Atropéllame otra vez Capítulo 17
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Capítulo 17

La trampa

Aquella semana empezó como empiezan las cosas buenas, sin avisar.

El lunes llegué a la oficina con la servilleta de la regla número cinco en el bolsillo del abrigo y una sonrisa que no conseguía quitarme de la cara.

Rubén me la notó desde la impresora y levantó las cejas, y Begoña, en el ascensor, me preguntó si me había tocado la lotería.

Le dije que no, que había dormido bien, y era verdad, aunque no toda la verdad.

Alejandro llegó un poco después que yo. Me saludó con un «Buenos días, Eva» muy correcto, de jefe a asistente, y se metió en su despacho.

Al rato me llegó un mensaje al móvil. Ponía: «He regado los claveles.

Ya sé que no son violetas, pero me ha parecido que tenían sed».

Me reí sola delante del ordenador, y Rubén me miró desde su mesa con cara de saberlo todo.

No le contamos nada a nadie. Habíamos quedado en eso el domingo por la tarde, cuando me llevó a casa.

Despacio, sin prisas y sin que nadie se enterara todavía, igual que habíamos dicho en el restaurante de Lagasca antes de la revista.

En la oficina yo le hablaba de usted y él me pedía los cafés por favor.

Pero a mediodía bajábamos juntos al banco de la Castellana con dos bocadillos, y por las tardes, cuando yo me iba al carrito, él me acompañaba hasta el ascensor y me rozaba los dedos al pulsar el botón. Nadie se daba cuenta, o eso creíamos.

Mi madre empezaba el ensayo de la doctora Sanz el lunes siguiente.

Le habían dado la fecha de la primera infusión y la tenía apuntada en el calendario de la farmacia, en la puerta de la nevera, rodeada con un círculo rojo.

Estaba nerviosa, aunque lo disimulaba con chistes sobre conejillos de Indias.

Yo también estaba nerviosa. Pero aquella vez, al menos, teníamos motivos para estar ilusionadas.

Mi padre no había vuelto a aparecer desde el viernes.

Ni en la oficina ni en el carrito. Tampoco había llamado.

Alejandro me contó que sus abogados habían preparado la denuncia por acoso con todos los mensajes que yo les había reenviado, y que la tenían lista para presentarla en cuanto él volviera a acercarse.

Yo quise creer que se había asustado, que había cogido un autobús a Valencia y que no volveríamos a verlo nunca.

Lo quise creer con todas mis fuerzas. Debí sospechar algo, porque mi padre no se había ido nunca de ningún sitio sin llevarse algo antes.

El miércoles por la mañana me despertó el timbre del portal.

Era muy temprano, todavía de noche, y el timbre no dejaba de sonar.

Me levanté con el corazón en la boca, porque pensé en mi padre, y fui descalza hasta el telefonillo.

No llegué a descolgarlo. Desde la ventana del salón, junto a la silla vacía de mi madre, vi la calle de la Madreselva llena de gente.

Había por lo menos diez personas delante del portal.

Algunos tenían cámaras con objetivos largos, igual que el hombre de la acera de Lagasca.

Otros llevaban micrófonos con el logotipo de una cadena de televisión.

Había una furgoneta blanca aparcada en doble fila, con una antena en el techo, y un chico joven con una cámara al hombro grababa la fachada del edificio, ventana por ventana.

Cuando llegó a la nuestra, me aparté del cristal de un salto.

El móvil empezó a vibrar en la mesilla. Era Luisa.

—Hija, no bajes —me dijo en voz baja, por miedo a que la oyeran los de la calle—. Ha salido otra revista. Te la subo ahora mismo por la escalera, que yo no salgo a la calle ni muerta.

Subió en bata, con la revista enrollada debajo del brazo, igual que la vez anterior. Esta vez no me la dio. Se quedó en la puerta del piso con ella en la mano, muy pálida.

—Es tu padre —dijo.

La revista era «Corazón Hoy», la misma. En la portada, a media página, había una foto de mi padre sentado en el borde de una cama estrecha, en una habitación con las paredes desconchadas, con la cabeza entre las manos.

Llevaba el abrigo gris. El titular decía: «El drama del padre de la novia del millonario: "Mi hija me ha cerrado la puerta"».

Debajo, en letras más pequeñas: «Vive en una pensión mientras ella cena en los mejores restaurantes de Madrid».

Me senté en el suelo del pasillo, junto al teléfono que ya no usamos, y abrí la revista por la página de la entrevista.

Eran cuatro páginas. Había más fotos de mi padre en la pensión de la calle Embajadores.

En una de ellas aparecía junto a la ventana, con cara de pena.

En otra, enseñaba a la cámara una foto vieja, de cuando yo era pequeña, en la que salíamos los dos en el Retiro, delante del estanque de los patos.

Yo no sabía que aquella foto existiera. No sabía que él se la hubiera llevado.

La entrevista era peor que las fotos. Mi padre contaba que se había ido de casa hacía dieciocho años porque mi madre lo había echado, después de muchos años de discusiones, y que desde entonces había intentado ponerse en contacto con nosotras muchas veces, pero que mi madre no se lo había permitido nunca.

Decía que nos había mandado dinero todos los meses, desde Alemania, durante años, y que las cartas le habían vuelto sin abrir.

Decía que ahora estaba enfermo del corazón y sin trabajo, y que al ver la foto de su hija en la revista había sentido una alegría enorme, porque por fin podría acercarse a ella.

Pero que su hija, que «ahora vive como una reina gracias a su novio millonario», le había cerrado la puerta en las narices.

Que no le había dejado ni comprarle un clavel en su puesto del hospital, y que un vigilante de seguridad lo había echado de la acera.

Que el novio millonario lo había amenazado en un bar con sus abogados.

«Yo no pido dinero», decía en un recuadro, en letras grandes.

«Solo quiero que mi hija me deje quererla antes de morirme».

Leí aquella frase tres veces. Luego seguí leyendo.

Al final de la entrevista había otro recuadro, más pequeño, que no venía de mi padre.

Decía que, según «fuentes de la empresa Castell Motors», la señorita Morales había cobrado un anticipo de nómina «a la semana de su incorporación, por una cantidad equivalente a tres meses de alquiler».

Y que el magnate había comprado hacía poco, a su nombre, el edificio de Usera donde residían madre e hija, «sin que trascienda si la pareja tenía conocimiento de la operación».

Cerré la revista. Al principio me quedé mirando las letras.

Lo de mi padre era una mentira más de las suyas, pero las cifras del anticipo estaban allí, a la vista de cualquiera.

Mi padre había mentido toda la vida y yo ya sabía que mentía.

Me dolió lo del anticipo. Lo había pedido yo, sentada en una silla de piel delante de la mesa de Alejandro, con todo el orgullo que me quedaba, para no tener que aceptar su dinero.

Lo devolvía mes a mes, de mi nómina. Era lo más digno que había hecho en mi vida, y aquella revista lo había convertido en la prueba de que yo era una aprovechada.

Lo del edificio no me lo creí. Pensé que era otra mentira, de mi padre o de quien fuera, para hacerme daño. Alejandro me lo habría dicho. Teníamos cinco reglas, firmadas por los dos, y una de ellas estaba en una servilleta de papel en la puerta de mi nevera. Nada de silencios.

Mi madre se había despertado con el ruido. La oí llamarme desde su cuarto. Le llevé la revista, porque sabía que si no se la llevaba yo, se la llevaría Luisa, y era peor. La leyó en la cama, despacio, con las gafas puestas. Cuando terminó, se quitó las gafas y cerró los ojos y respiró hondo.

—Nunca mandó un euro —dijo al fin, muy despacio—. Ni una carta. Nunca.

—Ya lo sé, mamá.

—Lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe Luisa. —Abrió los ojos—. Pero media España se va a creer lo que pone ahí.

Me eché a llorar por fin, sentada en el borde de su cama, y mi madre me abrazó con los dos brazos, el bueno y el malo, y no me soltó hasta que me calmé.

Alejandro llegó antes de que amaneciera del todo.

No llamó al telefonillo. Me mandó un mensaje desde el coche, que había dejado en la calle de atrás, y bajé a abrirle por la puerta del patio, que da a la calle de los contenedores y que solo conocen los vecinos.

Subió los dos pisos a toda prisa. Tenía la cara gris y los ojos rojos, y llevaba la revista en la mano, arrugada.

Me abrazó en el recibidor, tan fuerte que me hizo daño, y yo no le dije que me soltara.

—Lo siento —me dijo contra el pelo—. Lo siento mucho.

—No es culpa tuya.

—Debí presentar la denuncia el viernes. No esperar a que volviera.

—No habría servido de nada. —Me separé de él para mirarlo a la cara—. Mi padre no necesitaba acercarse a mí para hacer esto. Le bastaba con un teléfono y una revista.

Tardó en contestar. Luego me cogió la cara entre las manos.

—Lo del anticipo lo ha filtrado alguien de dentro —dijo—. Solo lo saben Recursos Humanos y la dirección financiera.

—Gonzalo.

—Gonzalo. —Apretó la mandíbula—. Mañana es la cena falsa de Jorge Juan. Si aparece un fotógrafo, lo tenemos.

No le pregunté por lo del edificio. Lo tuve en la punta de la lengua, pero no se lo pregunté, porque me parecía un insulto preguntárselo.

Era otra mentira de aquella revista, la mentira más absurda de todas, y Alejandro tenía tantas cosas en la cabeza que no quise añadirle una más.

Él tampoco lo mencionó. Lo pensé después, muchas veces. Ni lo mencionó, ni lo desmintió.