Atropéllame otra vez Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Veinte mil —contestó—. Con veinte mil desaparezco. Me vuelvo a Valencia y no me vuelven a ver el pelo. Ni ella ni la madre.

Alejandro lo observó en silencio. Pensó en lo fácil que era.

Podía sacar el móvil, llamar a su banco y en un momento tendría el dinero en la cuenta de aquel hombre.

Ramón Morales se iría a Valencia o a donde quisiera, y Eva no volvería a verlo en la puerta de la oficina ni en el carrito.

Su madre podría empezar el ensayo tranquila, sin llamadas al fijo.

Él podría volver a tener a Eva sin aquella sombra en la cara. Era tan fácil que le dio asco.

Porque también pensó en otra cosa. Pensó en una felicitación de Navidad con sello de Portugal, en un cajón de su estudio, y en todas las que había sin abrir debajo.

Pensó en que su madre se había ido con un cheque, y que él llevaba veintisiete años sin saber si lo había querido alguna vez o si solo había querido el dinero.

Si pagaba a aquel hombre, Eva no lo sabría nunca.

Se pasaría la vida con la idea de que su padre había vuelto por dinero, porque eso era lo que parecía, pero sin poder estar segura del todo, porque al final alguien le habría puesto un precio a su ausencia y él lo habría aceptado.

Y Eva le había dicho, con todas las letras, que no quería que nadie volviera a pagarle a ese hombre por irse.

—No —dijo Alejandro.

Ramón parpadeó.

—¿Cómo que no?

—Que no. No le voy a dar veinte mil euros, ni diez, ni uno.

—Se inclinó sobre la mesa—. Le voy a decir lo que va a pasar, señor Morales.

Si vuelve a acercarse a Eva, a la oficina, al carrito o a su casa, si vuelve a llamarla o a llamar a su madre, mis abogados presentarán una denuncia por acoso el mismo día.

Tenemos sus mensajes, todos, desde todos los números.

Tenemos al vigilante de seguridad del hospital, que lo echó ayer de esta acera, y a una enfermera de Urgencias que lo vio.

Tenemos a una recepcionista que lo vio una semana entera en la puerta de mi empresa.

Pediremos una orden de alejamiento y que sea un juez quien decida.

No pienso pagarle para que se vaya. Si vuelve a acosarlas, tendrá que responder por ello ante la justicia.

Ramón se echó hacia atrás en la silla. La sonrisa había desaparecido del todo. Lo que quedaba debajo era un hombre de sesenta años con los dedos amarillos de tabaco y los ojos verdes, muy fríos.

—Usted no sabe con quién se mete.

—Lo sé muy bien. Con un hombre que le robó la hucha a su hija de once años.

—Hay revistas, señor Castell. A las revistas les encantan los padres arrepentidos que duermen en pensiones mientras la hija cena en Lagasca con un millonario.

—Pues véndales lo que quiera. —Alejandro se levantó y dejó un billete de cinco euros encima de la mesa, para los cafés—. Pero no le quepa duda de que, si lo hace, la denuncia saldrá en la misma revista, en la página de al lado.

Salió del bar sin esperar respuesta. Manolo le abrió la puerta desde dentro y le dio una palmada en el hombro al pasar, sin decir nada.

En la calle hacía frío, y Alejandro notó que le temblaban las manos.

Se las metió en los bolsillos. No era miedo.

Era rabia, una rabia antigua que no sabía que tenía guardada, y que no iba dirigida solo a Ramón Morales.

Eva recogía el carrito cuando volvió. Había metido ya la mitad de los cubos uno dentro de otro y tapaba las flores sobrantes con papel de periódico, con unos movimientos bruscos que no eran los suyos. No lo miró cuando se acercó.

—¿Qué le has dado? —preguntó, sin dejar de tapar las flores.

—Nada.

—No me mientas, Alejandro. Regla número dos.

—Se volvió hacia él con un manojo de claveles en la mano—.

Te has ido con él al bar sin preguntarme.

Te he dicho que no y te has ido igual. Te has metido en lo único de mi vida que yo te había pedido, por favor, que no tocaras.

Así que no me digas que no le has dado nada, porque te conozco.

Le has dado algo, un cheque, un número de cuenta, lo que sea, y mañana se va a Valencia, y yo me voy a pasar el resto de mi vida con la certeza de que mi padre se fue la segunda vez porque tú le pagaste.

Le temblaba la voz. Le temblaban también los claveles en la mano.

Alejandro la escuchó entera, sin interrumpirla.

Cuando terminó, renunció a la defensa que llevaba preparada.

No le dijo que ella también le había mentido, ni que le había roto la regla número cuatro, ni que se había enterado por Charo porque ella no se lo había contado.

Todo eso era verdad, y nada de eso importaba en aquel momento.

—Me pidió veinte mil euros —le dijo—. Y estuve a punto de dárselos.

Eva se quedó quieta.

—Te lo digo porque es la verdad y porque me lo has pedido.

Durante un momento, en esa mesa, con ese hombre delante, fui mi padre.

Le pregunté cuánto. Lo pregunté igual que lo habría preguntado él.

—Se pasó la mano por la cara—. Y luego pensé en ti, y en lo que me dijiste de que no querías que nadie volviera a pagarle por irse, y le dije que no.

Le he dicho que si vuelve a acercarse a ti, a tu madre o al carrito, lo denunciamos por acoso y pedimos una orden de alejamiento. No le he dado ni un euro. Ni uno, Eva.

Ella no dijo nada. Se le cayeron los claveles al suelo, a los pies del carrito, y ninguno de los dos se agachó a recogerlos.

—No te lo digo para que me perdones —siguió Alejandro—. Ya sé que me he metido donde no me llamabas. Te lo digo porque estoy cansado de callarme cosas, y tú también. Y porque hay otra cosa que no te he dicho nunca, y te la voy a decir ahora, aunque me mandes a la porra.

—¿Qué cosa?

—Que estoy enamorado de ti. —Lo dijo sin pensarlo, y una vez dicho le pareció lo más sencillo del mundo—.

Desde el semáforo, creo. Desde que me dijiste que no estabas en venta, tirada en el asfalto.

No me importa que me grites. No me importa que me llames de usted en la oficina ni que me devuelvas los regalos.

Me importa que tengas miedo y que no me lo cuentes, porque si no me lo cuentas no puedo estar a tu lado.

Y yo solo quiero eso. Estar a tu lado. No delante, para protegerte, ni detrás, para pagarte nada. Al lado.

Eva lo miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque no lloraba.

Detrás de ella, la puerta del hospital se abría y se cerraba con el turno de visitas, y en la parada del autobús un señor mayor los miraba sin disimulo.

Ninguno de los dos se dio cuenta. Luego Eva dio un paso adelante, por encima de los claveles del suelo, le agarró la camisa con las dos manos y lo besó.

No se pareció en nada al beso del pasillo de Los Pinos.

Aquel había sido lento y tímido, interrumpido por una llamada.

Este fue rabioso y desesperado, con la discusión todavía caliente en la boca y el sabor salado de las lágrimas que a ella se le escaparon al final.

Alejandro la sujetó por la cintura y la apretó contra él, y por un momento se olvidó de la calle y del hombre del abrigo gris.

Solo había ella, con las manos en su camisa y los labios contra los suyos, y una certeza que le llenaba el pecho de una forma que no había sentido nunca, ni siquiera de niño, ni siquiera en la cocina de Paquita.

Cuando se separaron, Eva apoyó la frente en su pecho. Respiraba deprisa. Él le pasó la mano por el pelo, despacio.

—Sigo enfadada contigo —murmuró ella contra su camisa.

—Lo sé.

—Te has metido donde no te llamaba.

—Lo sé.

—Y no le has pagado.

—No.

Ella levantó la cara. Tenía los ojos rojos y una sonrisa temblorosa que le pareció a Alejandro lo más bonito que había visto en su vida.

—Gracias por no pagarle —le dijo.

—Gracias por enseñarme a no hacerlo.

Desde la puerta de Urgencias, Charo los miraba con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja.

Paco, en la garita, se había puesto de pie.

En la parada del autobús, el señor mayor sonrió para sí y luego se subió al autobús que acababa de llegar.

Eva se echó a reír contra su pecho, con la cara colorada, y Alejandro se rio también.

Recogieron los claveles del suelo entre los dos.

Luego empujaron el carrito hasta el almacén del bar de Manolo, que les abrió la puerta sin hacer ningún comentario, aunque se le notaba en la cara que se moría por hacerlo.

Al salir, Alejandro acompañó a Eva hasta su portal, despacio, por la calle de la Madreselva.

Esta vez se cogieron de la mano. Alejandro seguía sorprendido de haberse atrevido a decirle que la quería.

Había tardado bastante en conseguirlo. Pensó también que su padre se había equivocado en una cosa.

Había gente que no tenía precio. Él acababa de conocer a una, y no pensaba dejarla escapar.