Capítulo 16 #3
La cama de aquel ático era enorme, y las sábanas estaban heladas.
Me estremecí cuando me tumbó encima, y él se tumbó a mi lado y me abrazó para quitarme el frío.
Dejó de hacer frío muy pronto. Me besó la boca y luego los hombros, sin ninguna prisa, con una paciencia que me desesperaba.
Sus manos me recorrían la espalda y la cintura, y se detenían en las caderas antes de volver a subir.
Descubría mi cuerpo a base de caricias. Yo le metí los dedos en el pelo y lo atraje hacia mí, porque ya no podía esperar más, y noté contra el cuerpo todo el calor del suyo, la piel contra la piel y su peso encima de mí, que no me agobiaba. Me sostenía.
Entonces se apartó un poco para mirarme a la cara, con los codos a los lados de mi cabeza.
—¿Estás segura?
—Si me lo vuelves a preguntar —le dije sin aliento—, me visto y me vuelvo a Usera en metro.
Se echó a reír contra mi boca, y fue la última vez que me lo preguntó.
Al principio estuvimos un poco torpes, sin saber bien dónde poner las manos.
Luego dejamos de pensar. Las luces de la ciudad entraban por el ventanal y se le dibujaban en la espalda, que se le movía debajo de mis manos.
Yo le clavaba los dedos en los hombros sin darme cuenta.
Él decía mi nombre en voz baja, una y otra vez, contra mi pelo, y yo dije el suyo, que no había dicho nunca así, con aquella voz que no sabía que tenía.
La sábana se nos enredó en las piernas y la echamos al suelo de una patada.
Tenía calor. Tenía tanto calor que me ardía la piel, y aun así lo apretaba contra mí para que no se apartara ni un centímetro.
Llegó un momento en que el ritmo se nos fue de las manos a los dos, y dejó de importarme todo lo que no fuera él, su boca en la mía y sus manos en mi cara.
Me quedé sin aire. Me quedé sin aire de verdad, igual que en el asfalto de Príncipe de Vergara, y durante un instante pensé en el ataque de ansiedad y en el pecho cerrado. Alejandro debió de notarlo, porque se detuvo, me sujetó la cara con las dos manos y apoyó la frente en la mía.
—Respira conmigo —me susurró, con una sonrisa que le temblaba—. Despacio.
Me reí. Me reí con lágrimas, debajo de él, porque eran las mismas palabras del primer día, cuando yo estaba sentada en la calzada con su coche al lado y no me entraba el aire en los pulmones.
Respiré con él. Y luego dejé de respirar otra vez, pero esta vez no me dio miedo, porque era una cosa muy distinta, una cosa que me subió desde dentro y me deshizo entera, y me agarré a él con todas mis fuerzas mientras me deshacía.
Después me miró como nadie me había mirado nunca, con una mezcla de deseo y de asombro, incrédulo de verdad, porque no se creía del todo que yo estuviera allí.
Y en aquel momento, con su frente todavía contra la mía y los dos sin aliento, me di cuenta de que no tenía miedo.
Ni un poco. El miedo había desaparecido, al menos por aquella noche.
Mucho después, cuando la ciudad ya se había apagado casi entera al otro lado del ventanal, nos quedamos tumbados con la colcha por encima y mi cabeza en su pecho.
Notaba su corazón contra la mejilla, despacio.
Él me pasaba la mano por el pelo, una y otra vez, sin decir nada.
Tenía una cicatriz pequeña en el hombro izquierdo, una línea blanca y fina, y se la recorrí con el dedo.
—¿Y esto?
—Un caballo del internado. Tenía doce años. Me tiró contra una valla.
—¿Te dolió?
—Mucho. Pero no se lo dije a nadie. Mi padre pensaba que llorar era de débiles, así que me curé solo, en la enfermería, con una monja que me cosió sin anestesia. —Se rio un poco—. Hoy he llorado más con la cebolla que en toda mi vida.
—Eso es porque la picabas fatal.
—Lo sé.
Nos quedamos un rato callados. Luego levanté la cabeza de su pecho para mirarlo. Tenía el pelo revuelto, la barba de dos días y una sonrisa tranquila, muy distinta de la que ponía en la oficina. Parecía estar a gusto, sin más.
—Ayer me dijiste una cosa en la parada del autobús —le dije.
—Te dije muchas cosas.
—Me dijiste que estabas enamorado de mí. Y yo no te contesté.
—No hace falta que me contestes.
—Ya lo sé. Por eso te contesto. —Respiré hondo—. Yo también te quiero, Alejandro Castell. Aunque me atropellaras y me empaparas de jabón azul el primer día. Aunque no sepas hacer una tortilla ni guardar el móvil en un sitio normal.
Él no dijo nada. Me miró un momento con los ojos brillantes. Luego me atrajo hacia él y me besó la frente, muy despacio, y se quedó así un buen rato, con los labios contra mi pelo.
Me dormí sin darme cuenta, con su brazo alrededor y el ruido lejano de la ciudad al otro lado del cristal.
Era la primera vez en nueve años que me dormía sin pensar en las pastillas de mi madre ni en la caja de zapatos de debajo de la cama.
Por la mañana, cuando me desperté, la luz entraba a raudales por el ventanal y él seguía allí, dormido, con la boca un poco abierta y una mano en mi cadera.
En la cocina, la jarra de los claveles seguía en su sitio.
En el congelador, el móvil de Alejandro tenía catorce llamadas perdidas.
No me importó. Nada me importó aquella mañana.
Me quedé un rato quieta, con la vista puesta en él mientras dormía, y pensé que mi madre tenía razón en todo, como siempre.
Si con aquel hombre no me atrevía, no me atrevería con ninguno. Y me había atrevido.