Atropéllame otra vez Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Paco no preguntó nada más. Me ayudó a atender a la señora de los pijamas, que me pidió perdón muy apurada, y al chico de la parada, que se llevó una rosa sin decir nada.

Charo salió en su descanso un rato después, porque Paco la había avisado, y se quedó conmigo junto al carrito hasta que se le acabó el café.

Luego, antes de volver a Urgencias, me cogió del brazo.

—¿Lo sabe tu jefe?

—No.

—¿Y por qué no?

—Porque si lo sabe, le pagará para que se vaya. Y no quiero que nadie le pague a ese hombre nunca más por irse.

Charo me miró un rato en silencio. Luego me soltó el brazo.

—Eso es muy bonito, hija. Pero yo he visto en Urgencias a mujeres que pensaban lo mismo, y no todas salían por su propio pie.

—Mi padre no es violento, Charo.

—Ninguno lo es, hasta que lo es. —Se cerró la chaqueta de lana—. Díselo a alguien, Eva. A él o a quien sea. Pero díselo.

Cuando llegué a casa, mi madre me esperaba despierta en la silla, junto a la ventana.

Luisa le había contado lo del carrito, porque a Luisa se lo había contado la mujer de Paco, que es de su grupo de bingo, y en mi barrio las noticias corren más que los autobuses.

No me preguntó nada al principio. Esperó a que le diera las pastillas de la noche y a que me sentara a su lado en la mesa camilla.

—Mañana llamo a Telefónica para que nos cambien el número del fijo —me dijo—. Ya está bien.

—Vale, mamá.

—¿Se lo has contado a Alejandro?

—No.

—¿Por qué?

Se lo expliqué. Lo del cheque del padre de Alejandro y la felicitación de Navidad que nunca contestaba.

Le dije que si se lo contaba, Alejandro le pagaría a mi padre para que se fuera, y que yo no quería que nadie volviera a pagarle a ese hombre por irse.

Mi madre me escuchó hasta el final sin interrumpirme, con la mano buena encima de la mía.

Cuando terminé, se quedó un rato callada.

—Tu padre también callaba, Eva —me dijo al fin—.

Los viernes, cuando volvía del bar sin la nómina, no me contaba nada.

Decía que era para no preocuparme. Yo me enteraba de todo un mes después, cuando venía el del banco.

—Me apretó la mano—. No te comparo con él, hija.

Tú callas por buena y él callaba por sinvergüenza.

Pero desde fuera, a la persona que te quiere, las dos cosas le parecen igual.

No encontré palabras para eso. Me levanté y me fui a la cocina, porque no quería que me viera la cara.

Esa noche Paco me mandó un mensaje. Me preguntaba si podía contárselo a Alejandro el viernes, cuando viniera al carrito, porque no le parecía bien callarse una cosa así.

Le contesté que no, que por favor no le dijera nada, que yo me encargaba.

Paco me mandó un pulgar hacia arriba, y luego otro mensaje que decía: «Como tú digas.

Pero no me gusta». A mí tampoco me gustaba.

Me fui a la cama con el móvil debajo de la almohada, en silencio, y me desperté varias veces para comprobar si había llegado algo.

Llegaron dos mensajes más, desde dos números distintos, y no los abrí.

El viernes por la mañana, en la oficina, todo pasó muy deprisa.

Alejandro tenía una reunión con los de Stuttgart en la sala de juntas y me había pedido que le llevara unas cifras de Getafe.

Las preparé, las imprimí y fui a dejárselas en el despacho antes de que volviera, para que las tuviera encima de la mesa.

Estaba de pie junto a su escritorio cuando me sonó el móvil en el bolsillo.

Era un número que no conocía. Pensé que podía ser la doctora Sanz, o el hospital, por lo del ensayo de mi madre, y contesté sin pensar.

—¿Sí?

—Evita, no me cuelgues.

Era él. Me quedé helada en mitad del despacho, con las cifras de Getafe en la mano.

—Deje de llamarme.

—Solo quiero hablar contigo. Te espero esta tarde en el carrito, y si no me atiendes, subo a tu casa. Tu madre no me abre, pero los vecinos sí.

—No se le ocurra acercarse a mi madre. —La voz me salió más alta de lo que quería, y me dio igual—. No le voy a dar ni un euro. Ni yo ni nadie. ¿Me ha oído? Ni un euro. Si vuelve a acercarse a mi casa, llamo a la policía.

Colgué. Me di la vuelta para salir del despacho y me encontré a Alejandro en la puerta.

No sé cuánto tiempo llevaba allí. Tenía la mano en el picaporte y la americana colgada del brazo, porque la reunión con Stuttgart había terminado antes de tiempo. Por la cara que tenía, supe que lo había oído todo. O, al menos, lo suficiente.

—¿Quién era? —preguntó.

—Nadie.

—Eva.

—Nadie importante.

Dejó la americana en el respaldo de una silla, muy despacio, y cerró la puerta del despacho a su espalda. No se acercó. Se quedó junto a la puerta, con los brazos a los lados, y me miró con una calma que me asustó más que si me hubiera gritado.

—Has dicho «mi madre» —dijo—. Has dicho «ni un euro» y «llamo a la policía». Eso no es nadie importante.

No contesté. Me quedé con las cifras de Getafe apretadas contra el pecho.

—Regla número dos —continuó, en voz baja—. Tú no me mientes. Y regla número cuatro, Eva, que la escribí yo y la firmaste tú. Me avisas cuando tengas miedo.

—No tengo miedo.

—Te tiemblan las manos.

Bajé la vista. Era verdad. Me temblaban tanto que las hojas de las cifras de Getafe hacían un ruido de papel que se oía en todo el despacho. Las dejé encima de la mesa, junto a la maceta de violetas, y metí las manos en los bolsillos del jersey para que no se notara. Ya era tarde para eso.

—Dímelo —me pidió él—. Por favor.

Lo miré. Tenía delante al hombre que había aprendido por mí a decir por favor y a regar una maceta de violetas los lunes con un vaso medidor.

También tenía delante al hijo de un hombre que había pagado a su mujer para que se fuera, y que no sabía arreglar las cosas de otra manera, porque nadie le había enseñado.

Supe que si se lo contaba, haría lo que fuera para protegerme con todo el dinero del mundo.

Yo no podría impedirlo. Supe también que si no se lo contaba, lo perdería, porque acababa de pedirme por favor la verdad y yo le contestaba con lo mismo que le había contestado su padre durante toda la vida, que era el silencio.

No le dije nada. Pasé a su lado, abrí la puerta y salí a la antesala.

No me siguió. Me senté en mi mesa, delante de la pantalla apagada del ordenador.

Aquella fue la primera vez desde que lo conocía que sentí que le hacía daño a propósito.

Tenía mis razones para callarme lo de mi padre, pero no me gustaba hacerle eso a Alejandro.

Alejandro se había criado con un silencio así, el de su padre, y yo acababa de regalarle otro.