme, para tener ganas de cruzar la calle y dejar que me atropellara otra vez.

Lo echaba muchísimo de menos. Y no podía perdonarle, porque perdonarle habría sido aceptar que mi vida tenía precio y que alguien lo había pagado sin preguntarme.

La fiebre de mi madre empezó aquella misma noche.

Al principio fue poca cosa. Treinta y siete y medio, treinta y ocho.

Le di el paracetamol que me había dicho la doctora Sanz y le puse un paño húmedo en la frente, y se quedó dormida.

Yo me quedé despierta en la silla de su cuarto, con el termómetro en la mano y la tarjeta de la doctora en el bolsillo del pijama, hasta que me venció el sueño.

Me desperté con un golpe sordo, de madrugada. Venía del pasillo.

Mi madre estaba en el suelo, junto a la puerta del baño, con el camisón empapado de sudor y la pierna izquierda doblada en un ángulo raro.

Había intentado levantarse sola para ir al baño, sin despertarme, porque llevaba nueve años sin despertarme por las noches para no molestarme.

Tenía los ojos abiertos y muy brillantes, y la frente ardía.

—No me he hecho nada —me dijo, con la voz muy débil—. No te asustes.

Le toqué la frente. Pasaba de treinta y nueve.

Llamé a la doctora Sanz con las manos temblorosas.

Me contestó a la segunda, con la voz pastosa de sueño, y me dijo que llamara a una ambulancia y que ella me esperaba en Urgencias del Clínico.

Luego llamé a la ambulancia. Luego bajé a la carrera al primero, en pijama, y aporreé la puerta de Luisa hasta que me abrió.

La ambulancia tardó poco, aunque a mí me pareció una eternidad.

Los técnicos subieron con una silla de evacuación y pidieron refuerzos para bajar a mi madre con la cadera inmovilizada.

En el último descansillo tuvieron que maniobrar con mucho cuidado, porque apenas había sitio para girar la silla.

Mi madre se quejaba muy bajo cada vez que le movían la pierna.

Los vecinos se asomaron a las puertas. La del tercero también, en bata, aunque esa vez no dijo nada.

Me subí a la ambulancia con mi madre, con el abrigo encima del pijama y las bailarinas sin calcetines, y Luisa se quedó en la acera con la mano en el pecho.

En Urgencias del Clínico nos esperaba la doctora Sanz, con el pelo canoso alborotado, unas zapatillas de deporte y la bata blanca encima de un chándal.

Se llevó a mi madre para dentro y a mí me dejó en la sala de espera.

Me senté en una silla de plástico atornillada al suelo, igual que las del Doce de Octubre el día del atropello.

Era de madrugada. En la sala había un hombre con la cabeza vendada y una chica joven que lloraba en silencio junto a la máquina de café.

No había nadie más. Me senté con el abrigo encima del pijama y las manos entre las rodillas.

No sabía cuánto tardarían en decirme algo.