Atropéllame otra vez Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Mi madre estaba en la silla junto a la ventana cuando llegué.

Los fotógrafos se habían marchado de la puerta del portal por la mañana, después de que Paco, que había venido a ver a Luisa, les dijera cuatro cosas en un idioma que no se aprende en ningún colegio.

La calle de la Madreselva estaba tranquila otra vez.

Mi madre me vio entrar con la mochila al hombro a una hora a la que nunca entraba, y supo que había pasado algo.

Dejó el libro de crucigramas en la mesa camilla.

—¿Qué ha pasado?

Le conté lo de Gonzalo y la huella dactilar. Luego le conté lo del edificio. Mi madre me escuchó sin interrumpirme, con la mano buena encima de la mesa camilla, muy quieta. Cuando terminé, miró la mancha de humedad del techo antes de hablar.

—Así que el dueño de esta casa es él —dijo al fin.

—Desde el día después de conocerte.

—Y no nos lo dijo.

—No.

Mi madre suspiró. No parecía enfadada. Parecía cansada, y algo más que no supe nombrar.

—Hija, si no lo hubiera comprado, don Anselmo nos habría echado a final de mes. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, mamá.

—No te lo digo para que le perdones. Te lo digo para que no te olvides. —Me miró—. Ese hombre vio esta casa una sola tarde y no pudo dormir. Eso también cuenta.

—Ya lo sé que cuenta. —Me senté en la silla de enfrente—.

Pero no cuenta más que lo otro. Me miró a los ojos y me mintió, mamá.

Le puse condiciones y me dijo que sí. Firmamos reglas y él ya las había roto.

Y el sábado, en su casa, escribimos una servilleta que dice «nada de silencios», y la tienes ahí pegada, en la puerta de la nevera, al lado del recibo de un alquiler que le pagaba a él.

Mi madre miró hacia la cocina. Desde la mesa camilla se veía la puerta de la nevera, con el recibo de don Anselmo y, al lado, la servilleta.

No dijo nada. Yo me levanté, fui a la cocina y despegué la servilleta.

La doblé en cuatro y me la guardé en el bolsillo del pantalón.

No sé por qué no la tiré. Supongo que por lo mismo que no tiré nunca los trozos de la hucha.

Por la tarde subió don Anselmo. Llamó con sus tres golpes secos, aunque esta vez más flojos que de costumbre.

Le abrí sin quitarle la vista de encima.

Tenía la chaqueta de punto de siempre y el bigote recortado al milímetro, pero había perdido el aire de casero que me sacaba de quicio.

Parecía más pequeño. Se quedó en el felpudo, sin atreverse a entrar.

—Me he enterado —dijo—. Por la tele. Lo del edificio.

—Lo sabía usted desde octubre, don Anselmo.

—Lo sabía. —Bajó la vista—. Y le prometí al señor Castell que no se lo diría a nadie. Él me lo pidió como un favor. Me dijo que si ustedes se enteraban, usted no lo aceptaría. Que era muy orgullosa.

—Tenía razón.

—Ya lo veo. —Se retorció las manos—. Mire, señorita Eva, yo no quería engañarla.

Necesitaba el dinero. Mi hija lleva dos años sin trabajo, tiene dos niños y el marido se le fue con otra.

Ese hombre me pagó el edificio a buen precio, sin regatear, y lo único que me pidió fue que no les echara nunca, que les cobrara como siempre y que no les dijera nada.

Y que arreglara la humedad del techo, que ya tenía la cita con el albañil para el mes que viene.

—¿Y el dinero del alquiler? ¿Se lo daba a él?

Don Anselmo abrió la boca para contestar. Luego la cerró. Me miró un momento, con una expresión que no supe interpretar, y negó con la cabeza.

—Eso pregúnteselo a él —dijo—. Yo ya he hablado demasiado por un día.

Se marchó escaleras abajo con su chaqueta de punto, muy despacio, agarrado a la barandilla. Yo me quedé en la puerta. No le di importancia a lo que había dicho, o no quise dársela. En aquel momento no me quedaba sitio dentro para más preguntas.

Alejandro me llamó cuatro veces aquella tarde.

No contesté a ninguna. Luego me mandó un mensaje.

Decía: «No voy a ir a tu casa si no me lo pides.

No voy a mandarte nada. No voy a hacer nada.

Pero el lunes es la primera infusión de tu madre, y Elena tiene preparada la entrada de servicio del Clínico.

Eso no es mío. Es de tu madre y de Elena.

Por favor, no la dejéis por mí». No le contesté.

Pero tenía razón, y aquello también me dolió, porque hasta para pedirme perdón sabía pedirme lo correcto.

Llamé a la doctora Sanz yo misma, porque necesitaba saber que lo del lunes no dependía de nadie más que de mi madre. Me contestó desde la consulta, con prisa, y se le notó en la voz que ya lo sabía todo.

—Tu madre es mi paciente, Eva —me dijo antes de que yo terminara la pregunta—.

Está en el ensayo porque cumple los criterios, no porque me lo pidiera nadie.

Eso no lo cambia una revista ni lo cambia un edificio.

El lunes la espero a primera hora por la puerta de urgencias pediátricas, que es la que no vigila nadie.

—Gracias.

—No me las des. —Se quedó un momento callada—.

Y te voy a decir una cosa que no me has preguntado, porque soy así de pesada.

Conozco a Alejandro desde los nueve años.

En el internado le tiraban de las orejas por no llorar nunca, ni cuando se rompía algo.

En veintiséis años no le he oído pedir perdón a nadie, ni una sola vez.

Esta mañana me ha llamado para preguntarme por tu madre y me ha pedido perdón a mí, que no tengo nada que ver.

—Hizo una pausa—. No te digo lo que tienes que hacer. Solo te digo que eso, en él, es nuevo.

Colgué sin saber qué contestarle. No quería oír aquello. Quería seguir enfadada con él sin que nadie me pusiera nada en el otro plato de la balanza, y todo el mundo, desde mi madre hasta la doctora Sanz, se empeñaba en ponerme algo.

Por la noche, cuando mi madre se durmió, me senté en el suelo de la cocina con la espalda contra la nevera, que es donde me siento siempre que tengo que pensar.

Saqué la servilleta del bolsillo y la desdoblé.

«Regla número cinco: nada de silencios».

Debajo estaban nuestras dos firmas, la suya apretada y recta, la mía redonda y un poco infantil.

No le quité la vista de encima en mucho rato.

Podría haber llegado a entender lo de la compra.

Lo que me costaba perdonarle era que hubiera seguido callado mientras yo vivía allí, convencida de que por fin podíamos pagar el alquiler sin ayuda.

Me preguntaba si el sueldo y el anticipo habían sido un trato de verdad.

Hasta llegué a darle vueltas a la noche de su terraza y a la mañana del atropello.

Eso era lo que no podía perdonarle. Que me hubiera quitado la certeza de saber qué era mío.

Doblé la servilleta otra vez y la metí en la caja de zapatos, debajo de la cama, junto a los trozos del cerdito de barro.

Luego me puse el despertador muy temprano, antes de que amaneciera.

Al día siguiente, a la hora de siempre, volvería al semáforo de Príncipe de Vergara con Juan Bravo, con mi cubo de cuatro euros y mi rasqueta.

Allí, al menos, cada moneda que me echaran al cubo sería mía. Nadie me la habría comprado antes.