Atropéllame otra vez Capítulo 14
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Capítulo 14

Cerco

El lunes, cuando bajé al vestíbulo para irme al carrito, la recepcionista de las cejas perfiladas me hizo una seña con la mano por encima del mostrador.

Se llamaba Bárbara, lo había averiguado la segunda semana, y desde la gala me trataba con una amabilidad un poco sospechosa, como si ya me considerara la novia del jefe.

Aquel día, sin embargo, tenía la cara seria.

—Eva, hay un señor fuera que pregunta por ti —me dijo en voz baja—. Lleva aquí desde media mañana. Dice que es tu padre.

Miré hacia la puerta giratoria. Al otro lado del cristal, en la acera de la Castellana, junto a una de las jardineras de la entrada, estaba mi padre con su abrigo gris.

Fumaba. No miraba hacia el edificio, sino a los coches que pasaban, muy tranquilo, sin ninguna prisa, y aquella calma me dio más miedo que si hubiera aporreado el cristal.

—¿Le digo algo? —preguntó Bárbara.

—No le digas nada. —Me apreté la mochila contra el costado—. ¿Hay otra salida?

—Por el garaje. La rampa da a la calle de atrás.

Salí por el garaje, entre los coches de los directivos, con el corazón en la boca.

Subí la rampa a pie y me metí en la calle de atrás.

Fui a paso ligero hasta la siguiente parada de metro, para no pasar por la de Santiago Bernabéu.

No me siguió. O no me vio, o no quiso verme.

Aquella tarde, en el carrito, me equivoqué tres veces con el cambio, cosa que no me pasaba desde los dieciocho años.

El martes también estaba allí, pero esta vez en la calle de atrás, junto a la salida del garaje.

Bárbara me avisó por el teléfono interno antes de que yo bajara.

No sé cómo lo había adivinado él. Supongo que me había visto salir el lunes, o que había preguntado a algún conserje.

Aquella vez salí por la puerta principal, y mientras él vigilaba la rampa yo crucé la Castellana entre los coches, sin esperar al semáforo, que es lo único que me prometí no volver a hacer nunca después del atropello.

Al llegar a la otra acera me temblaban las piernas.

Las llamadas empezaron el mismo martes por la noche.

Primero fue desde el número de la tarjeta que me había dado en la boca del metro, que yo había guardado en el bolsillo del abrigo y no había apuntado en ningún sitio, aunque lo reconocí a la primera porque me lo sabía de memoria sin querer.

No contesté. Lo bloqueé. Al rato llamaron desde otro número, un fijo de Madrid.

Tampoco contesté. Luego llegó un mensaje desde un tercer número, uno que no conocía.

«Evita, solo quiero tomarme un café contigo. Una vez. Después, si quieres, no te molesto más».

No contesté. A la mañana siguiente había otro, desde otro número distinto.

«No entiendo por qué me tratas así. Soy tu padre. He cometido errores, pero tú también tendrás los tuyos. ¿O es que ahora que tienes un novio rico ya no te acuerdas de dónde vienes?».

Lo borré. El jueves llegaron dos más. El primero era largo y lleno de faltas de ortografía.

Me contaba que en la pensión de la calle Embajadores le habían dado de plazo hasta el lunes para pagar la semana, y que no tenía a nadie más a quien pedírselo.

El segundo era corto, y no se parecía en nada a los anteriores.

«Tu novio sabe que tu padre duerme en una pensión mientras vosotros cenáis en la calle de Lagasca? Igual a la revista le interesa saberlo».

Lo leí de pie en la antesala, junto a la máquina de café, con el vaso de plástico en la mano.

Leí la palabra «revista» tres veces. Luego me fui al baño de la planta, me encerré en el último cubículo y me senté en la tapa del váter con el móvil entre las manos, porque se me cerraba el pecho y no quería que nadie lo viera.

Respiré como me había enseñado Alejandro en el semáforo, despacio, hasta que se me pasó.

Tardó más que otras veces. Cuando salí, me lavé la cara con agua fría y me miré en el espejo.

Tenía la cara pálida y los ojos verdes de mi padre.

No estaba asustada por mí. Estaba asustada por mi madre, que empezaba el ensayo de la doctora Sanz en dos semanas y que necesitaba estar tranquila para que el tratamiento le sirviera de algo, según nos había explicado la propia doctora.

El miércoles por la noche había sonado el teléfono fijo de casa, que no suena nunca porque solo tiene el número Luisa.

Mi madre descolgó desde la silla, escuchó un momento y colgó sin decir nada.

Le pregunté quién era. Me contestó que se habían equivocado.

Las dos sabíamos que no se habían equivocado, y ninguna de las dos lo dijo en voz alta.

Aquel mismo jueves, Javi, el de informática, subió a la planta treinta y dos con un portátil debajo del brazo y muy buena cara. Le pidió a Alejandro cinco minutos y me pidió a mí que entrara también. Cerró la puerta del despacho y abrió el portátil encima de la mesa, junto a la maceta de violetas.

—Ya tengo los registros de la agenda —anunció—.

La reserva del restaurante se creó el lunes desde el ordenador de Eva.

Hasta el viernes por la tarde solo la abrió una persona más, aparte de ella.

Fue el jueves por la noche, a las tantas, desde un portátil de la empresa conectado por la red privada desde fuera de la oficina.

—¿Qué portátil? —preguntó Alejandro.

Javi giró la pantalla hacia nosotros. En la columna de usuarios, junto a la fecha y la hora, ponía un nombre: «G. Ferrer».

Alejandro se levantó del sillón y fue hasta la ventana. Nos dio la espalda, con las manos en los bolsillos, antes de volverse. Cuando se volvió, tenía la mandíbula apretada.

—Gracias, Javi. Esto no sale de aquí.

—No, señor Castell.

—Y dile a Rubén que le debo una.

Javi se marchó con el portátil. Alejandro se sentó otra vez en el sillón y me miró.

—Ahora sí lo tenemos.

—Tenemos que la abrió —le corregí—. No tenemos que llamara a la revista. Él dirá que la abrió para saber si estabas libre el viernes, por algo del trimestre, y no podremos demostrar lo contrario.

—Entonces le ponemos una trampa. —Se inclinó sobre la mesa—. Apuntamos en la agenda una cena falsa, en un sitio que solo sepa él, y vemos si aparecen fotógrafos.

Lo pensé un momento. Era una buena idea.

Una semana antes me habría parecido una idea estupenda y la habría organizado yo misma, con todos los detalles.

Aquel jueves, en cambio, solo pude pensar en el mensaje que tenía en el móvil, el de la revista, y en que si Gonzalo y mi padre llegaban a encontrarse algún día, nos harían mucho más daño que cualquier fotógrafo.

—Haz lo que te parezca —le dije.

Alejandro levantó la vista. Me observó con mucha atención.

—¿Haz lo que te parezca? —repitió—. ¿Tú?

—Estoy cansada, Alejandro. Es eso.

—Llevas toda la semana cansada.

—Porque llevo toda la semana sin dormir por culpa de la revista. —Me levanté de la silla—. Organízalo tú. Si necesitas que apunte algo en la agenda, me lo dices.

Salí del despacho antes de que pudiera preguntarme nada más. Me senté en mi mesa y fingí trabajar el resto de la mañana. Notaba sus ojos en la nuca a través del cristal, y no me volví ni una sola vez.

Aquella tarde, mi padre apareció en el carrito.

Lo vi llegar desde lejos, por la avenida de Córdoba, porque andaba despacio y con el abrigo gris abierto, y porque aquella forma de andar, con los hombros un poco caídos, la reconocí antes que la cara.

Era la hora de más movimiento, cuando sale el turno de visitas de la tarde, y yo tenía delante a tres personas que esperaban su ramo.

Se puso a la cola. Esperó su turno sin decir nada, con las manos en los bolsillos, y cuando le llegó, me sonrió.

—Un clavel rojo, por favor.

—No le vendo nada.

—¿Por qué no? Soy un cliente como otro cualquiera.

Lo dijo en voz alta, para que lo oyeran los de detrás.

La señora que esperaba después de él, con una bolsa de pijamas en la mano, me miró con extrañeza.

Un chico joven, que venía de la parada del autobús, se paró a mirar.

Me di cuenta de lo que pretendía, y me dio tanta rabia que se me pasó el miedo.

—No es un cliente como otro cualquiera, y lo sabe.

—Soy tu padre, Evita. —Se volvió hacia la señora de los pijamas—. Soy su padre. Llevo dieciocho años sin verla y no me deja ni comprarle un clavel. ¿Usted qué haría, señora?

La señora no supo qué contestar. Apretó la bolsa de pijamas contra el pecho y dio un paso atrás.

Yo me quedé con un clavel en la mano, el que estaba a punto de envolverle a la clienta anterior, y noté que me temblaba.

No por mi padre. Por la gente que nos miraba.

En aquella puerta me conocía todo el mundo desde hacía nueve años, y en un momento aquel hombre había conseguido que yo pareciera la mala de la historia.

—Le he dicho que no le vendo nada —repetí, sin levantar la voz—. Váyase, por favor.

—No me voy a ir. Tengo derecho a estar aquí. Es la calle.

Entonces oí la voz de Paco a mi espalda. Había salido de la garita sin que yo me diera cuenta, con su uniforme de vigilante, y se había plantado junto al carrito con los pulgares metidos en el cinturón, igual que el primer día, cuando no dejaba aparcar a Alejandro en la zona de ambulancias.

—La calle es de todos, caballero. Pero esta acera es del hospital, y aquí dentro mando yo. —Se puso entre él y yo—. La señorita le ha dicho que se vaya. Así que se va, o le acompaño yo hasta la parada del autobús.

Mi padre miró a Paco de arriba abajo. Paco es bajito, pero es muy ancho, y tiene una cara que no admite discusiones.

Luego me miró a mí. Por un momento volví a ver en sus ojos aquella cosa dura que había visto en la boca del metro, la que no era tristeza ni arrepentimiento. Luego se le pasó, y volvió a sonreír.

—Hasta otro día, Evita —dijo—. Que se te dé bien la tarde.

Se fue hacia la parada del autobús, despacio, sin volverse. Paco se quedó a mi lado hasta que lo vio subirse a uno. Luego se volvió hacia mí.

—¿Ese es tu padre?

—Ese es el hombre que se fue con mi hucha.