Atropéllame otra vez Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

No me dio tiempo a negarme, porque echó a andar a mi lado. Fuimos por la calle de la Madreselva hacia la plaza, despacio, porque él no podía ir deprisa. Se le notaba en la respiración que fumaba demasiado. Durante un rato no dijo nada. Luego empezó a hablar, y ya no paró hasta la boca del metro.

Me contó que había vivido en Alemania doce años, en una fábrica de piezas cerca de Colonia, y que luego había vuelto a España, a Valencia, donde había trabajado de camarero y de lo que salía.

También había tenido otra mujer, que lo había dejado.

Ahora estaba solo, y había estado enfermo, del corazón, y que en el hospital, al verse solo, había pensado mucho en nosotras.

Lo contaba todo con mucha emoción, con la voz ronca y los ojos húmedos, y se paraba de vez en cuando para mirarme a la cara, a ver cómo me lo tomaba.

Yo me lo tomaba en silencio. Me fijaba en las cosas en las que se fija una cuando se ha pasado la vida en la acera, con la vista puesta en la gente.

Se había parado a mirar el escaparate de una administración de lotería.

Hablaba de Colonia, pero cuando le pregunté por el nombre de la fábrica, tardó en contestar.

Y en ningún momento me preguntó por la enfermedad de mi madre.

—¿Y ese hombre? —preguntó al fin, cuando ya veíamos la boca del metro—. Tu novio.

—No es mi novio.

—La revista dice que sí.

—Las revistas dicen muchas cosas.

—Tiene una fábrica en Getafe, ¿verdad? —Se pasó la mano por el pelo blanco—. Yo trabajé en Getafe de joven, antes de conocer a tu madre, en una fábrica de recambios. Conozco el oficio. Si a ese hombre le hiciera falta alguien de confianza, con experiencia…

Me paré en seco, en mitad de la acera. Él se paró también, un paso por delante.

—¿Me pide trabajo?

—No, mujer. No te pido nada. Solo te digo que si alguna vez…

—Ayer dijo que no quería nada.

—Y no quiero nada. —Me puso la mano en el hombro y yo me aparté—.

Solo quiero estar cerca de mi hija. Y de mi mujer, si me deja.

Pero estoy en una pensión de la calle Embajadores, Evita, y la pensión se paga por semanas, y yo ahora mismo no estoy en mi mejor momento.

Si tú pudieras echarme una mano, solo hasta que encuentre algo…

—No.

Se lo dije sin levantar la voz. Él se quedó callado, con la mano todavía a medio camino entre su abrigo y mi hombro.

Por un momento vi algo en sus ojos que no era tristeza ni arrepentimiento.

Era otra cosa, más dura, que desapareció enseguida, y en su lugar volvió la sonrisa de los patos.

Sacó de su bolsillo una tarjeta de cartulina doblada, con un número de teléfono escrito a boli, y me la puso en la mano.

—Llámame cuando quieras. No hay prisa. Yo voy a estar aquí.

—No le voy a llamar.

—Lo harás. —Me sonrió otra vez—. Eres mi hija, Evita. Te pareces a mí más de lo que crees.

Bajé las escaleras del metro sin volverme. Me metí la tarjeta en el bolsillo del abrigo porque no había una papelera a mano, y en todo el trayecto hasta Santiago Bernabéu no me la saqué. La notaba allí dentro, doblada contra la tela, y me quemaba.

En la planta treinta y dos me esperaban todos.

No me esperaban de verdad, pero se notaba que me esperaban.

Cuando salí del ascensor, la gente de comunicación levantó la vista de los ordenadores a la vez, y Rubén me saludó con la mano desde la impresora, muy serio.

Begoña se acercó a mi mesa con un café de la máquina y me lo dejó junto al teclado sin decir nada.

Gonzalo no salió de su despacho en toda la mañana.

Alejandro salió del suyo en cuanto me vio llegar.

Se quedó de pie junto a mi mesa, con las manos en los bolsillos, igual que el primer día, y me miró a la cara.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Tienes ojeras.

—Llevo dos noches sin dormir por culpa de una revista de peluquería. —Me encogí de hombros—. Se me pasará.

Me observó un momento más, con la cabeza un poco ladeada.

Sabía que había algo más. Lo vi en sus ojos, y vi también que decidía no preguntar, porque yo le había pedido que no me organizara la vida, y él aprendía a cumplirlo.

Eso fue lo que más me dolió. Si me hubiera preguntado, le habría mentido, y habría sido culpa suya por preguntar.

Como no me preguntó, la mentira fue solo mía.

—Para lo de Gonzalo —le dije, para cambiar de tema—. He hablado con Javi, el de informática. La agenda compartida guarda un registro de quién abre cada cita y cuándo. Si alguien abrió la reserva del restaurante antes del viernes, aparecerá su nombre.

Alejandro se quedó callado un instante. Luego, despacio, sonrió.

—¿Se te ha ocurrido a ti?

—Se le ocurrió a Rubén. Yo solo le pregunté a Javi si era posible.

—¿Y cuándo lo sabremos?

—Javi dice que en unos días. Tiene que pedir permiso a seguridad para sacar los registros, y le he dicho que lo pida en tu nombre. —Lo miré—. Con tu permiso, claro.

—Con mi permiso —asintió—. Y con mi agradecimiento.

Volvió a su despacho. A mediodía salió con la americana en el brazo y me dejó encima del teclado una hoja doblada por la mitad. La desdoblé. Con su letra apretada y recta había escrito una sola palabra, «COMER», subrayada dos veces.

—Eso es mío —protesté.

—Ahora es de los dos. —Señaló la puerta del ascensor—. Hay un sitio de bocadillos en la esquina. No es el bar de Manolo, pero los calamares no están mal. Por favor.

Bajamos juntos. Nos comimos dos bocadillos sentados en un banco de la Castellana, junto a un quiosco donde la revista con nuestra foto colgaba de una pinza, y él se puso delante para que no la viera.

No hablamos de la revista ni de Gonzalo.

Me contó que la doctora Sanz le había llamado para preguntar por mi madre, y yo le conté que mi madre había dicho que salía guapa en la foto de la silla, y se rio otra vez.

Estuve a punto de contárselo todo. Lo tuve dos veces en la punta de la lengua, lo de las rosas y lo de la pensión de la calle Embajadores.

Las dos veces me acordé del cheque de su padre y de las felicitaciones de Navidad que él nunca contestaba, y me callé.

Él me miró de reojo con la boca llena de pan, pero no preguntó.

Al volver a la planta, lo vi a través del cristal regar la maceta de violetas con el vaso medidor, aunque era jueves y no lunes, y supe que lo hacía para tener algo que hacer con las manos.

Yo me quedé sentada delante de la pantalla, con la tarjeta de mi padre en el bolsillo del abrigo, colgado en el respaldo de la silla.

No la había tirado. Me dije que la guardaba para saber qué número no debía contestar.

La verdad era otra, y me daba vergüenza reconocerla incluso a mí misma.

La guardaba porque una parte de mí, la niña del pasillo, todavía quería saber si aquel hombre que la levantaba en brazos para ver los patos había existido de verdad, o si me lo había inventado yo para poder esperarlo.