Capítulo 15
Al lado
Alejandro se quedó solo en el despacho con la puerta abierta y las cifras de Getafe encima de la mesa, junto a la maceta de violetas.
A través del cristal veía a Eva sentada delante de la pantalla apagada, con la espalda muy recta y las manos escondidas en las mangas del jersey.
No se volvió ni una vez. Él tampoco salió a buscarla.
Se quedó de pie junto a la mesa, sin moverse, porque sabía que si daba un solo paso hacia la antesala le exigiría una explicación delante de toda la planta, y ella no se la daría, y los dos acabarían por decirse cosas que no tendrían arreglo.
Alejandro estaba asustado. Había oído la voz de Eva al teléfono, la misma voz firme con la que le había devuelto el sobre del cubo, solo que esta vez se le rompía en cada frase.
Había oído «mi madre», «ni un euro» y «llamo a la policía», y se había quedado en la puerta con la americana en el brazo, incapaz de moverse.
Luego ella le había mirado a los ojos y había elegido callar.
Alejandro conocía ese silencio. Se había criado dentro de él, en una casa de La Moraleja donde nadie le contaba nada hasta que ya no había remedio, y se había jurado que no volvería a dejar que nadie se lo hiciera.
Lo que no esperaba era que se lo hiciera ella.
Le dolió más que cualquier cosa que le hubieran hecho en mucho tiempo, y lo peor era que no podía reprochárselo, porque él mismo le había callado los jueves de su madre durante tres semanas.
Se obligó a sentarse. Llamó a Rubén al despacho y, con la puerta cerrada, le explicó lo de la trampa para Gonzalo.
Una cena falsa en la agenda compartida, para el jueves siguiente, en un restaurante de la calle Jorge Juan que no conocía nadie de la planta, con una configuración que solo permitiera abrirla a los directores.
Si aparecía un fotógrafo, sabrían de dónde había salido el soplo.
Rubén se encargó de todo con una diligencia que le hizo sospechar que llevaba semanas con ganas de cazar al director financiero.
Cuando se marchó, Alejandro se quedó otra vez a solas con la maceta.
Era viernes. Las violetas le tocaban los lunes.
Las regó de todas formas, porque necesitaba hacer algo con las manos que no fuera coger el teléfono para llamar a un detective privado.
A mediodía Eva recogió la mochila y se fue sin despedirse. Alejandro esperó a que se cerraran las puertas del ascensor. Luego cogió las llaves del coche.
Llegó a la avenida de Córdoba antes de que Eva montara el carrito.
Dejó el coche en el sitio de siempre, el que Paco le guardaba los viernes, y se quedó un rato dentro, con las manos en el volante, sin saber muy bien qué hacía allí.
Si Eva no quería contarle nada, no tenía derecho a presentarse en su carrito a sonsacárselo.
Pero era viernes, y los viernes iba al carrito desde hacía semanas, y si no iba aquel viernes, sería como reconocer que algo se había roto.
Se bajó del coche. No le dio tiempo a llegar a la acera.
Charo salió por la puerta de Urgencias con el pijama verde y la chaqueta de lana, y se le plantó delante con los brazos cruzados.
—Tenemos que hablar —le dijo.
—Buenas tardes, Charo.
—Buenas tardes no, que no tengo tiempo. Se me acaba el descanso. —Lo cogió del brazo y se lo llevó hacia la pared del hospital, junto a los contenedores—. Ella me va a matar por esto, pero me da igual. ¿Tú sabes lo de su padre?
Alejandro se quedó quieto.
—¿Su padre?
—Ya veo que no. —Charo soltó el aire por la nariz—.
Apareció hace una semana, el mismo día que salió la revista.
La espera a la salida de tu oficina, la llama desde veinte números distintos y ayer se plantó aquí, en el carrito, delante de los clientes, para pedirle un clavel y hacerse la víctima.
Paco tuvo que echarlo. Vive en una pensión de la calle Embajadores y le pide dinero.
A ella y a su madre. Y anoche le mandó un mensaje para decirle que igual a la revista le interesaba saber que el padre de la novia del millonario duerme en una pensión.
Alejandro tuvo que apoyarse en la pared del hospital.
Lo había imaginado mil veces, de mil maneras, en la oscuridad del ático de Chamberí.
Un novio antiguo, una deuda, alguna enfermedad de Carmen que le ocultaban otra vez.
No se le había pasado por la cabeza el padre.
El hombre que se había llevado la hucha.
—¿Por qué no me lo ha dicho? —preguntó, y la voz le salió más ronca de lo que quería.
Charo lo miró un momento antes de contestar. Tenía unos ojos pequeños y cansados, de los que han visto de todo en una sala de espera.
—Porque cree que le vas a pagar para que se vaya. —Hizo una pausa—. Me lo dijo ayer, aquí mismo. Que no quiere que nadie vuelva a pagarle a ese hombre por irse.
Alejandro pensó en lo que Eva le había dicho de su padre y entendió por qué no se lo había contado.
Le había oído hablar del cheque que su padre entregó a su madre en el banco de la parada.
Era lógico que temiera que él hiciera lo mismo con Ramón.
Eva tenía razón en desconfiar. Hacía unos meses, él habría intentado quitarse a Ramón de encima con un cheque.
—¿Le pagarías? —preguntó Charo.
—Hace dos meses, sí —admitió Alejandro—. Ahora no lo sé.
—Pues entérate antes de que llegue él, que suele venir a esta hora. —Charo se cerró la chaqueta—. Y no le digas que te lo he contado yo. O díselo, me da igual. Prefiero que me mate a mí que a él.
Se fue hacia la puerta de Urgencias sin despedirse. Alejandro se quedó junto a la pared hasta que vio aparecer a Eva por la esquina de la avenida, con el carrito.
Ella lo vio enseguida. Se detuvo un momento en mitad de la acera, con las manos en el manillar del carrito, y luego siguió hasta su sitio de siempre, junto a la parada del autobús, sin mirarlo.
Alejandro se acercó despacio. La ayudó a bajar los cubos, como todos los viernes, y ella le dejó hacerlo sin decir nada.
Colocaron las flores en silencio. Los claveles a la izquierda, las rosas en el centro y las margaritas a la derecha, porque las margaritas son lo que más se vende y tienen que estar a mano.
Ella le tendió el delantal verde del proveedor y él se lo puso.
Durante un rato, atendieron a los clientes sin hablar entre ellos, y Alejandro pensó que aquel silencio, al menos, era un silencio compartido, y que tal vez eso ya era algo.
Ramón Morales llegó al anochecer, con el turno de visitas.
Alejandro lo reconoció antes de que Eva se pusiera rígida a su lado.
Lo reconoció por los ojos, que eran los de ella, y por una forma de andar que no le gustó nada, con los hombros caídos y la cabeza un poco ladeada, la de un hombre que ha aprendido a pedir sin que se note.
Llevaba un abrigo gris demasiado grande y unos zapatos lustrados hasta brillar.
Se acercó al carrito con las manos en los bolsillos.
Cuando vio a Alejandro con el delantal verde, se detuvo y lo miró de arriba abajo. Luego sonrió.
—Vaya —dijo—. El novio en persona. Y vendiendo claveles. Quién lo iba a decir.
—Váyase —le pidió Eva en voz baja.
—Solo vengo a saludar, Evita. A conocer a mi yerno.
Eva abrió la boca. Alejandro se le adelantó. Se quitó el delantal verde, lo dobló por la mitad y lo dejó encima de los cubos de las rosas, con mucha calma.
—Señor Morales —dijo—. Me gustaría invitarle a un café.
—No —intervino Eva.
Alejandro se volvió hacia ella. Le vio la cara pálida, las manos apretadas en el borde del carrito y los ojos llenos de una rabia que no supo si iba dirigida a su padre o a él. Lo más probable era que a los dos.
—Por favor, Eva —le dijo, sin levantar la voz—. Esta vez, déjame.
Ella no contestó. Tampoco le dijo que no otra vez. Alejandro decidió que aquello era lo más parecido a un permiso que conseguiría, y se volvió hacia Ramón.
—El bar de la esquina —le señaló—. Usted primero.
El bar de Manolo estaba casi vacío a aquella hora.
Manolo los vio entrar desde la barra, reconoció a Alejandro, miró al hombre del abrigo gris y comprendió enseguida, porque en aquel barrio todo el mundo conocía ya la historia del padre de la florista.
No dijo nada. Les puso dos cafés en una mesa del fondo y se quedó en la barra, con un trapo y un vaso en las manos, sin quitarles ojo.
Ramón se sentó, echó tres sobres de azúcar en el café y lo removió despacio, con la vista clavada en Alejandro por encima de la taza.
—Usted dirá —dijo.
—No, usted dirá. Es usted el que lleva una semana detrás de ella.
—Es mi hija.
—Lo era hace dieciocho años. Luego se llevó usted su hucha.
Ramón dejó de remover el café. Por un momento, su cara cambió. Desapareció la sonrisa y apareció otra cosa debajo, más dura y más vieja, que a Alejandro le resultó familiar sin saber por qué. Luego la sonrisa volvió.
—Veo que le han contado la historia. La versión de Carmen, claro.
—Bebió un sorbo de café—. Mire, señor Castell, vamos a hablar claro, que los dos somos hombres de mundo.
Yo no he venido a molestar a nadie. He venido porque me he enterado de que mi hija ha tenido suerte, y me alegro por ella.
Pero yo paso por un mal momento. Tengo unas deudas, unos asuntillos que se me han complicado, y necesito un empujón.
Nada más. Usted tiene una fábrica de coches.
Para usted, lo que yo necesito es calderilla.
—¿Cuánto?
La pregunta le salió sola. Se la oyó decir con su propia voz y, durante un instante, no supo de dónde había salido.
Luego lo supo. Había salido del despacho de su padre, del día en que tenía quince años y Ernesto Castell le explicó, con todos sus ceros, cuánto había costado que su madre se fuera.
Todo el mundo tiene un precio, le había dicho.
La única diferencia entre la gente es la cifra.
Ramón Morales sonrió con toda la cara, porque acababa de oír lo que esperaba oír.