Capítulo 16 #2
—Por eso. Esta es para que las otras sirvan de algo. —Dejé el trozo de tortilla en el plato—. Regla número cinco: nada de silencios. Ni los tuyos ni los míos. Si uno de los dos calla algo para proteger al otro, el otro tiene derecho a enfadarse todo lo que quiera.
—¿Y si es para protegerte de tu padre?
—Sobre todo si es para eso. —Lo miré—. Ayer me enteré de que estuviste a punto de pagarle porque me lo dijiste tú. Si no me lo hubieses dicho, me lo habría contado Manolo, o Charo, o la mujer de Paco en el bingo, y no te lo habría perdonado nunca. Me lo dijiste, y por eso estoy aquí.
Alejandro se quedó un rato callado. Luego sacó del bolsillo del pantalón un bolígrafo, el mismo con el que firmaba los contratos, cogió una servilleta de papel de las de la tortilla y escribió en ella, con su letra apretada y recta: «Regla número cinco: nada de silencios».
Debajo firmó él y luego me pasó el bolígrafo para que firmara yo.
Me guardé la servilleta en el bolsillo del vestido de Luisa.
Todavía la tengo, pegada con celo en la puerta de la nevera, junto al recibo de don Anselmo.
No dije nada más. Le cogí la mano por debajo de la manta y se la apreté. Él me miró, con los ojos negros muy serios a la luz de la ciudad, y me pasó el pulgar por los nudillos, igual que me los pasaba mi madre.
—Eva —dijo—. No tenemos que hacer nada. Lo sabes, ¿verdad? Podemos quedarnos aquí, cenar tortilla y llevarte a casa. Me basta con esto.
—Ya lo sé.
—Te lo digo en serio. No quiero que hagas nada que…
—Alejandro. —Le puse un dedo en los labios—. Calla un momento, por favor.
Se calló. Me quedé un rato quieta, con el dedo en sus labios y la manta a punto de caérseme de los hombros.
Tenía miedo. Lo tenía desde por la mañana, desde que estuve junto a la mesa camilla de mi madre, y lo tenía todavía.
Cada vez lo quería más y todavía me costaba acostumbrarme.
Llevaba nueve años pendiente de mi madre y de cuanto ocurría en casa.
Aquella noche agradecía no tener que ocuparme de nada, aunque me costara reconocerlo.
Pero había aprendido algo en aquellos dos meses, en el semáforo, en el carrito y en el banco de la parada, y era que el miedo no es una razón para quedarse quieta.
—No estoy segura de nada —le dije—. Pero quiero.
Me besó. Esta vez no fue como el beso del pasillo de Los Pinos, ni como el de la parada del autobús.
Fue lento, muy lento, de los que se dan cuando ya no hay prisa ni nadie que mire.
La manta se me cayó de los hombros y no me di cuenta.
Él me sujetaba la cara con las dos manos, con el mismo cuidado de siempre, y yo me agarré a su jersey.
En algún momento, dentro del ático, sonó su móvil.
Se separó de mí apenas lo justo para soltar un suspiro.
—Es Becker —murmuró—. Lo sé por el tono. Llama todos los sábados por la noche.
—¿Y qué haces?
Se levantó, entró en el salón, cogió el móvil de la mesa, junto a la jarra de los claveles, y se fue a la cocina. Oí abrirse y cerrarse una puerta. Cuando volvió, venía sin el móvil.
—¿Dónde lo has metido?
—En el congelador.
Me eché a reír otra vez, con la espalda contra el cristal, y él se arrodilló delante de mí, en el suelo de la terraza, y me volvió a besar en mitad de la risa.
No llegamos al dormitorio a la primera. Me levantó del suelo de la terraza sin dejar de besarme, y en el salón me apoyó contra la pared de cristal, que estaba helada.
Solté un grito que se me convirtió en risa a medio camino, y él se rio también, con la boca en mi cuello.
Luego dejó de reírse. Me besó debajo de la oreja, muy despacio, en un sitio donde nadie me había besado nunca, y noté su aliento caliente contra la piel y el frío del cristal en la espalda.
No supe cuál de las dos cosas me hacía temblar más.
—¿Estás segura? —me preguntó contra el cuello.
—Sí.
Lo de la cremallera fue culpa del vestido de Luisa, que tenía cuarenta años de costuras encima y una cremallera en la espalda que se atascó a la mitad. Alejandro tiró con cuidado, luego con menos cuidado, y al final con los dientes apretados, mientras yo me reía con la frente apoyada en su hombro.
—Si lo rompes, Luisa te mata.
—Luisa me perdonará.
—Luisa no perdona nada desde mil novecientos setenta y cuatro.
La cremallera cedió de golpe, con un ruido seco, y el vestido se me deslizó por los hombros hasta el suelo.
Me quedé delante de él con mi ropa interior de algodón blanco, la más sosa del mundo, y por un momento me entraron ganas de taparme con los brazos.
No lo hice, porque él se había quedado quieto, sin respirar, con las manos todavía en el aire.
Me miraba de arriba abajo, igual que en el semáforo el primer día, solo que esta vez sus ojos me quemaban la piel por donde pasaban.
—Llevo dos meses con esto en la cabeza —dijo con la voz ronca—. Y me había quedado corto.
Le quité el jersey yo. Se lo saqué por la cabeza y lo dejé caer encima del vestido de Luisa, y luego le puse las manos en el pecho.
Tenía la piel caliente y dura, y los músculos se le tensaban debajo de mis palmas cada vez que yo las movía.
Le recorrí los hombros, despacio, y los brazos, y volví al pecho.
Debajo de la mano derecha le notaba el corazón, que le iba desbocado.
—No eres tan tranquilo como pareces —le dije.
—Contigo no lo he sido nunca.
Me cogió en brazos otra vez, igual que en el asfalto, y me llevó por el pasillo hasta el dormitorio. En la puerta se detuvo.
—¿Estás segura?
—Alejandro…