Atropéllame otra vez Capítulo 13
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Capítulo 13

El hombre que volvió

No quité la cadena. Me quedé con la mano en el picaporte y la puerta abierta un palmo, y él se quedó en el descansillo con el ramo de rosas entre los brazos.

Lo miré de arriba abajo, igual que miro a los conductores en el semáforo antes de acercarme.

El abrigo gris le quedaba grande de hombros y tenía brillos en los codos.

La camisa era blanca, recién planchada, con el cuello un poco gastado.

Los zapatos estaban lustrados hasta brillar, aunque se notaba que les habían cambiado las suelas más de una vez.

Cuando la gente viene a pedir algo, trae los zapatos limpios.

Se lo había dicho yo misma a Alejandro el primer día de trabajo, por Herr Becker, y en aquel momento me acordé de la frase con un escalofrío.

—¿No me vas a dejar pasar? —preguntó.

—No.

—Evita, soy tu padre.

—Ya lo sé. Por eso no le dejo pasar.

Le traté de usted sin pensarlo. Me salió solo, y vi que a él le dolía, porque se le torció la boca.

No me importó. Detrás de mí, la silla de mi madre había vuelto a moverse por el pasillo, despacio, con el chirrido de la rueda izquierda que nunca hemos conseguido arreglar.

Se paró a mi lado. Mi madre miró por la rendija de la puerta, por encima de la cadena, y dejó de mover la silla.

Los dos se miraron sin hablar. Luego se le llenaron los ojos de lágrimas, a él, y se las limpió con el dorso de la mano, sin soltar el ramo.

—Carmen —dijo—. Estás igual.

—Estoy en una silla de ruedas, Ramón. Mírame bien antes de decir tonterías.

—Lo he leído. En la revista. —Se le quebró la voz—. No sabía nada. Te lo juro. Si lo hubiera sabido…

—Si lo hubieras sabido, ¿qué? —Mi madre ladeó la cabeza—. ¿Habrías vuelto antes? Llevo nueve años enferma. Llevo dieciocho sola. Has tenido tiempo de sobra para enterarte de todo sin necesidad de comprar una revista.

Él bajó la vista al ramo. Le temblaban las manos, aunque no supe si era de emoción o de otra cosa. Tenía los dedos de la mano derecha amarillentos, de tabaco.

—He cambiado, Carmen. Te lo prometo. He estado fuera mucho tiempo, en Alemania primero y luego en Valencia. He trabajado en lo que salía. Lo hice todo mal. Lo sé. Pero no ha pasado un solo día sin que pensara en vosotras.

—¿Y en qué pensabas, si puede saberse?

—En la niña. En ti. En cómo estaríais.

—¿Cuántos años tiene la niña?

Él abrió la boca y se quedó callado. Lo vi hacer la cuenta, con los ojos un poco desenfocados.

—Veintiocho —dijo al fin.

—Veintinueve —le corrigió mi madre—. Los cumplió en abril. Para no haber pasado un solo día sin pensar en ella, se te ha olvidado un año entero.

No me reí, aunque en otro momento me habría reído.

Apreté la cadena de la puerta con los dedos.

Notaba que me temblaban las rodillas, las mismas del atropello, y me agarré al picaporte para que no se me notara.

Lo que más me impresionaba no era su cara, que había envejecido mucho, ni su voz, que se había vuelto ronca.

Era la sonrisa. Era la misma sonrisa con la que me levantaba en brazos los domingos para que viera los patos del Retiro, y me daba rabia acordarme de los patos.

—Vengo a pediros perdón —insistió él—. Solo eso. No quiero nada. Solo quiero conocer a mi hija. Tengo derecho, ¿no? Es mi hija.

—Tuviste derecho —contestó mi madre—. Lo perdiste un domingo por la mañana, cuando rompiste la hucha de la niña para llevarte las monedas.

Él se puso colorado. Fue la primera vez que vi en su cara algo que no parecía ensayado.

—Eso fue…

—Eso fue lo que fue. No me lo expliques, que llevo dieciocho años con la explicación. —Mi madre se apartó de la puerta con la silla—. Eva, cierra.

—Carmen, por favor…

—He dicho que cierres.

Cerré. Lo último que vi por la rendija, antes de que la puerta encajara en el marco, fue a mi padre en el descansillo, con el ramo de rosas entre los brazos y la boca abierta para decir algo.

No lo dijo. Me quedé con la frente apoyada en la madera y oí que dejaba el ramo en el felpudo.

Luego le oí hablar a través de la puerta, en voz baja, muy cerca.

—Volveré, Evita. Tengo derecho a conocer a mi hija, y tú tienes derecho a conocer a tu padre.

Oí sus pasos en la escalera, lentos y pesados, hasta el portal.

Oí la puerta de la calle. No me moví de donde estaba.

Me temblaban las piernas y la mandíbula, y no podía hacer nada por evitarlo, porque el temblor me venía de muy adentro, de un sitio que yo creía cerrado con siete llaves desde los trece años.

Detrás de mí, mi madre se había quedado en mitad del pasillo, junto al teléfono que ya no usamos.

No lloraba. Tenía las manos en las rodillas, quietas, y la mirada fija en la puerta.

—¿Estás bien, mamá?

—No. —Me miró—. ¿Y tú?

—Tampoco.

—Pues ya somos dos. —Se le escapó una risa sin ninguna gracia—. Ven aquí, hija.

Me arrodillé a su lado, en el suelo del pasillo, igual que de pequeña, y le puse la cabeza en las rodillas.

Ella me pasó la mano por el pelo, con torpeza, y nos quedamos así un buen rato.

No hablamos del ramo del felpudo. No hablamos de nada.

Al cabo de un rato, mi madre habló sin dejar de acariciarme el pelo.

—Tu padre no vuelve por ti, Eva. No te engañes.

—Ya lo sé.

—Vuelve por la revista. —Hizo una pausa—.

Hace dieciocho años que vivimos en esta casa.

Nunca nos hemos mudado. Si hubiera querido encontrarnos, le habría bastado con coger el metro hasta Usera.

Ha venido el mismo día que tu foto sale en la portada al lado de un hombre con una fábrica de coches. No hace falta ser muy lista para sumar.

—Ha dicho que no quiere nada.

—Tu padre decía lo mismo los viernes por la noche, cuando volvía del bar sin la nómina. «No quiero nada, Carmen, solo quiero dormir». —Me levantó la cara con la mano para mirarme—. Prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Que no le vas a dar ni un euro. Ni tuyo ni de nadie.

Se lo prometí. Mi madre asintió y me soltó la cara.

Luego me pidió que la llevara a la cama, porque estaba muy cansada, y la llevé.

Cuando volví al pasillo, abrí la puerta del piso, cogí el ramo de rosas del felpudo y lo bajé a la basura del portal.

No le quité el celofán. Las tiré enteras, con su lazo rojo y su tarjeta, que no leí.

Al volver a subir tenía un mensaje de Alejandro en el móvil.

Me preguntaba cómo estábamos, si mi madre había dormido, si necesitaba algo.

Me senté en el suelo de la cocina, con la espalda contra la nevera y el teléfono en la mano.

La regla número cuatro estaba clavada en el corcho de mi mesa, con su letra apretada y recta: «Eva me avisa cuando tenga miedo».

Y yo tenía miedo. Tenía más miedo que en toda mi vida, más que el día del diagnóstico de mi madre y más que el día de la carta del abogado.

No se lo conté. No lo hice por orgullo, aunque el orgullo también estaba.

Lo hice porque sabía muy bien lo que haría Alejandro si se lo contaba.

Se presentaría en casa con un abogado, o en la pensión de mi padre con un talonario.

Le ofrecería dinero para que se fuera, una cantidad con todos sus ceros, igual que su padre se la había ofrecido a su madre, porque era lo único que le habían enseñado a hacer cuando alguien le estorbaba.

Y mi padre la aceptaría. Estaba segura de que la aceptaría.

Entonces habría vuelto a cobrar por abandonarnos, solo que esta vez se lo habría pagado el hombre al que yo empezaba a querer.

No podía consentirlo, ni por mi madre ni por él.

Le contesté al mensaje: «Bien. Cansadas.

Mañana vuelvo a la oficina». Era verdad todo lo que ponía.

Lo que no ponía era lo importante, y yo misma le había dicho en el sofá de mi casa que callar era lo mismo que mentir, pero más cómodo.

Me odié un poco al darle a enviar. Luego me fui a la cama, pero no dormí.

A las tantas me levanté, encendí la lámpara de la mesilla y saqué de debajo de la cama la caja de zapatos.

Es una caja de unas botas de agua que me compró mi madre a los nueve años, con la tapa sujeta con una goma.

Dentro estaban los trozos del cerdito de barro, envueltos en una servilleta de tela con mis iniciales bordadas.

Los extendí encima de la colcha. Eran once trozos, rosas por fuera y marrones por dentro, y en uno de ellos todavía se veía el ojo pintado de negro.

Los había contado muchas veces, de pequeña, para asegurarme de que no faltaba ninguno.

Aquella noche los volví a contar. No me eché a llorar, aunque lo esperaba.

Sostuve el trozo del ojo en la palma de la mano.

Me costó admitirlo, pero entonces entendí algo que llevaba dieciocho años sin querer ver.

Yo no había guardado los trozos para acordarme de que a la gente que se va no se la espera, como le había dicho a Alejandro en el banco.

Los había guardado porque, si algún día volvía mi padre, quería enseñárselos.

Quería que viera lo que había roto. Ahora había vuelto con un ramo de rosas de las que no se mueren nunca, y yo no había sido capaz de quitar la cadena de la puerta.

Envolví otra vez los trozos en la servilleta, los metí en la caja y la empujé debajo de la cama, hasta el fondo, donde no llegaba la luz de la lámpara.

A la mañana siguiente, mi padre me esperaba en el portal.

Estaba apoyado en la pared de enfrente, junto a la frutería de Antonio, con el mismo abrigo gris y un cigarro entre los dedos. Cuando me vio salir, lo tiró al suelo, lo pisó y cruzó la calle hacia mí. Me sonrió con la sonrisa de los patos del Retiro. No le devolví la sonrisa.

—Te acompaño al metro —propuso.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. Quiero hacerlo.