Capítulo 17 #2
A media mañana tuve que bajar a la calle.
A mi madre se le habían acabado las cremas de las piernas, y Lourdes, la de la farmacia, no podía subírmelas porque estaba sola en el mostrador.
Me puse el abrigo de lana de mi madre, me recogí el pelo y bajé las escaleras con las llaves apretadas en el puño.
Al abrir el portal, se me echaron encima.
Eran muchos más de los que había visto desde la ventana.
Me pusieron delante tantos micrófonos que no veía la acera, y todos me preguntaban a la vez.
—¿Por qué no deja entrar a su padre?
—¿Es verdad que vive del dinero de Alejandro Castell?
—¿Qué le diría a su padre si estuviera aquí?
Me paré. No sé por qué lo hice. Quizá fue por la pregunta del dinero, que me tocó donde más me dolía.
Lo sensato habría sido seguir mi camino hasta la farmacia, con la cabeza baja.
Pero llevaba toda la vida con la cabeza baja delante de la gente que me miraba desde arriba, en el semáforo, y no pensaba bajarla más.
Me volví hacia la cámara de televisión, la que tenía la luz roja encendida, y hablé despacio, para que se me entendiera bien.
—Mi madre empieza un tratamiento el lunes, y necesita estar tranquila. Si quieren saber algo de mi padre, pregúntenle qué hizo con la hucha de su hija de once años. Él lo sabe muy bien.
Luego continué hasta la farmacia, con los micrófonos detrás. No contesté a ninguna pregunta más. Lourdes me abrió la puerta de la trastienda y me dejó salir por la calle de atrás, con las cremas en una bolsa y un abrazo que me pilló desprevenida.
Por la tarde, Alejandro me llamó desde la oficina.
No me dijo lo que tenía que hacer. Me preguntó si quería que hablara con la doctora Sanz para que mi madre pudiera entrar al hospital el lunes por una puerta de servicio, sin fotógrafos.
Me lo preguntó a mí antes de hacer nada, con la regla número uno por delante, y me pareció que lo hacía con mucho cuidado, porque se le notaba en la voz que tenía miedo de meterse donde no debía.
Le dije que sí, que por favor, y que se lo agradecía.
Colgué con una sensación cálida en el pecho, de esas que te reconcilian con el mundo por un rato.
Pensé que aquel hombre había aprendido de verdad.
Lo pensé sin saber lo que me esperaba el viernes.
Aquel día no fui a la oficina, y tampoco al carrito.
Paco me escribió para decirme que había otros dos fotógrafos en la puerta del hospital, y que uno de ellos le había preguntado si era verdad que había echado al padre de la florista a empujones.
Charo me escribió para decirme que en Urgencias nadie se creía nada, y que la del tercero había salido en la tele, en un programa de la mañana, para decir que yo era muy mala hija.
Luisa bajó a la calle a por el pan y volvió con un micrófono pegado a la cara hasta el portal.
Don Anselmo no apareció en todo el día, cosa rara en él, porque no se perdía un cotilleo del edificio. En aquel momento no le di importancia.
La cena de Jorge Juan fue el jueves por la noche.
Alejandro no fue, claro, porque era una cena falsa.
Fue Rubén. Se sentó en un banco de enfrente del restaurante con una gorra, un periódico y el móvil en la mano, y a la hora en que tendría que haber empezado la cena, me mandó una foto.
Era un hombre con una cámara de objetivo largo, escondido en un portal de la acera de enfrente.
Debajo, Rubén había escrito: «Ha picado».
El viernes por la mañana volví a la oficina.
Entré por el garaje, porque en la puerta principal de la torre había fotógrafos, y Bárbara me esperaba en el vestíbulo para acompañarme en el ascensor.
Durante el trayecto no dijo nada. Cuando se abrieron las puertas en la planta treinta y dos, me apretó el brazo.
—Mucho ánimo —me dijo—. Aquí estamos todos contigo.
En la antesala me esperaban Alejandro, Javi el de informática y Rubén.
Alejandro tenía en la mano una carpeta con los registros de la agenda, la foto del fotógrafo de Jorge Juan y un correo electrónico que Javi había recuperado del servidor de la empresa.
Era un correo enviado desde el ordenador de Gonzalo a una dirección personal, el lunes anterior, con un archivo adjunto.
El archivo era la ficha del anticipo de mi nómina.
—¿Estás preparada? —me preguntó Alejandro.
—No.
—Yo tampoco. —Me cogió la mano un segundo, delante de Javi y de Rubén, y la soltó—. Pero quiero que estés.
Llamó a Gonzalo a su despacho. Gonzalo llegó con la carpeta azul bajo el brazo, como siempre, muy tranquilo, porque todavía no sabía que había perdido.
Al verme sentada en una de las sillas de piel, junto a la mesa, se le torció un poco la boca, aunque lo disimuló enseguida.
Alejandro no le dijo que se sentara. Le puso delante, encima de la mesa, junto a la maceta de violetas, los registros de la agenda, la foto de Jorge Juan y el correo con el archivo adjunto.
Gonzalo los miró uno por uno, despacio, sin tocarlos.
Luego se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo.
—Cualquiera ha podido usar mi ordenador —dijo, sin levantar la vista.
—Tu ordenador se desbloquea con la huella dactilar, Gonzalo —replicó Alejandro—. Lo pediste tú hace dos años, en el comité de seguridad. Dijiste que no te fiabas de las contraseñas de nadie.
Rubén, que estaba de pie junto a la puerta, se tapó la boca con la mano. Gonzalo dejó de limpiar las gafas. Lo vi con el pañuelo en una mano y las gafas en la otra, sin saber cómo salir de aquello. No me alegré tanto como había imaginado.
—Estás despedido —le dijo Alejandro—. Por deslealtad grave y por filtrar datos personales de una empleada. Los abogados te llamarán esta tarde. Si vuelves a hablar con alguna revista, te denunciaremos también.
Gonzalo se volvió a poner las gafas. No pareció sorprendido. Me miró a mí y luego miró a Alejandro, y sonrió con aquella sonrisa fina que yo le conocía del primer día.
—Tu padre se avergonzaría de ti —dijo.
—Mi padre se avergonzaba de mí todos los días. Ya estoy acostumbrado.
—No, Alejandro. Tu padre no se avergonzaría de que me despidas. Se avergonzaría de que lo hagas delante de ella, por ella. —Señaló con la barbilla hacia mí—. Una limpiacristales. A la que le has comprado el edificio entero para que no la echen. ¿O eso tampoco se lo has contado?
Se hizo un silencio en el despacho. Yo me quedé quieta en la silla de piel.
Miré a Gonzalo, que no había dejado de sonreír.
Luego miré a Alejandro. Esperé a que lo negara.
Esperé a que dijera que era mentira, igual que lo de las cartas de mi padre desde Alemania, igual que lo de la chica lista de la primera revista.
Alejandro no dijo nada. Se había puesto pálido. Tenía las manos apoyadas en la mesa, a los dos lados de la maceta de violetas, y no me miraba. Tenía la vista clavada en la carpeta azul de Gonzalo, porque no se atrevía a darme la respuesta.
—Alejandro —le dije, y la voz me salió muy baja—. Dime que es mentira.
No me lo dijo. Y en aquel silencio, que duró muy poco y me pareció eterno, entendí que Gonzalo había dicho la verdad, que don Anselmo no había subido en toda la semana por algo, y que la regla número cinco, la que habíamos firmado en una servilleta de papel en el suelo de su terraza, la había roto él antes de escribirla.