Capítulo 16
Algo vivo
Mi madre ya lo sabía todo antes de que yo abriera la boca.
Cuando salí de mi cuarto el sábado por la mañana, con el pelo revuelto y los ojos hinchados de no dormir, la encontré en la silla junto a la ventana, con el café con leche en la mano buena y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
Luisa estaba sentada a su lado en el sofá. Las dos me miraron a la vez.
—Buenos días —dije.
—Buenos días, hija —contestó mi madre—. ¿Has dormido bien?
—Regular.
—Ya me imagino. —Le dio un sorbo al café—. Me ha contado Luisa que anoche hubo aplausos en la parada del autobús.
Me quedé de piedra en mitad del salón.
—¿Y Luisa cómo lo sabe?
—Porque me lo ha contado la mujer de Paco en el bingo —explicó Luisa, muy digna—. Y a la mujer de Paco se lo contó Paco, que lo vio desde la garita. Y Charo se lo ha contado a medio Urgencias. Dicen que el señor de la parada aplaudió y todo.
—Dos veces —puntualizó mi madre—. Despacio.
Me tapé la cara con las manos. Mi madre se echó a reír, con aquella risa suya que no le oía tan a menudo desde que empezó lo del ojo, y Luisa se rio con ella.
Al final me reí yo también, sentada en el brazo del sofá, con la cara colorada.
Cuando se nos pasó, mi madre dejó la taza en la mesa camilla y me miró con la cabeza ladeada.
—Esta noche Luisa se queda a dormir conmigo —anunció.
—Mamá…
—No te pregunto nada, Eva. Te informo. —Me cogió la mano—. Luisa se queda a dormir, hacemos tortilla y vemos la película de la tele. Y tú haces lo que te dé la gana, que para eso tienes veintinueve años. Si vuelves, vuelves. Si no vuelves, no pasa nada.
—¿Y si me necesitas?
—Si te necesito, tengo a Luisa, el teléfono y la doctora Sanz. —Me apretó los dedos—. Hija, llevas nueve años sin una noche para ti. Ni una. Ya está bien.
No le contesté, porque se me había hecho un nudo en la garganta. Luisa se levantó del sofá con un quejido y se fue a la cocina a preparar más café, dejándonos solas. Me quedé con mi madre en la mesa camilla, con su mano en la mía.
—Tengo miedo, mamá —le dije en voz baja.
—¿De él?
—No. De mí. Hace mucho que no… —No supe cómo terminar la frase—. Hace mucho que no dejo que nadie se acerque tanto.
—Ya lo sé. —Mi madre me pasó el pulgar por los nudillos—. Pero ese hombre te pidió por favor un café y lo fue a buscar él mismo a la máquina. Te ha regado unas violetas los lunes con un vaso medidor. Y ayer le dijo que no a tu padre. Si con ese no te atreves, hija, no te vas a atrever con ninguno.
Alejandro me había escrito por la mañana.
Un mensaje corto, sin adornos: «¿Cenas conmigo esta noche?
En mi casa. Cocino yo. Por favor». Le contesté que sí, y que como cocinara él, más le valía tener el teléfono de una pizzería a mano.
Me contestó con una carita que se reía. Era la primera vez que le veía usar un emoticono, y me pareció tan raro que se lo enseñé a mi madre, que se rio un buen rato de aquello.
Por la tarde fui al carrito, porque los sábados también abro, aunque menos rato.
Antes de cerrar, elegí los claveles más bonitos que me quedaban, rojos y blancos, y los envolví en papel de estraza con una cinta de rafia.
Me los llevé a casa en el metro, sujetos contra el pecho para que no se aplastaran.
Me puse el vestido negro de punto de Luisa, el de la cena de Lagasca, y debajo la única ropa interior que tenía sin agujeros, que era de algodón blanco y bastante sosa.
Me miré en el espejo del pasillo y decidí que daba igual.
Si a aquel hombre le importaba mi ropa interior, era mejor saberlo pronto.
Me recogió en el portal con su coche, como siempre, aunque esta vez se bajó a abrirme la puerta.
Media calle de la Madreselva estaba en las ventanas, y la del tercero, la que decía que yo era una lagarta, se asomó tanto que pensé que se caería.
Alejandro la saludó con la mano, muy educado.
La del tercero se metió dentro de un salto.
El ático de Chamberí era enorme. Lo supe desde el ascensor, que se abría dentro del mismo piso, y lo confirmé al entrar en el salón, que era más grande que toda mi casa.
Tenía una pared entera de cristal que daba a una terraza, y desde allí se veía medio Madrid, con las luces de la ciudad encendidas hasta el horizonte.
Los muebles eran blancos y grises, de líneas rectas, de los que salen en las revistas de decoración.
Todo estaba limpio y en su sitio. No había ni una foto ni un libro abierto.
Lo que más me impresionó fue que no había nada vivo.
Alejandro me lo había contado en el banco de la parada, pero verlo era distinto.
Era la casa más bonita que había visto nunca, y también la más triste.
—Bienvenida —dijo él, un poco nervioso, con las manos en los bolsillos—. Ya sé que es un poco frío.
—Es un congelador con vistas.
—Gracias.
—De nada. —Le tendí los claveles—. Toma. Para que haya algo vivo aquí dentro, aparte de ti.
Los cogió con las dos manos, igual que el señor de la boina había cogido las violetas. Luego se quedó un momento parado en medio del salón, con la vista perdida a su alrededor.
—No tengo jarrón.
—¿No tienes jarrón?
—Nunca me han regalado flores.
Lo dijo con tanta naturalidad que no supe qué responder.
Al final pusimos los claveles en una jarra de cristal para el agua, que era lo único de la cocina que tenía el tamaño adecuado, y los dejamos en el centro de la mesa del salón.
Quedaban ridículos y preciosos a la vez, en aquella mesa de diseño, con su papel de estraza todavía puesto, porque no me dejó quitárselo.
Luego vino lo de la cena.
La cocina era de acero y mármol negro, con una isla en el centro tan grande como mi cama.
Encima de la isla había una sartén con algo dentro.
Me acerqué a mirar. Era una tortilla de patatas, o lo había sido en algún momento.
Estaba negra por debajo, cruda por arriba y partida en tres trozos que no encajaban entre sí.
Al lado había un libro de cocina abierto por la página de la tortilla, lleno de manchas de huevo, y un cuchillo con restos de cebolla.
—La he intentado hacer tres veces —confesó Alejandro desde la puerta, con los brazos cruzados—. Esa es la mejor.
Me eché a reír. Me reí tanto que tuve que apoyarme en la isla de mármol, con las lágrimas saltadas. Él aguantó un rato muy serio, ofendido de verdad, hasta que no pudo más y se rio también.
—¿Tres veces? —le pregunté cuando pude hablar.
—La primera se me pegó a la sartén. La segunda se me cayó al suelo cuando le di la vuelta. —Señaló la sartén—. Esta es la tercera. No sé qué hago mal.
—Lo haces todo mal. —Me quité el abrigo y lo dejé en un taburete—. Pero tiene arreglo. ¿Te quedan huevos?
—Media docena.
—¿Y patatas?
—Un saco entero. Lo compré esta mañana en el mercado de Chamberí. La frutera me preguntó si iba a dar de comer a un regimiento.
—Pues remángate. Te voy a enseñar a hacer una tortilla de verdad.
Le enseñé. Le hice pelar las patatas, que peló con tanto cuidado que tardó el triple de lo normal, y cortarlas en láminas finas, que cortó todas de distinto grosor.
Le hice picar la cebolla, y lloró a moco tendido mientras la picaba, con los ojos rojos y la nariz como un grifo, y yo no paré de reírme de él en todo el rato.
Le enseñé a pochar las patatas a fuego lento y a batir los huevos con un tenedor, no con las varillas eléctricas que tenía en un cajón sin estrenar.
Al final, cuando llegó el momento de darle la vuelta, le puse el plato encima de la sartén y le cogí las manos con las mías.
—A la de tres —le dije—. Sin miedo. Si dudas, se cae.
—¿Y si se cae?
—Si se cae, la recogemos del suelo y nos la comemos igual. Una, dos y tres.
Le dimos la vuelta juntos. La tortilla cayó en el plato entera, dorada, perfecta. Alejandro miró la tortilla como si no se creyera que hubiera salido entera. Luego me miró a mí. Teníamos todavía las manos juntas encima del plato, y ninguno de los dos las retiró.
Cenamos en la terraza. Hacía frío, pero Alejandro sacó dos mantas de un armario y una botella de vino tinto, y nos sentamos en el suelo de madera, con la espalda contra la pared de cristal y las mantas por encima de los hombros.
Comimos la tortilla con los dedos, del mismo plato, porque a él se le olvidó sacar cubiertos y a mí no me dio la gana de levantarme a por ellos.
Madrid entero se extendía delante de nosotros, con sus luces amarillas y blancas y las torres de la Castellana al fondo, y en una de ellas, la más alta, se adivinaba la planta treinta y dos con las luces apagadas.
—Desde aquí se ve tu despacho —le dije.
—Y tu barrio, si te fijas. Allí, al sur, donde se acaban las luces altas.
Me fijé. No se veía nada, en realidad, solo un manchón de luces bajas en la oscuridad.
Pero me gustó pensar que en algún sitio, en aquel manchón, mi madre y Luisa veían la película de la tele con la tortilla de patatas, y que yo estaba allí arriba, sentada en el suelo de una terraza, con un hombre que me había atropellado y que me había aprendido a querer.
Hablamos mucho. Más que nunca, creo. Le conté lo de los trozos de la hucha, que los había vuelto a contar la noche que apareció mi padre y que había entendido por qué los guardaba.
Él me escuchó sin decir nada. Luego me contó que yo era la primera persona que entraba en aquel ático desde que lo compró, aparte de la señora que limpiaba y del decorador.
Ni una cena ni una fiesta. Nunca había traído a nadie.
—¿Por qué no?
—Porque no quería que nadie viera que aquí no hay nada —contestó—. Hasta hoy, que hay claveles.
—Hay que añadir una regla —le dije al cabo de un rato.
—¿Otra? Ya tenemos cuatro, y las incumplimos todas.