Capítulo 18
Ruptura
Gonzalo se marchó del despacho con la carpeta azul bajo el brazo y la cabeza muy alta, igual que había entrado.
Al pasar a mi lado se detuvo un momento y me miró desde arriba, con aquella sonrisa fina, y siguió andando.
Ya había conseguido lo que quería. Javi recogió el portátil en silencio y salió detrás de él.
Rubén nos miró desde la puerta antes de cerrarla con cuidado.
Nos quedamos solos. Alejandro seguía de pie detrás de la mesa, con las manos apoyadas a los lados de la maceta de violetas.
Yo seguía sentada en la silla de piel, la misma en la que me había sentado el día del trato, cuando le exigí un contrato de verdad y el sueldo de Marta, ni un euro más.
Tardé en atreverme a preguntar. Por la ventana se veía Madrid entero, gris, con el cielo bajo de enero.
—¿Cuándo? —le pregunté al fin.
No me contestó enseguida. Se pasó la mano por la cara, despacio, de arriba abajo.
—El día después de subir a tu casa por primera vez —dijo—. El día del cubo.
Hice la cuenta. No me costó, porque aquellos días los tenía grabados uno detrás de otro.
El lunes me atropelló. El martes subió a mi casa con el cubo y los pasteles, y conoció a don Anselmo.
El miércoles me presenté en aquel mismo despacho con la blusa de mi madre y el sobre en el bolso, mientras él ya tenía apalabrada la compra.
—El miércoles —dije.
—El miércoles por la mañana. Antes de que llegaras.
—Antes de que llegara. —Repetí la frase despacio, para entenderla bien—. Antes de que me sentara en esta silla y te dijera que no quería sobres, ni caseros, ni que me pagaras nada a mis espaldas. Ya habías decidido comprarlo.
—Sí.
—Y me dijiste «de acuerdo».
—Sí.
Me levanté de la silla. Me temblaban las piernas, pero no me senté otra vez. Me quedé de pie delante de su mesa, con las manos apoyadas en el borde, igual que el día del sobre, cuando le dije que su dinero valía menos que poder mirarme al espejo.
—Explícamelo —le pedí—. Despacio, que lo quiero entender todo.
Me lo explicó. Me contó que aquella tarde, después de bajar las escaleras de mi casa, se había quedado un buen rato sentado en el coche, en la calle de la Madreselva, sin arrancar.
Había visto la mancha de humedad del techo y la silla de mi madre, que no giraba en el último descansillo.
Había oído a don Anselmo hablar del abogado y de la demanda.
Esa misma noche llamó a uno de sus abogados y le pidió que averiguara quién era el dueño del edificio.
A la mañana siguiente, muy temprano, el abogado había hablado con don Anselmo.
El hombre necesitaba dinero, porque su hija llevaba dos años sin trabajo y su pensión no daba para todo.
Aceptó enseguida la oferta y firmó un compromiso de venta con una señal.
Durante los días siguientes, el abogado pidió las notas del Registro y revisó las cargas y los contratos de alquiler.
La escritura se firmó después en una notaría de la calle Serrano, a nombre de Alejandro.
En el acuerdo incluyeron las mensualidades pendientes.
Don Anselmo seguiría cobrando los alquileres en mano, como siempre, y entregaría ese dinero para ingresarlo en la cuenta que Alejandro había abierto.
Nadie debía enterarse de que el dueño había cambiado.
—Por eso dejó de amenazarnos con el abogado —murmuré—. Por eso me guiñaba un ojo cada vez que le pagaba. Por eso me preguntaba por mi novio.
—No sabía que te dijera eso.
—Pues me lo decía. Me lo decía y yo pensaba que era un viejo cotilla. —Me reí, y la risa me salió amarga—. Y era el único de todo el edificio que sabía la verdad.
—Eva…
—Déjame terminar. —Levanté una mano—. El anticipo.
El anticipo que te pedí sentada en esa silla para pagarle a don Anselmo.
El que me ha costado salir en una revista como una aprovechada.
Ese dinero se lo di a don Anselmo en billetes de cincuenta, en el bajo, encima de la mesa del recibidor. Y don Anselmo, ¿a quién se lo dio?
Alejandro no contestó.
—Te lo dio a ti —dije—. He trabajado para ti y luego te he pagado el alquiler a ti.
Con tu dinero. Me pagabas el sueldo, yo te devolvía el anticipo y el alquiler iba a parar a tu cuenta.
Era todo tuyo, Alejandro. El sueldo, el piso, el techo con la mancha.
Todo. Y yo, mientras tanto, pegué el recibo de don Anselmo en la puerta de la nevera, igual que un diploma.
—No es así. El alquiler no…
—No quiero oír nada más.
—Escúchame, por favor. El dinero del alquiler no…
—¡He dicho que no quiero oír nada más!
Grité. Fue la primera vez que le grité en todo aquel tiempo, en el despacho, con la puerta cerrada y la antesala llena de gente al otro lado del cristal.
Vi que Rubén levantaba la cabeza desde su mesa.
Vi que Begoña, que pasaba por el pasillo con una carpeta, se quedaba quieta.
No me importó. Alejandro cerró la boca. Estaba pálido. Bajó la vista y guardó silencio.
Respiré hondo. Me obligué a bajar la voz.
—Lo peor no es el edificio —le dije—. Si me lo hubieras contado aquella misma semana, me habría puesto hecha una furia y te habría tirado el cubo a la cabeza, pero lo habría entendido.
Lo habría entendido, porque entonces no me conocías y no sabías hacer las cosas de otra manera.
Me lo dijiste tú mismo en el banco de la parada.
Lo peor es lo que vino después. Me miraste a los ojos cuando te puse las condiciones y me dijiste que de acuerdo.
Me dejaste firmar cuatro reglas en una hoja de papel, delante de toda la planta, y tú ya sabías que la primera estaba rota.
Me contaste lo de tu madre y lo del cheque de tu padre, y yo te conté lo de la hucha, y tú tenías esto guardado.
Y el sábado, en tu terraza, cuando escribimos la regla número cinco en una servilleta…
Me callé. Me acordé en aquel momento, con una nitidez que me dolió, de la servilleta encima del suelo de madera y del bolígrafo en su mano.
Me acordé también de la pausa. Fue una pausa muy pequeña, de nada, antes de escribir «nada de silencios», en la que se quedó con la vista en el papel y el bolígrafo en el aire.
Yo creí que pensaba en su padre. Pensé que le costaba escribirlo porque nunca había tenido a nadie a quien prometerle algo así.
No se me ocurrió que pensara en el edificio.
—Lo pensaste —le dije—. Cuando escribiste la regla. Te quedaste un momento con el bolígrafo en el aire. Lo pensaste y la escribiste igual.
Alejandro bajó la vista. No lo negó.
—Iba a decírtelo —dijo, muy bajo—. Quería ponerlo a nombre de tu madre. Esperaba el momento.
—¿A nombre de mi madre? —Me quedé helada—. ¿Ibas a regalarnos la casa?
—No era un regalo. Era…
—Era el sobre del cubo, Alejandro. Pero en grande. Con escrituras y notario.
No contestó. No le quedaba nada que contestar.
Yo tampoco tenía nada más que decir. Me quité la tarjeta de acceso de la empresa, la que llevaba colgada de una cinta en el cuello desde el primer lunes, y la dejé encima de su mesa, junto a la maceta de violetas.
Luego salí a la antesala. Toda la planta me miraba.
No me importó. Me acerqué a mi mesa y descolgué la hoja de las reglas del corcho, la de las cuatro reglas firmadas por los dos, con su letra apretada y recta en la cuarta.
La miré un momento. Luego la doblé por la mitad y la dejé encima del teclado.
Alejandro había salido detrás de mí. Se quedó en la puerta de su despacho, con los brazos a los lados.
—Eva, no te vayas así. Por favor.
—Me dijiste el primer día que si te decía que esperara, me iría a vender claveles. —Me colgué la mochila al hombro—. Pues me voy a vender claveles. Lo que te debo del anticipo te lo descuentas del finiquito. Si no llega, te lo devuelvo yo. Mes a mes, como sea.
—No me debes nada.
—Te debo un mes de alquiler en mi propia casa —repliqué—. Y no pienso deberte nada más en mi vida.
Me fui hacia el ascensor. Nadie me paró.
Rubén se levantó de su silla, aunque tampoco intentó detenerme.
Bárbara me esperaba en el vestíbulo, porque alguien la había avisado desde arriba, y me acompañó por el garaje sin hacer preguntas.
Antes de dejarme salir por la rampa, me dio un abrazo muy rápido, de los que no esperan respuesta.
—Esto no se lo merecía nadie —me dijo—. Ni tú ni él.
No tenía nada que decirle. Subí la rampa del garaje y salí a la calle de atrás, donde no había fotógrafos.
Me metí en el metro. No lloré en todo el trayecto.
Me senté en un asiento junto a la puerta, con la mochila sobre las rodillas y la vista fija en el cristal oscuro del vagón, donde se reflejaba mi cara.
Tenía la cara de mi padre. Los ojos verdes y la boca apretada.
Enfrente de mí, una señora de unos sesenta años leía «Corazón Hoy», abierta por la página de mi padre en la pensión.
Pasaba las hojas despacio, con el dedo mojado, y de vez en cuando chasqueaba la lengua con desaprobación.
No sé si me reconoció. Creo que no, porque en las fotos de la revista yo llevaba el vestido de Luisa y el pelo suelto, y en el metro llevaba la coleta tirante y el abrigo de lana de mi madre.
Al llegar a su parada, la señora dobló la revista, la dejó en el asiento de al lado y se bajó.
No aparté los ojos de la portada hasta que el vagón arrancó.
Mi padre se había llevado una hucha y Alejandro había comprado un edificio. Me enfadaba ponerlos en la misma frase, porque no se parecían en nada. Pero también me enfadaba que los dos hubieran hecho lo que habían querido sin preguntarme.